En aquellos días, vino esta palabra del Señor a Natán:
«Ve y habla a mi siervo David:
“Así dice el Señor: Cuando se cumplan tus días y reposes con tus padres, yo suscitaré descendencia tuya después de ti. Al que salga de tus entrañas le afirmaré tu reino.
Será el quien construya una casa a mi nombre y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre.
Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo.
Tu casa y tu reino se mantendrán siempre firmes ante mí, tu trono durará para siempre”».
Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dijiste: «La misericordia es un edificio eterno»,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad. R/.
«Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
Te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades». R/.
Él me invocará: “Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora”.
Le mantendré eternamente mi favor,
y mi alianza con él será estable. R/.
Hermanos:
No por la ley sino por la justicia de la fe recibieron Abrahán y su descendencia la promesa de que iba a ser heredero el mundo.
Por eso depende de la fe, para que sea según gracia; de este modo, la promesa está asegurada para toda la descendencia, no solamente para la que procede de la ley, sino también para la que procede de la fe de Abrahán, que es padre de todos nosotros.
Según está escrito: «Te he constituido padre de muchos pueblos»; la promesa está asegurada ante aquel en quien creyó, el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe.
Apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza que llegaría a ser padre de muchos pueblos, de acuerdo con lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia».
Por lo cual le fue contado como justificación.
Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.
La generación de Jesucristo fue de esta manera:
María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:
«José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados».
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.
Las lecturas en esta solemnidad de san José nos introducen de lleno en el proyecto de alianza que Dios tiene preparado para su Pueblo Santo. Dios se revela en la historia de la salvación. De hecho, Jesucristo, se encarna, se hace uno de nosotros. Del pueblo de Israel, de la descendencia de David, Jesucristo viene a tocar la realidad concreta del gozo y del sufrimiento que experimenta la humanidad.
Dios mismo quiere plantar su morada en medio del pueblo de su heredad. Ya no son las voces de los profetas las que anuncian lo que Dios demanda al pueblo de Israel, sino que, con su venida al acontecer humano, Jesucristo nos ha hecho el templo donde mora el Espíritu Santo. Así, Dios mismo va a ir entretejiendo su historia de ternura con cada uno de nosotros, pueblo elegido, porque Cristo se ha injertado en lo nuestro.
De muy buena «talla» tenía que ser el carpintero de Nazaret para que Dios se fijara en él para semejante empresa. Dios le encarga la paternidad y custodia de la Sagrada Familia de Nazaret y, por extensión, de toda la Iglesia. La calidad del hombre interior de José, que bien lo refleja el himno que hoy cantamos llenos de gozo, nos habla de este título: «Porque fue varón justo, lo amó el Señor». Lo amó el Señor y también el mismo Dios lo acompañó en cada momento y bendijo su trabajo.
La forma de actuar de Dios en algunas ocasiones nos suele desconcertar. Así también lo vivió este carpintero. Dios, que irrumpe en medio de la historia, sorprende a San José con un proyecto concreto, y el santo carpintero tiene que hacer todo un proceso de maduración y crecimiento para tratar de comprender y ver la mano de Dios en su vida. José nos enseña a parar los miedos y tentaciones que aparecen en la vida cuando uno no tiene la misma mirada de Dios. Nos invita a comprender que, del barro, el Señor es capaz de sacar lo mejor de nosotros mismos. Nos empuja a captar el sentido pleno de cómo se va manifestando la ternura del amor divino en nuestro propio proceso personal, por difícil que este sea. La empresa que José tiene por delante es, en definitiva, el amor. Sintiéndose amado por la ternura de Dios, transforma la realidad concreta del miedo o la duda en un hogar de amor.
El nacimiento de Jesús se injerta de lleno en la realidad humana, en una familia. Busca incluso una descendencia en la que anclarse, la del rey David. Con el himno que hemos citado antes, podemos seguir la reflexión: «porque fue varón justo»… Dios se vale de esa mediación humana para poder transmitir la fuerza de la ternura de su amor. También nosotros estamos llamados a hablarle al mundo con el lenguaje humano del amor, que puede manifestar un carpintero humilde y sencillo en la pobreza de su vida.
«Y hay gracia antes que sol en el taller». Eso mismo experimentó el varón justo, José: el rayo constante de la ternura del amor de Dios en su vida. Aun en los momentos más difíciles y crudos de prueba o tribulación; en medio de las incertidumbres, dudas y faltas de fe, no tardó en hacerse presente el amor al inicio de aquella aventura. ¡Aparecen rápido las espinas en la vida del carpintero! Tiene que ahondar en la fe. Porque el proceso de hacerse recia la fe es costoso: su proceso habla de migración, de huidas a Egipto, de falta de trabajo y dolores cuando tiene que llevar la casa a cuestas para salvar la vida de los que más quiere en otro país. En esa realidad concreta, que es la más vulnerable, se manifiesta el rostro concreto de Dios: su amor, que se va acompasando en el martillo de la mano, y de la vida, del carpintero.
