Hermanos:
Aprended de Apolo y de mí a jugar limpio y no os engriáis el uno contra el otro. A ver, ¿quién te hace tan importante? ¿Tienes algo que no hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado?
Ya tenéis todo lo que ansiabais, ya sois ricos, habéis conseguido un reino sin nosotros. ¿Qué más quisiera yo? Así reinaríamos juntos. Por lo que veo, a nosotros, los apóstoles, Dios nos coloca los últimos; como condenados a muerte, dados en espectáculo público para ángeles y hombres. Nosotros unos locos por Cristo, vosotros, sensatos en Cristo; nosotros débiles, vosotros fuertes; vosotros célebres, nosotros despreciados; hasta ahora pasamos hambre y sed y falta de ropa; recibimos bofetadas, no tenemos domicilio, nos agotamos trabajando con nuestras propias manos; nos insultan y les deseamos bendiciones; nos persiguen y aguantamos; nos calumnian y respondemos con buenos modos; nos tratan como a la basura del mundo, el desecho de la humanidad; y así hasta el día de hoy.
No os escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros. Porque os quiero como a hijos; ahora que estáis en Cristo tendréis mil tutores, pero padres no tenéis muchos; por medio del Evangelio soy yo quien os ha engendrado para Cristo Jesús.
El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R/.
Satisface los deseos de los que lo temen,
escucha sus gritos, y los salva.
El Señor guarda a los que lo aman,
pero destruye a los malvados. R/.
Pronuncie mi boca la alabanza del Señor,
todo viviente bendiga su santo nombre
por siempre jamás. R/.
Un sábado, iba Jesús caminando por medio de un sembrado y sus discípulos arrancaban y comían espigas, frotándolas con las manos.
Unos fariseos dijeron:
«¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?».
Respondiendo Jesús, les dijo:
«¿No habéis leído lo que hizo David, cuando él y sus compañeros sintieron hambre?
Entró en la casa de Dios, y tomando los panes de la proposición, que solo está permitido comer a los sacerdotes, comió él y dio a los que estaban con él».
Y les decía:
«El Hijo del hombre es señor del sábado».
Aprender a Jugar limpio; aprender a liberar nuestra mente y nuestra vivencia religiosa de orgullos, de ambición, de engreimientos, y para liberarnos nos propone la lectura un camino: recapacitar.
Libérate de la autosuficiencia o la estima exagerada de ti mismo, porque ¿tienes algo que no hayas recibido? Pero, si lo has recibido, ¿por qué te glorías, como si no lo hubieras recibido?
No os engriáis el uno contra el otro, eso pasa, en el que no conoce a Cristo.
No vivas esclavizado por los valores mundanos de ambición, de ser más que los demás, o por orgullos vacíos de sentido. Por el contrario sed libres en la humildad, entregados al servicio y aprendiendo a ser agradecidos con los que por medio del Evangelio nos han engendrado libres para Cristo.
Mirad los apóstoles, considerados por el mundo: débiles, despreciados, pasando hambre, sed, faltos de ropa, sin domicilio, insultados, perseguidos, calumniados, como basura del mundo y deshecho de la humanidad. Es decir libres de la opinión de la gente, libres de ser políticamente correctos, libres ante el mundo y sus valores.
Porque Pablo es libre puede decir que no escribe para avergonzar a la comunidad sino que: Os quiero como a hijos engendrados por medio del Evangelio para la libertad en Cristo Jesús.
El sábado es ‘memoria de la creación’: «Pues en seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, el séptimo descansó; por eso bendijo el Señor el día del sábado y lo hizo sagrado» Ex 20,11.
El sábado es ‘memorial de la liberación de Israel’ de la esclavitud de Egipto: «por eso el Señor tu Dios te ha mandado guardar el día del sábado» Dt 5,15.
En ese contexto del mandato divino, los fariseos creían que el cumplimiento formal de la ley les obtenía la salvación; y una de las expresiones supremas de la religiosidad israelita era el descanso sabático para celebrar y renovar la conquista de la libertad. Por el rigorismo religioso, el día de liberación se convirtió en día de esclavitud ante tantas normas que regulaban la vivencia sabática.
Coger espigas se contaba entre las faenas de la recolección, y éstas se incluían entre los veintinueve trabajos principales, que infringían el reposo sabático.
Jesús no está en sintonía con el rigorismo que en nombre de la ley esclaviza, deshumaniza, no tiene en cuenta las necesidades de las personas y, recuerda a los fariseos lo que hizo David: dio a la tropa, los panes de la ofrenda, que solo podían comer los sacerdotes.
No es aceptable ir contra el ser humano en nombre de la ley.
Leyes humanas y religiosas justas, pero leyes que abran puertas hacia la libertad, a la convivencia, al crecimiento; como ventanas a horizontes humanizadores que sirvan al bien de todos en la comunidad.
