Llegan días —oráculo del Señor— en que haré con la casa de Israel y la casa de Juda una alianza nueva. No sera una alianza como la que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto, pues quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor —oráculo del Señor—.
Esta será la alianza que haré con ellos después de aquellos días —oráculo del Señor—: Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que enseñarse unos a otros diciendo:
«Conoced al Señor», pues todos me conocerán, desde el más pequeño al mayor —oráculo del Señor—, cuando perdone su culpa y no recuerde ya sus pecados.
Oh, Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R/.
Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti. R/.
Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
El sacrificio agradable a Dios
es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú, oh, Dios, tú no lo desprecias. R/.
En aquel tiempo, aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».
Ellos contestaron:
«Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».
Él les preguntó:
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Simón Pedro tomo la palabra y dijo:
«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
Jesús le respondió:
«¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».
Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.
Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:
«¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».
Jesús se volvió y dijo a Pedro:
«¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».
Mantenernos siempre fieles a Dios debe ser uno de nuestros objetivos importantes en la vida. Hay momentos donde todo resulta más fácil. Son esos momentos en que todo favorece y creer en Dios se ve apoyado externamente por muchos factores. Cuando los tiempos son hostiles y nos rodea la indiferencia, mantenernos fieles a nuestra fe y, vivirla con alegría, resulta más duro.
La historia del pueblo de Israel nos facilita comprender mejor los momentos en que no es fácil vivir nuestro cristianismo con autenticidad.
Son los momentos donde nos corresponde purificar nuestra fe, fortalecerla. Jeremías que experimentó la desolación de Jerusalén tiene un mensaje interesante para nosotros.
Este profeta vivió seiscientos años antes de Cristo. No fueron los mejores momentos. Al contrario, resultaron tiempos recios donde el pueblo experimentó la humillación, el desprecio; todo lo que conlleva vivir desterrados.
¿Cómo queda uno tras esas experiencias? Desanimado. Por eso, Jeremías anima al pueblo a no olvidar a Dios, pese a todo lo vivido. Y les trasmite la Nueva alianza con su Dios. Se trata de vivir, un nuevo encuentro con Yahvé, donde Él será su Dios y ellos serán su pueblo.
El profeta llama al pueblo a vivir esa nueva alianza que Dios ofrece a sus fieles. Lo importante no estará en ritos externos ya que Dios mismo, formula una alianza “nueva”. Lo hará poniendo la Ley en el corazón de sus fieles, a fin de que vivan una Nueva Alianza. Todos ellos me conocerán del más chico al más grande cuando perdone su culpa, y de su pecado no vuelva a acordarme.
La verdadera religión está en el corazón, desde donde se ha de conocer mejor a ese Padre que nunca nos abandona.
Ese es Dios. ¿No merece la pena mantenernos siempre fieles a Él pese a todos los contratiempos?
El P. Lucien Deiss, religioso francés, misionero y exegeta, reflejó en una hermosa melodía este mensaje de Jeremías al que añadió una oración. Seguramente que todos la conocemos y podemos proclamarla: “Danos, Señor, un corazón nuevo; derrama en nosotros un espíritu nuevo”. A lo que Dios responde: “Yo pondré mi ley en el fondo de su ser y la escribiré en su corazón…Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”.
Es esta una pregunta que resuena a lo largo de la historia y se ha escuchado en todos los rincones del mundo. También hoy sigue llegando hasta nosotros. Los apóstoles respondieron con algo significativo: “Juan Bautista, Elías, Jeremías o uno de los profetas”. Es decir, una persona en la línea de los grandes profetas. Ellos trasmiten lo que oyen entre las personas con las que se encuentran.
Quizá olvidaron las respuestas negativas de la clase alta que decían de Jesús cosas “muy fuertes”, al acusarlo de borracho y “amigo de publicanos y pecadores” (Mt. 11, 19) con los que no tiene inconveniente compartir banquetes.
¿Por qué esta pregunta?
Jesús tiene una identidad clara y es muy consciente de ello. Sus seguidores no son del todo conscientes de quién es Él. Han de ir descubriéndolo paulatinamente, por eso la pregunta ofrece la ocasión de definirse ante Él y manifestar así dónde se sitúan ante esta persona que los ha llamado como apóstoles, “enviados”. Es la forma de avanzar en su conocimiento.
