«Yo soy el Señor, y no hay otro,
el que forma la luz, y crea las tinieblas;
yo construyo la paz y creo la desgracia.
Yo, el Señor, hago todo esto.
Cielos, destilad desde lo alto la justicia,
las nubes la derramen,
se abra la tierra y brote la salvación,
y con ella germine la justicia.
Yo, el Señor, lo he creado».
Así dice el Señor, creador del cielo
—él es Dios—,
él modeló la tierra,
la fabricó y la afianzó,
no la creó vacía,
sino que la formó habitable:
«Yo soy el Señor, y no hay otro.
—No hay otro Dios fuera de mí—.
Yo soy un Dios justo y salvador,
y no hay ninguno más.
Volveos hacia mí para salvaros,
confines de la tierra,
pues yo soy Dios, y no hay otro.
Yo juro por mi nombre,
de mi boca sale una sentencia,
una palabra irrevocable:
Ante mí se doblará toda rodilla,
por mí jurará toda lengua»;
dirán: «Sólo el Señor
tiene la justicia y el poder».
A él vendrán avergonzados
los que se enardecían contra él;
Con el Señor triunfará y se gloriará
la estirpe de Israel».
Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos».
La salvación está cerca de los que lo temen,
y la gloria habitará en nuestra tierra. R/.
La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. R/.
El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
y sus pasos señalarán el camino. R/.
En aquel tiempo, Juan, llamando a dos de sus discípulos los envió al Señor diciendo:
«¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?».
Los hombres se presentaron ante él y le dijeron:
«Juan el Bautista nos ha mandado a ti para decirte: “¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?”».
En aquella hora Jesús curó a muchos de enfermedades, achaques y malos espíritus, y a muchos ciegos les otorgó la vista.
Y respondiendo, les dijo:
«Id y anunciad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados. Y ¡bienaventurado el que no se escandalice de mí!».
Isaías, como buen profeta, expone con sus palabras la presencia de Dios. Sabemos que hasta en el desierto, con su aridez y su falta de expresión de vida, al caer el agua hace germinar lo pequeño y en breve da muestra de lo que parece imposible. Así es la presencia de Dios en la persona, por muy árido que parezca su corazón, una mínima experiencia de Dios hace que brote de ella lo más bello.
Una de las actividades que hemos hecho de pequeños en el colegio es poner una lenteja en un poco de algodón húmedo, en un breve espacio de tiempo comienza a deshacerse la lenteja de su forma habitual y a salir de ella un brote. Nuestro asombro cuando lo vemos la primera vez nos llega a pensar en un milagro, en algo sorprendente, que no deja de serlo, pero lo cierto es que es un proceso muy normal y ocurre en cada ser humano de forma continua, si somos capaces de dar a nuestra vida una pequeña expresión de ánimo, de ella brotará vida e ilusión.
La Palabra de Dios es lo que hace cuando cala en nuestro corazón, como el agua en la tierra, permite que nuestra vida se transforme en algo nuevo, sorprendente, productivo, porque Dios encuentra siempre la palabra oportuna para hacernos salir de nuestra rutina y alentar nuestros pasos hacia lo nuevo y lo que muestra vida en medio de un desierto.
Jesús, escucha una pregunta “¿Eres tú el que has de venir, o tenemos que esperar a otro?”. La duda en el ser humano es normal, cuando somos adultos, somos desconfiados por naturaleza, ya que la experiencia nos hace dudar de lo que nos ocurre, de lo que tenemos alrededor, de pequeños, la inocencia nos permite confiar en todos y en todo.
Al escuchar la pregunta, Jesús no responde con palabras a los que se la plantean, sino que delante de ellos, atendió a los que estaban con él, curándolos de sus males y entonces se dirigió a ellos para que fueran a dar testimonio de lo que habían visto.
La palabra sin un verdadero sentido no tiene ningún valor. Sabemos de sobra que los discursos pueden ser muy bellamente elaborados, pero si no van acordes a una acción quedan completamente vacíos de contenido y se van al olvido rápidamente. Es mucho más válido cuando el discurso va precedido de una acción que dé sentido a las palabras que se van a pronunciar, o que a la vez que se habla se va actuando, ya lo dice el refrán “una imagen vale más que mil palabras” y Jesús demostró en todo momento que la Palabra se hizo carne porque en Él se cumplió la palabra de los Profetas, el anuncio del Mesías, lo que Dios fue transmitiendo al Pueblo a través de todos aquellos que ponía en el camino y en la vida del Pueblo elegido.
¿Dejamos que la Palabra inunde nuestro corazón para que demos vida? ¿Va nuestra palabra acompañada de testimonio de lo que transmitimos?
