Esto dice el Señor:
«Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo».
Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R/.
Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R/.
Los ojos del Señor miran a los justos,
sus oídos escuchan sus gritos;
pero el Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria. R/.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias;
el Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos. R/.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros orad así:
“Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre,
venga a nosotros tu reino,
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo,
danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal”.
Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas».
Este breve texto es ya el final del Segundo Isaías, conocido como el profeta consolador de los desterrados de Babilonia. Volver a Jerusalén y rehacer la vida en libertad no es fácil. Este Segundo Isaías descarta la idea de un nuevo rey, sino que el Señor mismo será el que dirija a su pueblo. “Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que proclama la paz, que anuncia la buena noticia, que pregona la justicia, que dice a Sión: ¡Tu Dios reina!”.
La exhortación final de este libro es a buscar al Señor, invocarle y convertirse. El Señor tiene sus planes y se cumplirán, como la lluvia que empapa, fecunda y hace germinar la tierra. “La Palabra que sale de mi boca no volverá a mí vacía”. La belleza poética del texto no endulza la contundencia de lo que expresa. Resaltaría dos ideas:
La cuaresma es un tiempo largo de preparación para el misterio pascual, que es el centro de nuestra fe. Y no es más que el misterio mismo de la vida, de la muerte, del sentido y la identidad, iluminados desde lo más hondo que da respuesta a todo: ser hijos de Dios.
Este tiempo nos hace una invitación expresa a detenernos y contemplar de una forma nueva, con la mirada del Padre, lo que nos rodea, a los que amamos, el mundo, aquellos con los que vamos haciendo camino y a nosotros mismos.
El texto del evangelio de Mateo que hoy nos regala la liturgia, es una perla para vivir este tiempo y la vida entera. Dios no espera de nosotros un pliego de peticiones ni un relato infinito cargado de yo y más yo. Dios ya sabe quiénes somos y lo que necesitamos. Jesús nos propone una oración muy sencilla, que nos centra en tres cosas esenciales si vivimos la fe como un encuentro con el Dios de la vida:
Una vez iba caminando con mi sobrina (tendría seis años) y vimos un señor bastante ebrio que tropezó y se cayó. La niña fue espontáneamente a ayudarle y le acompañamos hasta el portal de su casa. Otra señora comentaba lo vicioso que era ese hombre. Y mi sobrina me miró seria y me dijo: “¿A que hicimos bien? Porque le ayudamos”. Muchas veces más me ha dado ejemplo con esa compasión suya tan sensible y bondadosa con quien lo necesita. Quizás ser hermanos y vivir como hijos de Dios sea algo tan sencillo como eso.