La pregunta debió desconcertarlos. No resulta fácil responderla y menos cuando todavía no lo tienen claro. De alguna forma se sentirían paralizados. Dentro de cada uno todavía habría dudas y una especie de desconcierto al observar sus palabras y su comportamiento. Pedro, siempre tan espontáneo, rompió el silencio: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16, 16). Pedro, como el resto de los apóstoles, intuía que Jesús no era un profeta más. Él había percibido o descubierto que Jesús no era una persona común o corriente. Por eso respondió con sinceridad con esa confesión de fe.
La respuesta de Pedro se vio complementada con las palabras de Jesús: «Bienaventurado tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre sino mi Padre Celestial. Por eso te digo que tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi Iglesia…y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 17-18).
Y ahí queda Pedro confirmado como líder de ese grupo que tras la muerte de Jesús y la venida del Espíritu Santo se convertirá en Iglesia. Una palabra griega que se usaba en las asambleas democráticas y que ha pasado a significar el grupo que sigue a Jesús y que quiere hacerlo presente en todos los tiempos. Con sus luces y sus sombras, el objetivo ha permanecido siempre vivo.
El relato se corta ahí. Lo que viene a continuación nos sitúa en otro escenario.
Conocer a Jesús para amarlo y seguirlo de verdad, no es algo que se adquiera de una vez para siempre. Es un proceso que exige fidelidad, oración, coherencia y esfuerzo para que todo se vaya afianzando en nosotros y así nunca sustituyamos a Jesús por esos “diosecillos” que nos presenta la sociedad. Tener presente ese proceso debe animarnos. Siempre podemos seguir avanzando confianza en su ayuda. Todos sabemos que no es fácil. A Pedro, a pesar de esa respuesta tan clara, podemos decir que le quedaba mucho trecho por andar y ahondar en el conocimiento de Jesús. Vendrían situaciones donde su conducta no dejaría claro quién era Jesús para él, si escuchamos sus denuestos en el juicio contra Jesús. Hubo hasta lágrimas al caer en la cuenta de que el miedo le había llevado a la traición. Tras ello siguió su proceso de maduración de la fe Todo ello le sirvió para levantarse y fiado en la gracia de Jesús, proclamó con entusiasmo a ese Jesús hasta dar la vida por Él.
Ante todo lo que estamos viviendo, plantéate cómo es tu fe. Qué fuerza tiene en tus decisiones. Cómo la cultivas para seguir con ilusión ese proceso que te acerca más y más a Jesús.
San Juan María Vianney

Sacerdote francés a cargo de la parroquia de Ars durante 41 años. Conocido por su humildad, su predicación, su discernimiento. Considerado patrono de los párrocos
Juan María Vianney era hijo de Mateo Vianney y de María Beluse, un matrimonio cristiano que contaba para entonces tres hijos y recibió con amor y alegría a este cuarto hijo, al que presentó a bautizar el mismo día de su nacimiento, 8 de mayo de 1786. Nació Juan María en Dardilly, cantón de Limonest, distrito de Lyon, en el aún reino de Francia.
Juan María se crio en un ambiente de piedad sincera, que impactó muy pronto la sensibilidad del niño, en seguida receptivo del sentimiento religioso. Pero sus recuerdos de infancia necesariamente hubieron de mezclarse con el de hechos muy fuertes: la revolución y sus consecuencias. Cuando en París se establece el Terror, Lyon se subleva y el ejército de la República pone sitio a la capital lionesa, pasando por Dardilly en su camino hacia ella. La propia iglesia de Dardilly ha sido cerrada. El cura de la misma, Jacques Rey, ha obedecido la orden oficial y ha hecho el juramento de la constitución civil del clero. Los fieles, no bien percatados de lo que ese juramento significaba, siguieron acudiendo a las ceremonias religiosas. Pero incluso tras ese juramento, el cura Rey hubo de ver su parroquia cerrada en 1793.
