Escuchad la palabra que el Señor ha pronunciado contra vosotros, hijos de Israel, contra toda tu tribu que saqué de Egipto:
«Sólo a vosotros he escogido de entre todas las tribus de la tierra.
Por eso les pediré cuentas de todas sus transgresiones».
¿Acaso dos caminan juntos sin haberse puesto de acuerdo?
¿Acaso ruge el león en la foresta si no tiene una presa?
¿Deja el cachorro oír su voz desde la guarida si no ha apresado nada?
¿Acaso cae el pájaro en la red, a tierra, si no hay un lazo?
¿Salta la trampa del suelo si no tiene una presa?
¿Se toca el cuerno en una ciudad sin que se estremezca la gente?
¿Sucede una desgracia en una ciudad sin que el Señor la haya causado?
Ciertamente, nada hace el Señor Dios sin haber revelado su designio a sus servidores los profetas. Ha rugido el león, ¿quién no temerá?
El Señor Dios ha hablado, ¿quién no profetizará?
Os trastorné como Dios trastornó a Sodoma y Gomorra, y quedasteis como tizón sacado del incendio.
Pero no os convertisteis a mi -oráculo del Señor-.
Por eso, así voy a tratarte, Israel.
Sí, así voy a tratarte: prepárate al encuentro con tu Dios.
Palabra de Dios.
Tú no eres un Dios que ame la maldad,
ni el malvado es tu huésped,
ni el arrogante se mantiene en tu presencia. R/.
Detestas a los malhechores,
destruyes a los mentirosos;
al hombre sanguinario y traicionero
lo aborrece el Señor. R/.
Pero yo, por tu gran bondad,
entraré en tu casa,
me postraré ante tu templo santo
con toda temor. R/.
En aquel tiempo, subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron.
En esto se produjo una tempestad tan fuerte, que la barca desaparecía entre las olas; él dormía. Se acercaron y lo despertaron gritándole:
«¡Señor, sálvanos, que perecemos!».
Él les dice:
«¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?».
Se puso en pie, increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma. Los hombres se decían asombrados:
«¿Quién es este, que hasta el viento y el mar lo obedecen?».
La situación en Judá e Israel y las naciones vecinas en tiempos del profeta Amós, durante el reinado de Jeroboam II, del 783 al 743 a. C., no era muy diferente a la actual. Intensos intercambios comerciales, aumento de las riquezas de forma desproporcionada provocando graves desequilibrios y desigualdades, el lujo desmedido de unos pocos ricos y la miseria y opresión de la gran mayoría del pueblo. El profeta alza su voz contra esta terrible situación de injusticia, proclamando que el Señor no puede permanecer indiferente y castigará a los causantes de la misma “¡Prepárate para encontrarte con tu Dios!”4,12 “…habré de pediros cuentas de todas las maldades que habéis cometido”3,2.
En el capítulo 3 de este libro va desgranando una serie de causalidades, para finalizar con la que es la tarea del profeta “¿Quién no hablará en nombre del Señor, si él lo ordena?”. Pienso que este final nos puede centrar mucho también como cristianos. Nuestra fe no es un asunto meramente íntimo, sino profético, encarnando el Evangelio en una realidad concreta; y personal, me compromete a actuar y vivir coherentemente con ella. Es una tremenda responsabilidad hablar en nombre de Dios, no es voluntad ni deseo nuestro, sino iniciativa y mensaje de Dios.
Las situaciones de desigualdad, abuso e injusticia tan extendidas, institucionalizadas y flagrantes no pueden dejarnos indiferentes, ¡claman al cielo! Y “el cielo” tiene una palabra que decir, también hoy, que el Señor sigue dando su voz a profetas de nuestro tiempo. Desde la fe estamos comprometidos con que se cumpla la voluntad de Dios, y su voluntad es el bien para todos, sin excepciones.
Así como vimos en el texto de Amós, la misión del profeta viene dada por el Señor, y habla en su nombre porque él lo ordena, Mateo hace hincapié en la autoridad de Jesús. Jesús es la Palabra de Dios encarnada. “La gente estaba admirada de cómo les enseñaba, porque lo hacía con plena autoridad y no como sus maestros de la ley” Mt 7, 28.
A lo largo del capítulo 8, el evangelista narra varios milagros de Jesús y, en medio de estos relatos, habla sobre las condiciones para los que quieran seguirle. El texto de hoy, describe un momento de especial peligro que viven los discípulos, a la intemperie, en medio de una tempestad. Seguir a Jesús supone riesgo, incluso de la propia vida, supone inseguridad y se despiertan los miedos más profundos y los más naturales, la fe se tambalea y se descubre muy frágil. Lo más duro, quizás, es esa sensación de estar abandonados a nuestra suerte, hasta el mismo Maestro está dormido e indiferente a la situación tan temible.
