El corazón del rey es una acequia que el Señor canaliza adonde quiere.
El hombre juzga recto su camino, pero el Señor pesa los corazones.
Practicar el derecho y la justicia el Señor lo prefiere a los sacrificios.
Ojos altivos, corazón ambicioso; faro de los malvados es el pecado.
Los planes del diligente traen ganancia, los del atolondrado, indigencia.
Tesoros ganados con boca embustera, humo que se disipa y trampa mortal.
El malvado se afana en el mal, nunca se apiada del prójimo.
Castigas al cínico y aprende el inexperto, pero el sabio aprende oyendo la lección.
El honrado observa la casa del malvado y ve cómo se hunde en la desgracia.
Quien cierra los oídos al clamor del pobre no será escuchado cuando grite.
Dichoso el que, con vida intachable,
camina en la ley del Señor. R/.
Instrúyeme en el camino de tus decretos,
y meditaré tus maravillas. R/.
Escogí el camino verdadero,
deseé tus mandamientos. R/.
Enséñame a cumplir tu voluntad
y a guardarla de todo corazón. R/.
Guíame por la senda de tus mandatos,
porque ella es mi gozo. R/.
Cumpliré sin cesar tu voluntad,
por siempre jamás. R/.
En aquel tiempo, vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él.
Entonces lo avisaron:
"Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte".
Él respondió diciéndoles:
"Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen".
El libro de los Proverbios está constituido por una amplia colección de máximas y sentencias, en las que se ha ido sedimentando la sabiduría de todas las generaciones de Israel. Hoy podemos decir que se nos presenta una manera clara de comprobar si nuestra vida de fe y de seguidores de Jesús tiene correspondencia con la vida diaria y cotidiana, con nuestras decisiones más pequeñas, ver que ética y moral impregna nuestro vivir.
Al terminar la lectura me quiero quedar con el último versículo escuchado: “Quien cierra su oído al clamor del necesitado no será escuchado cuando él grite”. Volví a releer la lectura y siento que toda ella me va llevando al contenido de esta sentencia.
Dios, nos dice el texto que sostiene y puede guiar el corazón humano. Si Dios puede hacer esto con alguien poderoso: un rey; seguro que lo hará con cualquier hombre o mujer que se lo pida, con tal que el ser humano se deje guiar. Dios no necesita violentarnos. “El corazón, (El tuyo, el mío, el nuestro…) es una acequia en manos de Dios, la dirige adonde quiere. Al hombre le parece siempre recto su camino, pero es Dios quien pesa los corazones”.
A esta realidad se nos invita, a dejarnos moldear como la arcilla en las manos del alfarero, a estar atentos a lo que pasa a nuestro alrededor, a acoger este mensaje con humildad, a “mirar, a ver”, y nos daremos cuenta que sin ser verdaderamente malvados, la cantidad de veces que nuestro seguimiento del evangelio es deficitario y nos descubrimos como cerradores de oídos y ojos ante el clamor de tantas necesidades de nuestro mundo.
No nos desanimemos, Dios conoce el deseo profundo de nuestro ser y esperemos que Él sostenga y nos siga enseñando como implicarnos en la construcción de su Reino. Y mientras hacemos camino, que Él sí, escuche nuestro grito. Que no suelte nuestra mano.
¿A qué venían sus familiares? Lucas no nos lo dice. A diferencia de Mc (3, 20-21. 31) que sí nos muestra la interpretación de esta escena, dice: “asustados por lo que se decía de Jesús y las reacciones contrarias que hacían peligrar su vida, venían poco menos que a llevárselo, porque decían que "estaba fuera de sí". ¿Querrá decir esto que Lucas conocía las noticias más exactas por boca de María y que no necesita explicarnos la escena? ¡Intentemos buscar su mensaje!
