Querido Gayo:
Te portas con plena lealtad en todo lo que haces por los hermanos, y eso que para ti son extraños. Ellos han hablado de tu caridad ante la Iglesia.
Por favor, provéelos para el viaje como Dios se merece; ellos se pusieron en camino para trabajar por el Nombre, sin aceptar nada de los paganos. Por eso debemos sostener nosotros a hombres como estos, para hacernos colaboradores de la verdad.
Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita. R/.
En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad dura por siempre.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo. R/.
Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
porque jamás vacilará.
El recuerdo del justo será perpetuo. R/.
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer:
«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.
En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle:
“Hazme justicia frente a mi adversario”.
Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo:
“Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”».
Y el Señor añadió:
«Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».
Leemos hoy unos pocos versículos de la tercera carta de Juan. Va dirigida a un cristiano llamado Gayo a quien elogia por su actitud generosa y comportamiento de buen colaborador con los misioneros itinerantes que pasaron por su comunidad. Les proveía de lo necesario, "cooperando así en la propagación de la verdad".
También hoy, ¡cuántos laicos y laicas realizan una labor humilde, sencilla, pero meritoria: con su trabajo de misioneros o catequistas o voluntarios! ¡Cuántos cristianos colaboran con su ayuda al trabajo de los misioneros o al sostenimiento de las obras de la Iglesia -iglesias, seminarios, mantenimiento del personal- y lo hacen calladamente!
Si Jesús afirmó que no quedaría sin recompensa quien diera un vaso de agua a uno de sus discípulos, san Juan exhorta a colaborar en la predicación de la verdad del evangelio en la forma que cada uno pueda y desde el lugar y la posición que cada uno ocupe. Cada uno en la medida de sus posibilidades.
Lucas es el evangelista de la oración. Es el que más veces describe a Jesús orando y más nos transmite su enseñanza sobre cómo debemos orar.
Hoy lo hace con la parábola de la viuda insistente. El juez no tiene más remedio que concederle la justicia que la buena mujer reivindica. No se trata de comparar a Dios con aquel juez, que Jesús describe como corrupto e impío, sino nuestra conducta con la de la viuda, seguros de que, si perseveramos, conseguiremos lo que pedimos.
La perseverancia no equivale a impaciencia. Solamente el paciente es perseverante. El impaciente se cansa pronto y cede. El paciente persevera hasta el fin. Por eso la perseverancia es signo de amor y el amor nos abre el acceso al Padre.
Jesús recomienda la confianza, la fidelidad y la perseverancia en la oración como clave para alcanzar lo que necesitamos; porque Él está intercediendo ante el Padre por nosotros.
La pregunta final de Jesús, en la página que hoy leemos, es provocativa: "cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?".Pidamos al señor estar seguros de que Dios nos escucha en todo momento y en toda circunstancia.
San Josafat

Nacido en Lituania en el siglo XV, perteneciente a la Iglesia greco-católica bielorrusa, ingresó como monje en el Monasterio de la Trinidad, iniciando una reforma que llevó al nacimiento de la Orden Basiliana de San Josafat. Fue nombrado obispo de Polatsk, asesinado por un grupo de cismáticos focianos
En Polonia se había conseguido aceptar el Concilio de Trento en 1564, que había terminado el 4 de diciembre de 1563, lo que sirvió de base para la restauración católica del país, que luego fue consolidándose a lo largo de los veinte años siguientes. Cuando en 1580 nacía en Vladimir (Polonia) Juan Kuncewicz, de padres fielmente ortodoxos, se fundaban en Polonia varios seminarios para las formación del clero, por iniciativa del primado Estanislao Karnkowski, que murió en 1603. Esta obra de renovación católica se completaba, gracias al rey Segismundo III (1587-1632), al que ayudaron en la tarea varios prelados y, sobre todo, los jesuitas, los dominicos y los basilianos reformados, con la unión de los orientales a la Iglesia de Roma en el sínodo de Brest en 1596, aprobados por el papa Clemente VIII. Los mtenos uniatas conservaron, después de la unión, su liturgia propia, su clero casado y sus costumbres orientales.
Poco después, Juan Kuncewicz se convirtió a la fe católica, adhiriéndose a la Iglesia rutena unida, después de abandonar el comercio en Vilna (Lituania), centro intelectual y religioso de los rutenos, que habían sido evangelizados por los griegos, los cuales, tras el cisma de Focio (siglo X), y Miguel Cerulario (1054), se habían separado de Roma para unirse a Bizancio.