Es muy fácil también caer en la trampa de creer que seguimos a Jesús cuando tenemos éxito, nos sentimos satisfechos y seguros por lo logrado, el buen nombre, nos respetan e incluso admiran. Nos acomodamos muy fácilmente. Pero las inclemencias y nuestros límites están ahí, e irrumpen. Y descubrimos que Jesús se nos ha dormido en el alma ¡quizás hace tanto tiempo ya, que no contábamos verdaderamente con Él!
Hay un antes y un después en este relato. En medio de esa tempestad tan tremenda, los discípulos despiertan a Jesús, él les cuestiona su miedo y poca fe, y restablece la calma en el mar. Despertar a Jesús es clave, es esencial para seguirle verdaderamente, y continuar, que vuelva a ocupar el centro de nuestro ser, de nuestra vida, de nuestras comunidades de fe, de nuestras instituciones y nuestra Iglesia. Sabemos que supone un proceso de humildad y sinceridad, que nos va a cuestionar y contrastar, que nos purificará. Pero nos abrirá a su vez a la admiración y al asombro, a redescubrirle, a ser testigos de quién es y de qué es capaz “¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?”.
San Ireneo de Lyon

Obispo de Lyon en el siglo II, padre de la Iglesia. Ireneo fue el primer teólogo cristiano en intentar elaborar una síntesis global del cristianismo en un periodo histórico marcado por dos corrientes de pensamiento muy fuertes como eran el gnosticismo cristiano y el neoplatonismo pagano
Originario de Asia Menor, probablemente Esmirna. […] Sabemos con certeza que hacia el 177, ya en Lyon (Francia), la comunidad lo envía a Roma como portador ante el papa Eleuterio de la Carta de los mártires de Lyon, en la que se puede leer: «Hemos impulsado a nuestro hermano y compañero Ireneo para que te lleve esta carta, y te rogarnos que le tengas por recomendado, celador como es del testamento de Cristo, porque, de saber que un cargo confiere a alguno justicia, desde el primer momento te lo habríamos recomendado como presbítero de la Iglesia, lo que es precisamente» (Eusebio, HE V, 4, 2: BAC 349, p. 288 s.).
Presbítero es título que, en su caso, podría significar también el oficio episcopal. En todo caso, a su regreso a Lyon, es sucesor de Potino, el obispo. Las principales fuentes de su cultura son Asia Menor y su Escuela: Papías, Melitón, Milciades, Rodón, Claudio Apolinar, etc. Interviene durante el pontificado del papa Víctor (189-198) para exhortarlo a la paciencia y comprensión con los obispos de Asia sobre la fecha de la Pascua: es su último acto conocido y de algún modo datable. La noticia de su martirio es tardía. Eximio escritor de la fe católica contra los gnósticos, habría recibido la palma del martirio, se supone, hacia el año 200. La familiaridad con Policarpo es un punto de fuerza en su comportamiento y doctrina, por cuanto lo coloca en los primerísimos tiempos de la Iglesia.
Publicó muchos, de los cuales sólo dos han llegado hasta nosotros, a saber: 1. Desenmascaramiento y derrocamiento de la pretendida pero falsa gnosis, o dicho brevemente Contra las herejías (Adversus haereses), obra escrita hacia el 180, o sea, en los primeros tiempos de Cómodo, cuando no arreciaba la persecución; 2. Demostración de la enseñanza apostólica. Del resto se conservan sólo fragmentos o únicamente el título. Pensada al principio en forma más reducida para los fieles del Ródano, la nervatura del Adversus haereses comprende cinco libros: 1.° Exposición de la doctrina de Tolomeo: sería la parte que al principio pensó dirigir a los cristianos del Ródano. Es lo que en retórica se denomina detectio; 2.° Constituye la eversio. Refuta el dualismo gnóstico (Dios-Creador) mostrando su contradicción interna; 3.° Demuestra que su doctrina está en consonancia con la Escritura y la predicación apostólica, precisamente atacando a la misma base de los gnósticos, que era la Biblia, sólo que mal interpretada; 4.° Armonía de los dos Testamentos, especialmente en predicar la unidad de Dios y del Creador: combate así el determinismo gnóstico de la justificación; y 5.° Aunque en un primer momento quiso dedicárselo a San Pablo, abordó luego algunas cuestiones no del todo examinadas en los libros anteriores, especialmente de la resurrección del Señor y de la carne, piedra de escándalo para los gnósticos.