Hay muchos motivos por los que una madre se acerca a su hijo: a verle con sus propios ojos, a animarle, a admirarle, a alegrarse con los logros en su vida, a echarle una mano si lo necesita…y, ¿quién no necesita a su madre y hermanos?
Jesús, en pocas palabras aprovecha esta ocasión para decir a sus seguidores y hoy nos lo dice a nosotros, cuál es su nuevo concepto de familia o comunidad cristiana: "mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra". Con esto, no niega el concepto de familia, no entra en polémica, ni tampoco desautoriza a su madre. Al contrario, su evangelio resalta a María presentándola como modelo de creyente: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1,38), luego el mensaje que Jesús expresa es para nosotros.
Según esto, pertenecemos a la familia de Jesús: escuchamos la Palabra y hacemos lo posible por ponerla en práctica. Es el único punto que parece interesarle a Lucas, quiere que nos sintamos miembros activos de la nueva familia, que descubramos los vínculos de pertenencia. Jesús aprovecha esta ocasión para ampliar el concepto de familia para todas las épocas., es la que va a ser engendrada por la Palabra, sin necesidad de excluir a la de los vínculos de sangre.
“Escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica” produjo el gran milagro de convertir a María en su Madre y nuestra Madre. Así puede sucedernos a cada uno de nosotros si hoy acogemos esta Palabra escuchada. Dios espera de nosotros que su familia crezca en nuestro mundo y quiere a través de cada uno de nosotros, que le dejemos espacio para que nadie se sienta excluido en nuestra vida y en la mesa de la Vida. Prestémosle nuestra voz, no nos callemos su mensaje.
Santos Andrés Kim, Pablo Chong y cc.mm.

Se celebran los 103 mártires que murieron en las persecuciones del siglo XIX. El cristianismo llegó y se expandió en Corea gracias a la labor de evangelizacion de laicos coreanos que se vio reforzada por el envío de sacerdotes misioneros que murieron también en la persecución
El primer contacto serio entre el catolicismo y un grupo de coreanos se dio en el último tercio del siglo XVIII, cuando unos diplomáticos coreanos conocieron en Pekín a los jesuitas. Éstos los recibieron amablemente en su casa, les enseñaron las iglesias que mantenían abiertas en la ciudad y les dejaron libros, entre ellos el catecismo. Vueltos a Corea, estos libros fueron leídos con interés por el grupo y por sus amigos, todos ellos personas de buena preparación cultural, y el interés se convirtió en algo práctico cuando decidieron enviar a Pekín a uno de ellos, Piek-i, a fin de que conociera el cristianismo con mayor profundidad. Pero Piek-i le pasó la tarea al joven Ri-Sheung-hu-i, el cual en 1783 fue a la capital china y aquí entró en contacto con el obispo monseñor Gouvea. Estos contactos dan pie a que el joven se instruya formalmente en orden al bautismo y efectivamente lo bautice el misionero francés Louis de Granmont, imponiéndole el nombre de Pedro. Vuelve a Corea cargado de libros y objetos religiosos y con el entusiasmo de un neófito se dedica a hacer propaganda del cristianismo entre sus amistades. Y sin pararse en barras, comienza a bautizar a sus amigos que se deciden por el cristianismo y forma una comunidad católica —la primera— de Corea. Comenzaron a tener reuniones los domingos en casa de Kim-bom-u, hasta que las autoridades civiles cayeron en la cuenta de la creación de este nuevo grupo religioso y decidieron prohibirlo en marzo de 1785, arrestando y torturando a Kim-bom-u, y enviándolo al destierro, donde al poco murió.
Pero en 1787, Ri-Seung-hu-i decidió reorganizar la comunidad y, creyendo que podía proceder por su cuenta, designó a cuatro de los cristianos como presbíteros y se permitieron decir misa sin haber precedido una regular ordenación y administrar los demás sacramentos. Además conservaron la costumbre de la veneración a los espíritus de los antepasados pero como no estaban del todo seguros de su proceder, enviaron a uno de ellos a consultar con monseñor Gouvea y a pedirle que les mandara sacerdotes. Monseñor Gouvea naturalmente se llenó de extrañeza de tal proceder y les envió a un sacerdote chino, pero éste tardó mucho en llegar a Corea.
