Se instaló una primera tienda, llamada «el Santo», donde estaban el candelabro y la mesa de los panes presentados. Detrás de la segunda cortina estaba la tienda llamada «Santo de los Santos».
En cambio, Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su «tienda» es más grande y más perfecta: no hecha por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado.
No lleva sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna.
Si la sangre de machos cabríos y de toros, y la ceniza de una becerra, santifican con su aspersión a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, para que demos culto al Dios vivo!
Pueblos todos, batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor altísimo es terrible,
emperador de toda la tierra. R/.
Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas:
tocad para Dios, tocad;
tocad para nuestro rey, tocad. R/.
Porque el Señor es el rey del mundo:
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado. R/
En aquel tiempo, Jesús llegó a casa con sus discípulos y de nuevo se juntó tanta gente que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí.
En un pueblo tan religioso como el antiguo Israel, la mediación cultual entre Dios y su pueblo era una realidad constantemente evocada, y se concretaba básicamente en el sacerdocio, cuya función principal era ofrecer sacrificios de diverso tipo por el pueblo. Primero sus protagonistas fueron los patriarcas, los jueces o los reyes. Más tarde, la tribu de Leví, a la que pertenecían la mayor parte de los sacerdotes y sus auxiliares. Y era el templo, el santuario, el lugar donde preferentemente ejercían su ministerio.
En la liturgia de hoy se habla de una nueva forma de sacerdocio, el de Cristo, “sumo sacerdote de los bienes definitivos”, como lo califica la carta a los Hebreos. Un sacerdocio que ya no necesita ofrecer sacrificios de animales ni hacerlo en un santuario material, ni pretende una expiación simplemente ritual de los pecados. Este sacerdocio nuevo consiste en la entrega de la misma vida de Cristo, una vez para siempre, por amor al Padre y a la humanidad. Ha derramado su sangre por nosotros, borrando nuestros pecados, “consiguiendo la liberación eterna”, purificando nuestra conciencia y “llevándonos al culto del Dios vivo”, es decir, a una relación filial con nuestro Padre del cielo.
Por nuestro bautismo participamos de ese sacerdocio único de Cristo, somos también intermediarios entre Dios y el mundo en que vivimos. Y lo somos fundamentalmente por la entrega de nuestra vida a Dios y a los demás; el culto, la liturgia son momentos muy significativos de nuestra relación con la trascendencia, pero lo que le da sentido pleno a esa liturgia es la ofrenda permanente de nuestra vida en las tareas de cada día.
¿Somos conscientes de nuestra misión sacerdotal en un mundo secularizado como el nuestro? ¿Le ayudamos a descubrir y aceptar el misterio de Dios?
El brevísimo evangelio de hoy, tomado de san Marcos, nos habla de dos cosas que contrastan fuertemente en la vida de Jesús. Por una parte, la multitud que lo busca hasta seguirlo a su propia casa (quizá la casa de su familia). Por otra, la incomprensión de su familia, que piensa que ha perdido la cabeza y quiere retirarlo del trato con la gente.
El atractivo de Jesús para las multitudes es una constante en el Evangelio. Su palabra encandila, tiene una autoridad inusitada, convence, estimula, consuela. Una palabra que se prolonga en signos benéficos: cura, perdona, devuelve la vida, reintegra en la comunidad a los marginados, denuncia abusos en los dirigentes.
Su familia, en cambio, no comprende todas esas “novedades”, le parecen exageraciones, estridencias, audacias temerarias. Y quizá temen que esa actividad inusual les salpique y pueda complicarles la vida ante las autoridades o los grupos más influyentes de la sociedad. Los familiares, como ocurre muchas veces, carecen de sentido para percibir las exigencias de Dios, que son las que guían la conducta de Jesús.