San Juan de la Cruz

La ejemplaridad de Juan de la Cruz es inmensa. Además de maestro, es escritor y doctor de la Iglesia. Fue fundador de los descalzos carmelitas y ocupó diferetnes responsabilidades. Sabía iluminar y estimular en el seguimiento de Cristo, quitando tropiezos y alentando positivamente desde la vida teologal.
Fontiveros (Ávila), 1542 – Úbeda (Jaén), 14-diciembre-1591
[…] Juan, nuestro santo nació en Fontiveros en 1542, ignorándose el mes y el día. El nombre de Juan responde a Juan el Bautista. En 1551 pasa, junto a su familia, a vivir a Medina del Campo.
[…] En 1563, habiéndose planteado seriamente la elección de estado, se decide por la vida religiosa carmelitana y entra en el convento de Santa Ana de Medina del Campo. Toma el nombre de fray Juan de San Matías. Al año siguiente hace su profesión. De 1564 a 1568 estudia en la Universidad de Salamanca. ordenado sacerdote en 1567, en el verano-otoño de ese año se encuentra con Santa Teresa de Jesús. Tiene la madre 52 años y fray Juan 25. […] Teresa le gana para su causa: comenzar la reforma de la vida religiosa entre los frailes del Carmen, como ya la ha comenzado ella en 1562 entre las monjas. Fray Juan acepta la propuesta con una sola condición: que se haga pronto, que no se tarde mucho. […] A la reforma dedicará el resto de su vida.
[…] Ejemplo para todos en la enfermedad como lo ha sido siempre en toda su vida, muere santamente en Úbeda a las 12 de la noche del 13 al 14 de diciembre de 1591. Se va como dice a cantar maitines al cielo, con Nuestra Señora, de la que era devotísimo y de la que había escrito cosas preciosas en verso y en prosa. Los maitines celestes a que acude presuroso eran de Nuestra Señora, al ser sábado y rezarse de Santa María. Tenía 49 años.
Su cuerpo fue trasladado a Segovia en mayo de 1593. Beatificado por Clemente X en 1675. Canonizado por Benedicto XIII el 27 de diciembre de 1726. Su fiesta litúrgica ha sido ya definitivamente cambiada del 24 de noviembre al 14 de diciembre, su dies natalis.
Pío XI le declara Doctor de la Iglesia universal el 24 de agosto de 1926. Juan Pablo II lo declaró patrono de los poetas de lengua española en 1993. Por los años cuarenta, el 21 de marzo, comienzo de la primavera, los poetas españoles lo habían proclamado su patrono, haciendo gran fiesta con profusión de poesías en ese día de cada año.
La ejemplaridad de Juan de la Cruz es inmensa. Ya Santa Teresa dice de él que ha sido siempre santo, que es hombre celestial y divino, que no halla ningún otro que tanto afervore en el camino del cielo. Afervoraba con su palabra y con la santidad de su vida llena de pruebas y tribulaciones. No se le había regalado nada. Señalado con la cruz desde su tierna infancia, se ha distinguido por su conformidad con la voluntad divina, por su dulzura, por su espíritu de oración y trato con Dios, por su enorme paciencia en los sufrimientos de la cárcel y de su última enfermedad.
Además de santo y maestro de viva voz es escritor, doctor de la Iglesia, que por boca de Pío XII ha calificó sus libros de «pura fuente del sentido cristiano y del espíritu de la Iglesia».
No sólo fue fundador de los descalzos carmelitas, sino también formador: maestro de novicios, maestro de estudiantes, demoledor de extravagancias, gran consejero, hombre de gobierno local, provincial, general en el seno de su familia religiosa.
Su magisterio entre los frailes y monjas del Carmelo fue muy abundante, de viva voz y escrito. Sabía iluminar el camino, acompañar al caminante, estimular en el seguimiento de Cristo, quitando tropiezos y alentando positivamente desde la vida teologal. Se desvivió en su apostolado múltiple no sólo en pro de frailes y monjas, sino también de sacerdotes y seglares. Sembraba a manos llenas, teniendo como lema que no había que tener acepción de personas, sino mirar a todos como almas redimidas por la sangre de jesucristo nuestro Señor. Su buena dirección espiritual en Ávila, Baeza, Granada, Segovia era proverbial.
Ahora todo su saber y su experiencia de Dios están puestos más que nunca a disposición de la Iglesia entera. Quien batalló tanto por defender lo teologal frente a las fantasmagorías de visiones y revelaciones, por las que andaban desaládas tantas personas, sigue con su cátedra abierta en este orden de cosas. Es el gran maestro en los caminos del espíritu, en las vías de la oración y del discernimiento. Espiritualidad alegre y sana la suya. […]
José Vicente Rodríguez, O.C.D.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.