Superior a la ley del sábado es sólo Dios; si Jesús afirma su superioridad sobre el sábado y sobre la ley, reclama para sí el mismo nivel de autoridad de Dios, que no quiere leyes para esclavos, sino leyes de libertad para hijos libres.
San Gregorio Magno

Trabajó en el fortalecimiento del pontificado romano en Occidente, en el establecimiento de relaciones entre la Iglesia y los reinos bárbaros, en la extensión del esfuerzo misionero y en la formación de la liturgia romana. El canto eclesiástico se llama gregoriano por él.
La fecha de su nacimiento suele fijarse hacia el año 540. Sus padres Gordiano y Silvia, también fueron venerados como santos. Los dos pertenecían al patriciado romano y se distinguían por su amor al cristianismo y a la Sede Apostólica, a la que prestaron numerosos servicios. El lugar de la casa paterna se coloca en el llamado Clivus Scauri, donde San Gregorio pasó la adolescencia y la juventud, donde adquirió una óptima formación. Entró en la carrera de funcionario del gobierno bizantino de Roma, y alcanzó, en los años 572-573, la suprema magistratura civil, es decir, la prefectura de la ciudad. Todo esto hacía ver a no pocos el gran porvenir que se presentaba a San Gregorio en el mundo de la política y de la alta sociedad romana.
Pero esas prebendas no le dominaron el alma. Él mismo anotó más adelante que la vida mundana no le atraía. Su alma deseaba la soledad monástica. Posiblemente durante su mandato como prefecto de la ciudad de Roma había muerto su padre y esto le allanó el camino para realizar sus deseos de mayor perfección cristiana como monje.
Esto lo hizo en los años 574-575. Se retiró a sus posesiones del Clivus Scauri, conocido hoy como el monte Celio, y transformó su casa solariega en monasterio con el nombre de San Andrés, que todavía existe y lo rigen los monjes camaldulenses. Siguió los pasos de sus dos tías, Tarsila y Emiliana, que hicieron vida ascética en el mismo lugar.
El paso realizado por San Gregorio, sin duda generoso y heroico, no era en aquella época algo nuevo y raro. La vida monástica tuvo en el siglo VI un desarrollo muy considerable en Roma y cercanías, no sólo entre las personas populares, sino entre las más nobles de las familias romanas. El mismo San Gregorio lo narrará más tarde en sus famosos “Diálogos”.
Además del monasterio de San Andrés, San Gregorio fundó en Sicilia otros seis, dotándolos generosamente con sus grandes posesiones. Para mayor humildad, San Gregorio no quiso ser el superior del monasterio por él fundado, sino que puso como abad al monje Valenzión, que había sido superior en la provincia Valeria, de donde hubo de huir por la invasión de los longobardos.
Se ha discutido mucho sobre la regla que en el Monte Celio profesó San Gregorio. En la tradición benedictina se ha mantenido siempre que fue la regla de San Benito. No cabe duda de que su ideal y su práctica monástica encuadran perfectamente en la regla de San Benito que él conocía a la perfección, como lo muestra en el libro II de sus “Diálogos”, todo él dedicado a San Benito, que es el único caso de los otros tres libros en los que trata de monjes insignes, pero no con el amor y cariño que muestra tener para con San Benito en el libro U.
No se explica tampoco la importancia de la regla benedictina en Inglaterra con San Agustín de Canterbury y los monjes del monasterio de San Andrés del Monte Celio mandados por el mismo San Gregorio a misionar aquellas islas, ni tampoco la relación de las fuentes que emplea, esto es, cuatro discípulos de San Benito, que el mismo San Gregorio indica: «Constantino, varón venerabilísimo, que le sucedió en el gobierno del monasterio de Letrán; Simplicio, el tercero que después de él rigió su comunidad, y Honorato, que todavía gobierna el cenobio donde había él vivido primeramente», es decir, Subiaco.
San Gregorio llevó una vida austera en el monasterio, tanto que llegó a enfermar y, según parece, su propia madre, Santa Silvia, le hacía llegar unas viandas mejor cocinadas. A los ejercicios ascéticos y piadosos, unía la «Lectio divina», tan característica en los monasterios benedictinos, esto es, la lectura de las Sagradas Escrituras y los comentarios de los mejores expositores. No conocía el hebreo ni el griego. Sus autores preferidos fueron San Jerónimo y San Agustín.
El papa Pelagio II lo promovió al diaconado. La finalidad de Pelagio II (579-590) no fue confiarle alguna región romana, sino mandarlo como aprocrisario a Constantinopla, hoy diríamos nuncio apostólico, o legado. A Constantinopla fue el año 579 y allí permaneció hasta fines del año 585 o comienzos del año 586, pero se llevó consigo un grupo de monjes del monasterio de San Andrés, incluido su propio abad, el sacerdote Maximiano, con el fin de poder continuar con su vida monástica. En Constantinopla conoció a San Leandro y luego le dedicó sus comentarios al libro de Job (Moralia in Job).