Para entonces el pequeño Juan María ya ayudaba a sus padres cuidando del pequeño rebaño familiar en el campo, lo cual hacía en los prados cercanos al pueblo en unión de sus hermanos y hermanas. A Juan María —dicen sus coetáneos— ya entonces le gustaba rezar retirado. También se destapó ya en fecha tan temprana su afecto por los pobres; le gustaba ser él quien les diera las limosnas que sus padres destinaban a los pobres del pueblo y a los forasteros. Los padres estaban por entonces en buena posición económica.
En 1802 se acabó el cisma del abate Rey con la firma del concordato entre Napoléon y Pío VII. El abate, arrepentido, fue perdonado y los Vianney, con los demás fieles, pudieron acudir de nuevo a las misas y actos religiosos de la parroquia. Rey fue sustituido a poco por el abate Jacques Fournier, sacerdote siempre fiel, que influyó positivamente en sus feligreses. En 1803 se abrió en Dardilly una escuela y a ella acudió Juan María para aprender lo elemental. Parece que el contacto con el abate Fournier despertó en Juan María los deseos de ser sacerdote; de todos modos este sacerdote fallecía en 1806. Al parecer y desde 1804, Juan María venía rogando a su padre la licencia para emprender los estudios eclesiásticos, porque quería ser sacerdote.
Juan María logró, no sin mucho trabajo, que su padre le diera licencia para sus estudios eclesiásticos, y se pensó que la mejor forma de hacerlo y con menos gastos era encomendando al muchacho al abate Belley, cura de Ecully, A finales de 1806 Juan María se trasladó a Ecully, a la casa del párroco, donde vivió con otro estudiante que perseguía los mismos fines. Juan María tuvo serias dificultades con los estudios, en parte por no ser muy despierto de inteligencia, pero en parte también por lo tarde que empezaba unos estudios que de suyo se comienzan en la infancia y adolescencia. El abate Belley tenía paciencia con él, porque veía que si en las ciencias humanas avanzaba con dificultad, en la ciencia del espíritu avanzaba con rapidez y era cada día más piadoso y lleno de virtudes. y un enorme sacrificio.
Juan María era de la quinta del año 1806, pero quedó libre del servicio militar; sin embargo, en 1809, fue reclamado para la milicia… Enfermo del disgusto, fue hospitalizado y días más tarde pasó a Roanne. Pero luego optó por desertar. Se instaló en el pueblo de Noes, donde fue acogido por la viuda Fayot, y se ganó la vida enseñando a niños del pueblo. El párroco le apreció mucho y los vecinos del pueblo también.
A su vuelta a Ecully lo acogió bondadosamente el abate Belley, quien no dudaba de la aptitud y vocación de Juan María. Entre 1811 y 1812 vivió en Ecully con el abate Balley, el cual volcaba en Juan su espiritualidad ascética, bastante recia. Seguramente Juan María se mostraba más adicto a la soledad y a la contemplación que a la acción apostólica, pero la situación pastoral de Francia exigía muchos sacerdotes en acción directa y de ahí que se orientara a todos los jóvenes con vocación hacia el apostolado activo. Juan María fue admitido en el seminario de Verriéres en 1812 y allí halló como compañeros a San Marcelino Champagnat y al padre Colin… En 1813 ingresaba en el seminario de San Ireneo de Lyon… Era un alumno regular, cumplidor, piadoso y estudioso, que se esforzaba seriamente en aprender. Tenía en los estudios un problema muy serio: sabía muy poco latín. Algunos compañeros, con solidaridad y fraternidad, le ayudaron. Sacó muy malas notas, y lo mandaron de nuevo a Ecully… Juan María entró en una crisis: le pareció que su salida de Lyon significaba que debía renunciar al sacerdocio… El abate Belley le devolvió la ilusión: estudiaría con él, en francés, no en latín, y vería cómo entonces avanzaba… El abate Belley llevó su patrocinio sobre Juan María al extremo de pedir que lo ordenaran de sacerdote porque lo quería de coadjutor en su parroquia. Pasó un último examen y fue enviado a Grenoble para que allí recibiera el sacerdocio, como así fue el domingo 13 de agosto de 1815.