Comprendió Juan que sólo los monjes, como ascetas y cultivadores de la liturgia, podían convertir a los hermanos rutenos, por lo que Juan ingresó en 1604 en el monasterio de la Santísima Trinidad que la Orden de San Basilio tenía en Vilna, tomando el nombre de Josafat. Ordenado sacerdote, con su amigo Rutski (metropolitano más tarde), emprendió la reforma de los basilianos. Además se dedicó a la predicación para convertir a los hermanos separados y publicó un libro apologético que recogía sólo textos eslavos en defensa de la unidad de la Iglesia (1617).
Fue ordenado obispo coadjutor del arzobispo de Pólotsk, a quien sucedió en dicha sede en 1617. En un país muy cercano a Moscovia, donde había muchos cismáticos, Josafat sintió que su vocación era la de difundir la fe católica entre los rutenos, por lo que trabajó infatigablemente por la unidad de la Iglesia. Buscó toda clase de argumentos que pudieran contribuir y confirmar esta unidad, sobre todo, estudiando atentamente los libros litúrgicos que usaban los mismos orientales separados. Celebró sínodos, en los que defendió con gran celo la ortodoxia católica y los derechos de los rutenos, unidos a Roma. Formó al clero, generalmente ignorante y sancionaba a los clérigos que se casaban en segundas y terceras nupcias. Restauró monasterios, y multiplicó sus catequesis al pueblo, para el que escribió un Catecismo elemental. Tenía tal capacidad de convicción y arrastre que llegaron a llamarle «raptor de almas» por las conversiones que conseguía con su palabra y con su vida. Él estaba convencido de que la fuerza de la unión estaba en los dones comunes de los cristianos como el bautismo, la Sagrada Escritura, la vida de la gracia, la fe y la caridad y una tierna devoción a la Virgen María. Sin embargo, todo ello le llevó a suscitar violentas reacciones en la nobleza mena, a la que privó de los beneficios eclesiásticos; en la burguesía, apegada al rito nacional, que temía la introducción de ritos latinos y también en el pueblo, indiferente a las cuestiones de jurisdicción teórica, pero refractario a la modificación litúrgica romana, considerada corno una traición.
Estas resistencias partían del patriarca bizantino de Jerusalén, Teófanes III, que estaba de viaje hacia Ucrania en 1621, quien había hecho consagrar a un metropolitano y a algunos obispos cismáticos para todas las diócesis menas. Teófanes encontró en el gran canciller de Lituania, León Sapieha, un aliado contra Josafat, acusado de comprometer la paz social en un momento en que también Polonia, amenazada por los turcos y por Suecia, necesitaba la ayuda de sus grandes vecinos ortodoxos. Sin embargo, Josafat nunca quiso latinizar a los uniatas, pues él mismo no sabía latín ni quiso jamás renunciar a las costumbres eslavo-bizantinas ni a la religiosidad oriental. Él tenía muy claro que católico y latino no se identifican, aunque sus enemigos prefirieron no entenderle.
Josafat trató de disipar dicha acusación, defendiendo a los uniatas, pero perseguido a muerte por sus enemigos, los cismáticos fanáticos, que se habían impuesto en Vitebsk mediante una revuelta, fue bárbaramente asesinado en dicha ciudad por un grupo de sicarios, instigados por nobles y por disidentes griegos, cuando, después de celebrar los maitines en la catedral, volvió a su casa. En ella, defendió a sus familiares amenazados por los verdugos, y antes de morir les dijo: «Vosotros me odiáis a muerte, y yo os llevo en mi corazón y me alegraría mucho morir por vosotros». Era el 12 de noviembre de 1623, Su cuerpo fue arrojado al río Dvina, con un saco de piedras atado al cuello. Así rubricaba Josafat una de las páginas más dramáticas del ecumenismo. Ahora su cuerpo se puede venerar en la basílica vaticana bajo el altar dedicado a San Basilio, pero antes, rescatado del río, había sido sepultado en la catedral de Pólotsk; más tarde, en 1764 fueron inhumados en la iglesia local de los basilianos. Durante la Primera Guerra Mundial fueron trasladados a la iglesia greco-ortodoxa de Santa Bárbara en Viena y, finalmente, en 1949 fueron llevados al Vaticano.
Rafael Del Olmo Veros, O.S.A.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.