Así se le puede considerar, sobre todo por dos razones: primera, por haber desenmascarado el carácter pseudocristiano de la gnosis; segunda, por haber defendido eficazmente los artículos de la fe de la Iglesia católica, negados o mal interpretados por los gnósticos. Fue el primero en sistematizar la enseñanza apostólica; quien fundó la teología cristiana mostrando el punto de partida (Símbolo), las fuentes genuinas (Tradición y Escritura) y el centro de la misma (Encarnación). Hasta San Hilario, la teología occidental no será más que la continuación de cuanto él expone.
La suya no es una teología técnica, es cierto. Tampoco brilla por el alarde especulativo de los gnósticos, ni adopta el orden escolar de los eclesiásticos de su tiempo. Discurre más bien de forma sencilla, tan frondosa y esencial a veces que desconcierta al lector ante la paráfrasis escriturística, la simplicidad del comentario y hasta la conclusión teológica. Los herejes gnósticos arrojaron mucha luz en su ideología y terminología, pero al propio tiempo San Ireneo es, acaso, el escritor católico que mejor guarda las claves para entender el comportamiento de los heterodoxos de la gnosis. Su teología toda se reduce a desenvolver el símbolo, cuyos artículos parafrasea, tanto en Adversas haereses como en Lpideixis. […]
Fidelísimo intérprete del pasado, Ireneo mantiene firme una tradición apostólica, sin errores, una tradición que es norma y criterio de verdad, o sea, la misma de lo que los apóstoles enseñaron como verdades de fe, para ser defendidas por todos. La apostolicidad es norma de verdad, en cuanto que se trata del canal por donde puede encontrar acabado cumplimiento el depósito de la tradición apostólica. De ella gozan las Iglesias fundadas por los mismos apóstoles, cuya supremacía tiene la de Roma, por ser San Pedro y San Pablo sus fundadores. De ahí su «origen superior» (= potentiorern principalitatem) sobre las demás, y la necesidad de que éstas convengan con ella. De ahí también que el criterio de verdad esté anclado en la Iglesia de Roma. San Ireneo, por tanto, enseña la infalibilidad de la Iglesia en general, o sea, de la colectividad de las Iglesias particulares en conservar la tradición. Una infalibilidad de todas las Iglesias consideradas juntas, dicho sea por otra vía expresiva, pero también de la sola Iglesia de Roma. «En las Iglesias –puntualiza a propósito de la predicación de la verdad– no dirán cosas distintas los que son buenos oradores, entre los dirigentes de la comunidad (pues nadie está por encima del Maestro), ni la escasa oratoria de otros debilitará la fuerza de la tradición, pues siendo la fe una y la misma, ni la amplía el que habla mucho ni la disminuye el que habla poco» (Adv. haer. I, 10, 3).
Incansable y agudo polemista, San Ireneo atacó a sus adversarios por todos los flancos, pero de modo especial, si cabe, el antropológico (= la Historia salutis, Historia de la salvación). Acude a la tradición anterior hebrea y eclesiástica, aunque las contemporáneas y posteriores le iluminan tanto más que las anteriores. Escribe como si improvisara, que nunca lo hace. Se basa en los primeros capítulos del Génesis, y desde el primer momento en que aborda el tema del hombre en la creación hace jugar principal papel a los dos Testamentos: Adán y el Hombre total/Cristo e Iglesia. Para definir al hombre no hace falta ir a la filosofía, sino a los planes del Creador, que podemos entrever en el Génesis. Los días primeros de la creación tipifican los terrenos de la Iglesia; y lo que Dios hace con el barro, cuanto seguirá en los individuos que integran el Cuerpo de Cristo. Examina de cerca temas como el polvo, el barro, el cuerpo, el plasma, la psique. La caída y dispensación de Adán y sus descendientes, será de misericordia, pero no de absoluto perdón para evitar así que el hombre desprecie a su Señor natural; y porque el poder y las otras perfecciones divinas resplandecen mejor en la humana miseria.
Hay en su antropología ramificaciones espléndidas. Si la gnóstica se reduce a pneumatologia y anthropos espiritual; si la de Orígenes se cifra en la psicología y dispensación de la salvación a intelectos puros (de no haber mediado primero el desorden habría sido la salvación dispensada fuera de la materia); la de Ireneo se basa en la carne: su anthropos es el plasma y toda la economía se resuelve en modelar el barro humano a imagen y semejanza de Dios. El alma no entra por sí en la noción del hombre, sino en cuanto instrumento del Espíritu en beneficio del cuerpo material. Estamos, pues, ante una «sarkología». Nadie como Ireneo acertó a unir los dos extremos al parecer incompatibles –espíritu y materia– para, sobre ellos, construir la Historia salutis. […]
Pedro Langa, O.S.A.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.