Cuando Juan María, recién ordenado sacerdote, llegó como coadjutor a Ecully, halló una parroquia en la que la paciente labor apostólica del abate Belley había producido ya sus frutos, y estaba a buena altura el nivel espiritual de los feligreses. Belley había procurado predicar con frecuencia y método la palabra de Dios, administrar los sacramentos con unción y asiduidad, socorrer a los pobres, visitar a los enfermos, cuidar la catequesis infantil y fomentar la piedad en sus varias formas. Juan se plegó de forma absoluta a la voluntad del párroco, tanto en la distribución de su tiempo como en la concreción de tareas a realizar. Como el abate Belley había sido religioso, conservaba muchas costumbres propias de un convento y Juan María debió acomodarse a ellas. Recitaba el breviario con el párroco, tenía con él la lectura espiritual y los ejercicios de devoción, las conversaciones espirituales y los tiempos de silencio, y participaba en el clima de privaciones voluntarias y penitencias a que se sometía a sí mismo el antiguo religioso. Como el abate Belley comenzó a flagelarse y a ponerse cilicios.
Pastoralmente Juan María tenía que hacer bautizos o entierros, y se le encargó de la misa de los niños los domingos, a los que tenía que dirigir pláticas apropiadas. Ése fue su primer campo como predicador y catequista. El párroco le hacía acompañarlo en las visitas a los enfermos para que se introdujera en este campo concreto de la pastoral, y mientras iban de una casa a otra le daba lecciones de casos de conciencia, que al párroco le parecían importantísimas para que pudiera algún día Juan María sentarse en un confesonario de adultos. Y es de esta raíz de donde debemos hacer derivar los residuos rigoristas, casi jansenistas, que se verán en Juan María cuando sea cura de Ars y que desaparecerían más tarde.
Un año después de su ordenación, recibió la licencia para confesar y el primero en arrodillarse ante él fue el propio abate Belley. Luego, poco a poco, fue atrayendo insensiblemente a su confesonario a numerosos feligreses. También se hizo notar por su desprendimiento en favor de los pobres. Y ya desde entonces se distinguió como fervoroso propagandista de la devoción a la Virgen María, en lo cual ciertamente no tenía nada de jansenista o rigorista.
El abate Belley comenzó a empeorar en su salud… El querido párroco moriría en los brazos de su protegido en 1817 . Mandaron como nuevo párroco al abate Lorenzo Tripier… que tenía ya amplia experiencia pastoral, pero era muy distinto en criterios y costumbres al abate Belley, y sobre todo, no tenía para nada ni su ascetismo ni su extrema frugalidad. Juan María empezó a pasarlo mal al lado del nuevo párroco y, enterada la superioridad, decidió enviarlo entonces a la capellanía de Ars.
Arsen-Dombes no era propiamente una parroquia, sino una capellanía, dependiente de la parroquia de Mizerieux. Era un pueblito campesino y su situación espiritual, después de los desastres de la revolución y las guerras, no era muy buena. Había habido en el pueblo un cura apóstata cuando la revolución, y prácticamente sólo mujeres y niños frecuentaban la misa y los sacramentos. Juan María llegó a Ars el 13 de febrero de 1818.
Halló una pobre iglesia, una casa parroquial grande, pero destartalada y con algunos muebles que le parecieron demasiado buenos para la pobreza en que él quería vivir. Al día siguiente a su llegada, las campanas tocaron a misa y los habitantes del pueblo supieron que tenían otra vez un pastor de almas. Juan María estableció un género de vida por demás pobre y austero…y dio a su casa el tono de la mayor pobreza. Empezó a dormir en un lecho de sarmientos sobre la madera de la cama, con una almohada de paja, y unas pobres mantas para prevenir el frío nocturno. Y se dedicó ante todo a orar pidiendo la conversión de su pueblo. Siempre que no tenía un ministerio preciso, estaba en la iglesia entregado a la oración; la hacía de rodillas sobre el suelo, sin reclinatorio y sin apoyarse en ningún sitio, recogido o mirando al sagrario…Todo dinero que caía en sus manos iba indefectiblemente a parar a manos de los pobres.