A la luz de estos hechos, podríamos ver en este comportamiento de los parientes de Jesús un aviso para prevenir contra la pretensión de juzgar las cosas de Dios desde criterios puramente humanos. Jesús se remite siempre a “la voluntad del que le ha enviado”, ése es su alimento permanente, a eso se atiene aunque muchos no lo entiendan. ¿Hasta qué punto esa referencia al querer de Dios es determinante para nosotros? ¿Estamos dispuestos a ir contra corriente cuando estamos persuadidos de que Dios así nos lo pide?
Santa Inés

Santa Inés es una de las más célebres vírgenes y mártires de las persecuciones romanas. Se trataba de una joven romana de pocos años, unos 13 más o menos. Había consagrado su virginidad a Cristo y no sirvieron amenazas ni malos tratos ni tormentos para hacerla desistir.
Virgen y mártir
Roma, siglos III-IV
Santa Inés es una de las más célebres vírgenes y mártires de las persecuciones romanas. Su alabanza resonó por toda la Iglesia y se hicieron eco de su virginidad y su martirio los Santos Padres y los escritores eclesiásticos. Su elogio en el Martirologio Romano es éste:
«En Roma, el triunfo de Santa Inés, virgen y mártir, la cual, por orden del prefecto Sinfronio, fue echada al fuego, que se apagó por la oración de la santa, y fue pasada a cuchillo. De ella escribe San Jerónimo estas palabras: En los escritos y lenguas de todo el mundo, especialmente en las iglesias, es alabada la vida de Inés, porque venció a la tierna edad y al tirano, y consagró con el martirio el título de la castidad.»
Los elogios a la santa siempre subrayan la doble corona con la que fue coronada: la de la virginidad, que de ningún modo quiso perder, y la del martirio, pues dio la vida a causa de su fe cristiana: la castidad virginal y la fortaleza de la fe.
La leyenda forjó unas actas que no pueden admitirse como auténticas, y por ello lo mejor es retener los datos que la tradición hizo llegar a los Santos Padres de los siglos IV y V y por los cuales la alabanza de Inés, como queda dicho, estuvo en la boca de todos.
En primer lugar, hay que decir que se trataba de una joven romana y que Roma fue el teatro de su martirio, la propia capital del Imperio. Los autores han titubeado entre las persecuciones de mediados del siglo III o la de comienzos del siglo IV. Esto último es lo más común y tradicional.
En segundo lugar, hay que afirmar que era una joven de pocos años, unos 13 más o menos, dato este que resalta en la tradición, pues llamó la atención que con tan poca edad tuviera tanta fortaleza, y que no teniendo edad para ser testigo en un juicio, fuera sin embargo testigo (mártir) de Cristo.
En tercer lugar, hay que decir que se trataba de una joven que había consagrado su virginidad a Cristo, una virgen consagrada, y que por ello rechazaba el matrimonio, pues su alma ya tenía un esposo que era Cristo, al que de ningún modo deseaba ser infiel. Que un pretendiente, despechado de su no aceptación, la denunciara como cristiana no es inverosímil. El despecho lleva fácilmente a la venganza, y vengarse de los cristianos era absolutamente fácil.
En cuarto lugar, hay que decir que confesó intrépidamente a Cristo y que no sirvieron amenazas ni malos tratos ni tormentos para hacerla desistir de su propósito de servir a Cristo y de serle fiel. En realidad más parece que ella misma se presentó como cristiana que no que fuera delatada como seguidora del Evangelio.
En quinto lugar, hay que decir que, aunque una tradición sobre su martirio habla del fuego, lo probable es que fuera muerta al atravesarle una espada o espadín la garganta, forma común de ejecución en Roma. El elogio del Martirologio retiene ambas tradiciones —fuego y espada— como forma de sintetizar la contradicción entre ambas.
Fue enterrada en la vía Nomentana, donde luego la princesa Constantina le erige una basílica, y sus reliquias parecen ser auténticas.
La fiesta de Santa Inés se halla en todos los martirologios, y en Roma se celebraban dos días de su fiesta: el 21 de enero, día de su martirio, y el día 28, llamado de Santa Inés segundo, y correspondiente al día octavo de su triunfo.
José Luis Repetto
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.