Mientras tanto se produjo una formal persecución del cristianismo, toda vez que en 1791 los cristianos fueron denunciados al rey y algunos de ellos murieron a causa de su fe.
Se produjeron así los primeros martirios. Pero ello no fue todavía sino un comienzo de lo que vendría en 1801, cuando la reina regente Chong-su prohibió formalmente el cristianismo como algo ajeno a la tradición y al alma de Corea y mandó a la muerte a trescientos cristianos, entre ellos al sacerdote chino que estaba por fin en Corea desde 1794. En 1812 los cristianos se dirigieron al papa Pío VII pidiéndole misioneros y diciéndole que ellos eran diez mil, cifra que algunos quieren considerar como abultada adrede para conmover al papa. La misiva no dio resultado y fue repetida ante el papa León XII en 1827, y continuamente insistían ante el obispo de Pekín en su necesidad de sacerdotes. Por fin se nombró un vicario apostólico en 1831, pero éste murió sin haber llegado a su destino. Era monseñor Bartolomé Brugiére y pertenecía a la Sociedad de Misiones Extranjeras de París, a la que la misión coreana se encomendaba. Murió en Mongolia en 1835.
Entonces la Santa Sede nombró a San Lorenzo Imbert, que con los presbíteros San Pedro F. Mauban y San Jaime H. Casta, serian los primeros misioneros occidentales en llegar a Corea.
Ellos encontraron una comunidad realmente existente, en donde la fe era viva y en donde el ejemplo dado por los mártires de los años anteriores era un estímulo de perseverancia en la fe. Los cristianos se sintieron muy alentados por las virtudes de los misioneros que por fin tenían entre ellos. Su ejemplo de pobreza, humildad, dedicación y entrega los animó muchísimo, y aceptaron de buena gana las nuevas estructuras que le dieron a la comunidad, una comunidad que hay que llamarla bien unida y compacta, y que dio numerosas pruebas de estrecha solidaridad mutua. Con clara conciencia de qué era lo principal, ya en 1837 enviaron a tres candidatos al sacerdocio a Macao para su formación, completamente seguros de que el futuro de la Iglesia coreana pasaba por la pronta formación de un clero nativo. Uno de estos tres jóvenes será San Andrés Kim, el que encabeza en la canonización la lista de los mártires.
Los cristianos de Corea pertenecían a todas las clases sociales, incluyendo las altas y las más bajas, personas de la ciudad y personas del campo. Ya había vírgenes consagradas, aunque naturalmente no había conventos, y había eficientes catequistas. Se ayudaban los cristianos entre sí y se protegieron mutuamente en la persecución. Acogían con amor a los misioneros y los llevaban de una casa a otra para protegerlos, y corrían con generosidad los riesgos que ello comportaba. La caridad con los cristianos necesitados recordaba la comunión de bienes de la Iglesia primitiva.
En esta comunidad comenzará a cebarse la nueva persecución que tuvo lugar en el corazón del siglo XIX y a la que pertenecen los santos que Juan Pablo II canonizó en Seúl el 6 de mayo de 1984, siendo el primero de ellos de 1838 y el último de 1867, treinta años de prueba que la comunidad católica soportó con entereza y con entrega plena a la voluntad de Dios. Bien ha merecido esta comunidad cristiana que la Santa Sede reconozca su epopeya martirial con la canonización simultánea de esos 103 mártires que habían sido beatificados en varias cerernonias sucesivas, no conjuntamente. Entre ellos, pues, no están los del siglo XVIII ni los de la persecución de 1801 y siguientes, cuyo estudio está pendiente todavía.
José Luis Repetto Betes
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.