Aquel día, se cantará este canto en la tierra de Judá:
«Tenemos una ciudad fuerte, ha puesto para salvarla murallas y baluartes.
Abrid las puertas para que entre un pueblo justo, que observa la lealtad; su ánimo está firme y mantiene la paz, porque confía en ti.
Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la Roca perpetua.
Doblegó a los habitantes de la altura, a la ciudad elevada; la abatirá, la abatirá hasta el suelo, hasta tocar el polvo.
La pisarán los pies, los pies del oprimido, los pasos de los pobres».
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Mejor es refugiarse en el Señor
que fiarse de los hombres,
mejor es refugiarse en el Señor
que fiarse de los jefes. R/.
Abridme las puertas de la salvación,
y entraré para dar gracias al Señor.
Esta es la puerta del Señor:
los vencedores entrarán por ella.
Te doy gracias porque me escuchaste
y fuiste mí salvación. R/.
Señor, danos la salvación;
Señor, danos prosperidad.
Bendito el que viene en nombre del Señor,
os bendecimos desde la casa del Señor;
el Señor es Dios, él nos ilumina. R/.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande».
Cántico de victoria, himno de esperanza, recita Isaías al pueblo, porque: Ciudad fuerte tenemos; para protección El pone murallas y baluartes.
Es Adviento proclamamos los cristianos, es tiempo de renovar nuestro ánimo, de mantener la fidelidad y la paz, tiempo de confiar en el Señor porque Él es la Roca perpetua.
Es tiempo de abrir las puertas de nuestro corazón a la práctica de la "justicia" y la «fidelidad» es la hora de la lealtad para superar discordias y desencuentros… porque el Señor viene.
Es el día del triunfo de Dios sobre los enemigos del pueblo y de la vida. Es el día de la liberación definitiva. Liberación para Personas que viven situaciones injustas, de oscuridad, enfermedad, o mil clases de pobrezas, pero personas que confían en el poder de la compasión y el amor de Dios. Liberación también de orgullos e individualismos; es la derrota del pecado y de la muerte porque el Señor viene.
La vida humana se puede edificar sobre roca, sobre arena, sobre humo, sobre castillos en el aire…
Hemos construido la economía sobre la ambición de poseer, acumular, y la casa se nos hunde.
Hemos construido la vivencia de la fe sobre el yo y la casa común, la comunidad se nos hunde.
El Adviento es oportunidad para edificar nuestra vida en la escucha de la Palabra de Dios y en la puesta en práctica de la misma.
Decir Señor, Señor y no «poner en práctica» es palabrería que se hunde en el vacío.
Decir soy cristiano y no soy practicante es contradicción y engaño superficial.
Su Palabra puesta en práctica es el fundamento, es el cimiento, la roca firme, que consolidará la casa en la paz, la armonía, la esperanza, la alegría, el fraterno compartir. Es Él, el Mesías que va a nacer la fuerza que nos mantendrá en pie en desánimos o dificultades Él es fuerza para vivir, ilusión para edificar convivencia, garantía de futuro salvador.
Reaviva el ánimo, hay esperanza de Salvación porque el Señor viene.
Beato Juan de Vercelli O.P.

Visitó y reformó incansablemente los conventos de la Orden de Predicadores en toda Europa, sin dispensarse jamás durante sus viajes de los ayunos eclesiásticos y de los de su orden. Fue uno de los primeros propagadores de la devoción al nombre de Jesús, que el Concilio de Lyon recomendó como acto de reparación.
Juan Garbella nació a principios del siglo XIII en Mosso Santa María, cerca de Vercelli (Piamonte, Italia). Profesor de derecho en París y Vercelli, fue atraído por la predicación del beato Jordán, entrando en la Orden en 1220. Fue fundador del convento de Vercelli y provincial de Lombardía.
Elegido sexto Maestro de la Orden en 1264, permaneció en el cargo por voluntad de los capítulos generales durante casi veinte años, siendo dechado de los frailes. Asistió al concilio de Lyon (1274); fue legado del Papa Clemente IV en Italia, Francia y Castilla y renunció al Patriarcado de Jerusalén (1278).
Consultó frecuentemente a santo Tomás. Fue predicador ferviente de la devoción al santo nombre de Jesús. Murió en Montpellier (Francia) el 30 de noviembre de 1283 y, sepultado en la iglesia de la Orden, sus restos fueron destruidos en las luchas religiosas del siglo XVI. Su culto fue confirmado en 1903.
Del Común de pastores o de religiosos.
ORACIÓN COLECTA
Oh Dios, que hiciste
que el beato Juan se distinguiese
por el extraordinario celo
y su admirable prudencia y fortaleza
en promover la Orden de Predicadores;
concédenos, por su intercesión,
que tus hijos sean gobernados
siempre y en todas partes con dirección eficaz.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.
Liturgia de las Horas. Propio de la Orden de Predicadores, Roma 1988