Estableció una nueva costumbre: visitar casa por casa a sus feligreses, como recomendaba la superioridad del obispo, bien que no era habitual hacerlo. Sus visitas eran breves; no se sentaba, y en el fondo eran solamente para decirles a los feligreses que estaba a disposición de todos. Oía las cuitas de los feligreses y empezó a dejar la impresión de que el sacerdote de Ars practicaba todas las obras de misericordia. Salía también al campo y saludaba a los trabajadores y al bosque y saludaba con afecto a los que hallaba, y convertía su paseo en oración, pues alaba al Señor por las bellezas de la Naturaleza. Dio enorme importancia a la catequesis infantil. Logró que los padres trajeran a los niños, y muchos padres comenzaron a quedarse a la catequesis para aprovecharse ellos también.
Vianney se dio cuenta de que el pueblo necesitaba como la masa de la parábola: una levadura que la hiciera fermentar. Y entendió que había que cultivar grupos de espiritualidad que contagiasen su fervor a los demás. Se dedicó a buscar un grupo de almas fervorosas que comulgasen cada domingo y dieran ante la comunidad el testimonio de una piedad más allá de la estricta obligación. Muy pronto lo tuvo. Y se comenzó a ver un grupo de personas que cada domingo se acercaban a la sagrada mesa. Igualmente pensó que las hermandades o cofradías le servirían de enlace con muchas personas para atraerlas a la vida devota.
Juan María ponía mucho empeño en la predicación, dándole su importancia, pero no estaba especialmente dotado ni preparado para ello. Se encerraba en la sacristía para escribir las instrucciones catequéticas del domingo y aprenderlas de memoria, lo que le llevaba largas horas del día y de la noche. Bebía en concretas fuentes, es decir, sermonarios y libros espirituales, cuyos textos yuxtaponía sin mucha coherencia a veces. Ponía mucho interés en la selección de los temas, que quería fueran de utilidad espiritual a los oyentes, y como él estaba muy preocupado por la salvación eterna de sus feligreses… Quería, por el camino del rigorismo moral, llevar a los fieles a dos pasos de la desesperación, a fin de que de ahí pasasen al arrepentimiento y a la confesión, que los libraría de sus pecados… Poco a poco, el Espíritu de Dios iluminaría a este buen pastor para que descubriera como preferente el camino de la misericordia.
En 1821, el rey Luis XVIII erigía en parroquia la iglesia de Ars. Ya podía llamarse con verdad «cura de Ars». Juan María prestó servicios de buena voluntad en las parroquias vecinas cuando no tenían cura o cuando éste se hallaba ausente o enfermo… Participó en equipos de misioneros… Pero más que predicar, confesaba, y multitud de penitentes comenzó a acudir a él. En el confesonario, enfrentado con los dolores de las almas, era un auténtico confesor: juez, padre, maestro y amigo. Gente de todas las clases sociales se arrodilló ante su confesonario… Su palabra comenzaba a tener un éxito increíble por el fuego que despedía, fuego de un amor a Dios y al prójimo que inflamaba a los oyentes. Su fama empezó a correr: todos querían oírle y pasar por su confesonario.
Pero se convierte en signo de contradicción, y empiezan a llegar al obispado denuncias contra él, al tiempo que un grupo de irreductibles en Ars no para de murmurar en su contra. A ello se sumó una purificación interior: Dios permitió que durante los primeros años de su ministerio le asaltase un horroroso temor a la condenación por justo juicio de Dios. Se sentía completamente indigno del ministerio pastoral y creía estar yendo a la condenación por ejercerlo indignamente. Esta prueba interior le hizo sufrir de forma indecible, hasta el paroxismo. Pidió a Dios conocimiento de su miseria. Lo obtuvo y, decía él mismo, no pudo soportarlo.