«Cabeza de tu casa del que el Señor se fía». Esa es la mediación humana de la que Dios se vale: «Varón justo», que supo estar presente en todos los momentos del hogar de Nazaret. Momentos de gozo y momentos de oscuridad. Supo acompañar con ternura los procesos que vivió la Sagrada Familia. Supo educar con los valores de la tradición recibida e iniciar en la fe a Jesús, para que descubriera el rostro concreto con el que Dios se revela: el del «Abbá» Padre. Este varón justo supo dar la vida por su familia, supo vivir para y por su familia.
San José

José ha pasado en silencio por las páginas evangélicas. Es sólo —y nada menos— un creyente que presta atención al Dios que se le muestra en los sueños, que se admira ante la presencia del misterio en su hijo. José es el hombre de la escucha y del silencio.
En la solemnidad de San José, la liturgia de las horas nos ofrece un sermón de San Bernardino de Siena, en el cual se presenta al carpintero de Nazaret como una especie de eje entre los dos testamentos: José viene a ser el broche del Antiguo Testamento, broche’ en el que fructifica la promesa hecha a los patriarcas y los profetas. Sólo él poseyó de una manera corporal lo que para ellos había sido mera promesa».
José pertenecía al linaje de David (Mt 1, 20; Lc 1, 27 y 2, 4). Las tradiciones evangélicas discrepan al darnos el nombre de su padre, bien porque apelen a la ley del levirato, bien porque una de ellas se refiera al abuelo. Era hijo de Jacob (Mt 1, 15-16) o de Leví (Lc 3, 24). Para los cristianos no es más que un anillo en las listas genealógicas.
José es el hombre de la escucha y del silencio. Es el que, en los sueños, descubre el proyecto de Dios, como lo había hecho el patriarca José, vendido por sus hermanos (Gn 37, 6-9).
José es el creyente que, al cumplir la Ley del Señor, descubre la llegada del tiempo del Espíritu de Dios. José es el padre que, al buscar a su hijo perdido, descubre el misterio de la paternidad de Dios.
[…] Después del viaje a Jerusalén en el que Jesús se manifestó a los doctores de su pueblo, toda la familia volvió a Nazaret. Continúa el silencio. El texto evangélico resume aquellos años en una escueta observación: «Jesús vivía sujeto a ellos. Progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres», (Lc 2, 52). Si María guardaba todas estas cosas en su corazón, es de suponer que también José meditara en su interior los acontecimientos, ordinarios y silenciosos, que se desarrollaban ante sus ojos.
José de Nazaret es calificado por los Evangelios como un tecton, un artesano de la madera. Era un carpintero e hizo de Jesús un carpintero, como sabemos por los comentarios que la gente le dedica cuando, ya adulto, vuelve a la aldea de su infancia: «,¿No es éste el carpintero, el hijo de María?» (Mc 6, 3).
Otra tradición evangélica recuerda estos detalles de la familia al presentar la misión profética de Jesús «Al comenzar su vida pública tenía unos treinta años, y era según se creía hijo de José» (Lc. 3, 23). A continuación, Lucas incluye la genealogía ascendente de Jesús.
Sus orígenes y actividad son también evocados en la presentación que de él hace Felipe a Natanael: «Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley, y también los profetas: Jesús, el hijo de José, el de Nazaret» (Jn 1, 45). Esas palabras nos han parecido siempre una primera confesión de la fe cristiana. La búsqueda de los hombres, tema característico del Antiguo Testamento, termina en Jesús. Él es el anunciado por la Ley y los profetas. Pero el esperado no es un ser evanescente, tiene raíces personales y locales. Ante las desviaciones, demasiado espiritualistas, de algunos cristianos de los primeros tiempos era preciso afirmar la realidad encarnada del Verbo de Dios. Y entre otros procedimientos, el evangelista apela también al de su filiación y al de su lugar de origen. Creer en el Verbo de Dios exige identificarlo con el hijo de José de Nazaret.
José era considerado corno una prueba de la humanidad del que se proclamaba Camino, Verdad y Vida. Nazaret se convertía así en una especie de «lugar teológico».
Estos orígenes no fueron olvidados por el Maestro. Jesús volvió un día a su tierra y a su aldea. Enseñaba el sábado en su sinagoga, de tal manera que sus vecinos decían maravillados: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Jacob, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto? Y se escandalizaban a causa de él. Mas Jesús les dijo: “Un profeta sólo en su tierra y en su casa carece de prestigio”. Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe» (Mt 13, 54-58).
El estilo de las escandalizadas admiraciones nos hace suponer que seguramente José no vivía ya por entonces. Pero su paternidad seguía siendo una referencia obligada para Jesús. Y un escándalo. Ya no por el modo de su nacimiento, sino por la imposibilidad aparente de que el hijo del artesano pudiera presentarse como un profeta, como tal profeta. Los hermanos y hermanas de Jesús pueden muy bien ser parientes cercanos, miembros de la familia amplia con la que Jesús había trans-currido su niñez.
José ha pasado en silencio por las páginas evangélicas. Es sólo —y nada menos— un creyente que presta atención al Dios que se le muestra en los sueños, que se admira ante la presencia del misterio en su hijo, que pasa a su hijo la herencia mesiánica de David y la raíz de humanidad que él ha querido abrazar para siempre, ¿Qué sentido podrían tener sus palabras ante aquel que era la Palabra hecha carne en su propio hogar?
Jose-Román Flecha Andrés.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.