Entre fines del año 585 y comienzos del año 586, el papa llamó a San Gregorio para que le ayudase en el régimen de la Iglesia como su propio secretario y lo hizo con gran pericia, sobre todo en la cuestión de los Tres Capítulos.
El papa Pelagio II murió el 5 de febrero del año 590 y muy pronto fue elegido como sucesor el diácono San Gregorio con gran pesar suyo, pues añoraba la vida monástica, Fue consagrado el 3 de septiembre del año 590 y comenzó con gran éxito y fruto espiritual el ministerio de la predicación. Predicaba en la alisa y, con preferencia, el evangelio del día. Nos queda sólo una pequeña parte cíe sus sermones, sobre todo en los dos primeros años de su pontificado como son las cuarenta homilías sobre los Evangelios y las veintidós sobre el profeta Ezequiel. Aún se leen estas homilías con gran provecho espiritual.
Procuró con toda su alma la renovación especial del pueblo a él encomendado, sobre todo el clero. Intervino en la renovación de muchos monasterios a los que llevó a un grado de gran perfección espiritual, como se conoce por su epistolario.
Pero no se contentó únicamente con la ciudad de Roma. Intervino en muchos acontecimientos de la Italia de su tiempo, amenazada constantemente con la invasión de los longobardos. Lo mismo hay que decir de la Iglesia en África y en otros reinos de Occidente, como en la España visigótica y en su conversión al catolicismo, en la que tuvo una parte importante su amigo San Leandro, que le informaba constantemente de todos esos acontecimientos.
También en las Galias y ya hemos aludido a la misión en Inglaterra por el monje San Agustín y sus compañeros, que tuvo un grandísimo éxito apostólico y estableció la jerarquía eclesiástica. Éstas son sus palabras: “Gloria a Dios en el cielo; por su muerte vivimos, su debilidad nos conforta, su pasión nos libera de la nuestra, su amor nos hace buscar en las islas Británicas hermanos a quienes no conocemos y su don nos hace encontrar a quienes buscábamos sin conocerlos.
¿Quién será capaz de relatar la alegría nacida en el corazón de todos los fieles al tener noticias de que los ingleses, por obra de la gracia de Dios todopoderoso, por tu amor, ha realizado grandes milagros entre esa gente que ha querido hacerse suya…” (Libro 9, 36, MGH, Epist. 2, 305-306).
En una de sus homilías sobre el profeta Ezequiel manifiesta así su gran humildad: “Me siento culpable, reconozco mi tibieza y mi negligencia. Quizá esta confesión de mi culpabilidad me alcance el perdón del juez piadoso. Porque, cuando estaba en el monasterio, podía guardar mi lengua de conversaciones ociosas y estar dedicado casi continuamente a la oración. Pero desde que he cargado sobre mis hombros la responsabilidad pastoral, me es imposible guardar el recogimiento que yo querría, solicitado como estoy por tantos asuntos” (Libro I, 4-6, CCL 142, 170-172). Pero confía en el Señor que tendrá misericordia de él, “ya que por su amor, cuando hablo de él, ni a mí mismo me perdono”.
Tuvo también grandes relaciones con las Iglesias orientales, que él conocía bien desde que fue aprocrisario o legado en Constantinopla. Y las Iglesias orientales lo estiman en gran valor. Lo llaman Gregorio el de los Diálogos, por la influencia que esos cuatro libros ejercieron y ejercen allí.
Murió lleno de grandes méritos, ya con gran fama de santidad, el 12 de marzo del año 604. Ejerció una acción considerable en el fortalecimiento del pontificado romano en Occidente, en el establecimiento de relaciones entre la Iglesia y los reinos bárbaros, en la extensión del esfuerzo misionero y en la formación de la liturgia romana.
El canto eclesiástico se llama gregoriano por él y un Sacramentario lleva también su nombre. Su obra teológica es reflejo de la tradición patrística y fue muy utilizada en la Edad Media. Ofrece gran interés sobre todo en teología espiritual y pastoral. Una de sus obras fue precisamente Liber regulae pastoralis.
Su sepulcro se conserva en la basílica de San Pedro del Vaticano, junto a la sacristía. Muy pronto su nombre se insertó en el Martirologio. Algunos sinaxarios y menologios bizantinos lo recuerdan el 12 de marzo. En el calendario romano actual, su fiesta ha pasado al 3 de septiembre, fecha de su consagración episcopal.
Manuel Garrido Bonaño, O.S.B.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.