Triste interiormente o consolado, no dejaba Juan María ninguna de las tareas pastorales que le concernían. Y llegó el momento de poner por obra una decisión tomada a poco de llegar: hacer algo por la educación de los niños, ya que no había escuelas en Ars; en el período de invierno venía un maestro de fuera que daba clases a niños y niñas juntos. Buscó él varias personas que le parecieron aptas y compró además un edificio en 1824, el cual edificio era poco a propósito, pero allí instaló la escuela y ese mismo año la abrió con el título de La Providencia… Huérfanas procedentes de parroquias vecinas e incluso lejanas venían a La Providencia y se las instruía y alimentaba, siendo esta obra el destino de todas las limosnas que venían a manos de Juan María. También admitía a chicas de 18 y 20 años, a veces ya maleadas por la vida, pero cuanto más desgraciadas más las quería el párroco, que reservaba para ellas toda su bondad. Juan María…veía en la educación cristiana de las niñas, el futuro de la cristianización del pueblo, pues cuando fueran madres de familia tendrían los criterios cristianos prontos para ser transmitidos a los hijos.
Las actividades pastorales de Juan María iban tejiendo en torno a los fieles un cerco pastoral que iba a dar un fruto claro: la transformación de Ars, que se produjo el año jubilar de 1827 con un famoso triduo que conmovió a la población entera y que despertó en muchos de sus hijos la mayor devoción. El éxito fue tan rotundo que Juan María dijo desde el púlpito: Ars ya no es Ars, ha cambiado. Y a partir de entonces comenzaron a llegar a Ars personas que querían confesarse con su cura, a razón de unos quince por día. Muy pronto comenzaría el número a crecer hasta cifras increíbles. Una auténtica multitud llegaría a apiñarse frente a su confesonario, esperando recibir del cura de Ars aliento espiritual, consejo, corrección y perdón.
Cuando la revolución de julio de 1830 derribó para siempre el trono de los Borbones y advino el régimen de los Orleáns, un grupo de revolucionarios de Ars —siete, nada más—aprovechó la oportunidad para presentarse con insolencia en la rectoral y exigir de Juan María que se marchara porque estaban hartos de su severidad. Le molestaron de noche, tocaron cuernos bajo su ventana y lo colmaron de injurias y calumnias.
La ida a Ars para confesarse con el cura comenzó a convenirse en peregrinación a oírle y rezar con él. Esto fue sobre todo cuando, a raíz del cólera de 1832, Juan María dijo que era un signo de la ira de Dios. Oleadas de gente comenzaron a venir y Juan María se vio precisado a predicarles y a confesarles. Juan María, para distraer la atención de su persona, comenzó a propagar la devoción a Santa Filomena, que, por carecer de base histórica, su fiesta sería luego suprimida por Roma. Por otro lado, él, cuando se vio rodeado de peregrinos, tuvo de nuevo la idea de irse a otro sitio, porque se sentía indigno de tal atención. Decidida su marcha, luego fue el obispado el que cambió y por fin no fue a Fareins.
Volvió a intentar dejar Ars, escapando a Dardilly, su pueblo. Pero luego de hacer una peregrinación a Nuestra Señora de Beaumont, volvió a Ars. Poco después recibió al abate Raymond como auxiliar… Se hizo cargo de la parroquia para que Juan María atendiera a los peregrinos. Juan María prosiguió su intenso y agotador apostolado… El obispo le mostró su aprecio nombrándole canónigo. Hizo una fundación de misiones parroquiales, en lo que invirtió gruesas sumas procedentes de las limosnas que llegaban a sus manos.En 1853 se produjo una fuga sonada. Habían sustituido al abate Raymond por el abate Toccanier. Juan María aprovechó la circunstancia para tratar de huir, pero al hacerlo fue descubierto y hasta sonaron las campanas avisando al pueblo. No sin trabajo se logró disuadirlo. Mucha gente esperaba días y días para poder confesarse con él o hablarle. Al entrar en la iglesia, escoltado por el coadjutor, la gente se arracimaba en su entorno y le pedía bendijera a los niños, lo que Juan María hacía con emoción.
Juan María estuvo en el servicio de los fieles hasta casi última hora. Murió el jueves 4 de agosto de 1859, dulcemente, sin agonía.
Lo canonizó el papa Pío XI el 31 de mayo de 1925, y lo declaró patrono de los párrocos.
José Luis Repetto Betes
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.