Queridos hermanos:
¿Quién de vosotros es sabio y experto? Que muestre sus obras como fruto de la buena conducta, con la delicadeza propia de la sabiduría.
Pero si en vuestro corazón tenéis envidia amarga y rivalidad, no presumáis, mintiendo contra la verdad.
Esa no es la sabiduría que baja de lo alto, sino la terrena, animal y diabólica.
Pues donde hay envidia y rivalidad, hay turbulencia y todo tipo de malas acciones.
En cambio, la sabiduría que viene de lo alto es, en primer lugar, intachable, y además es apacible, comprensiva, conciliadora, llena de misericordia y buenos frutos, imparcial y sincera.
El fruto de la justicia se siembra en la paz para quienes trabajan por la paz.
La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye a los ignorantes. R/.
Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos. R/.
El temor del Señor es puro
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos. R/.
Que te agraden las palabras de mi boca,
y llegue a tu presencia el meditar de mi corazón,
Señor, Roca mía, Redentor mío. R/.
En aquel tiempo, Jesús y los tres discípulos bajaron del monte y volvieron a donde estaban los demás discípulos, vieron mucha gente alrededor y a unos escribas discutiendo con ellos.
Al ver a Jesús, la gente se sorprendió y corrió a saludarlo. Él les preguntó:
«¿De qué discutís?».
Uno de la gente le contestó:
«Maestro, te he traído a mi hijo; tiene un espíritu que no lo deja hablar; y cuando lo agarra, lo tira al suelo, echa espumarajos, rechina los dientes y se queda rígido. He pedido a tus discípulos que lo echen y no han sido capaces».
Él, tomando la palabra, les dice:
«Generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo».
Se lo llevaron.
El espíritu, en cuanto vio a Jesús, retorció al niño; este cayó por tierra y se revolcaba echando espumarajos.
Jesús preguntó al padre:
«¿Cuánto tiempo hace que le pasa esto?».
Contestó él:
«Desde pequeño. Y muchas veces hasta lo ha echado al fuego y al agua para acabar con él. Si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos».
Jesús replicó:
«¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe».
Entonces el padre del muchacho se puso a gritar:
«Creo, pero ayuda mi falta de fe».
Jesús, al ver que acudía gente, increpó al espíritu inmundo, diciendo:
«Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando: sal de él y no vuelvas a entrar en él».
Gritando y sacudiéndolo violentamente, salió.
El niño se quedó como un cadáver, de modo que muchos decían que estaba muerto.
Pero Jesús lo levantó cogiéndolo de la mano y el niño se puso en pie.
Al entrar en casa, sus discípulos le preguntaron a solas:
«¿Por qué no pudimos echarlo nosotros?».
Él les respondió:
«Esta especie solo puede salir con oración».
La carta de Santiago es todo un tratado de estilo de vida cristiana. En este breve relato el apóstol nos exhorta a ser sabios con la sabiduría que viene de arriba. Una sabiduría que no es egoísta, ni petulante, ni vanidosa, ni provoca rencillas o envidias. No está al servicio del mal, del desorden o la injusticia. Antes bien, la sabiduría que viene de arriba es pura, amante de la paz, comprensiva, llena de misericordia y buenas obras, constante y sincera. Es un don, una gracia que Dios quiere que pongamos al servicio de nuestros hermanos, del bien común. Nos debemos a los demás, poseemos los carismas y virtudes para hacer que nuestra comunidad sea más humana y verdadera, más cercana a lo que Dios pretendió iniciar al hacerse presente en este mundo: instaurar su Reino. En él no cabe ni la envidia ni el egoísmo, ni la falsedad o la maldad. Dios quiere que seamos instrumentos de paz, constructores de hermandad, amantes de una sociedad pacífica y justa, mujeres y hombres de bien. Y eso sólo se consigue luchando por la justicia en nuestro mundo. Una justicia que supera el ojo por ojo o la estricta legalidad retributiva, al inscribirse en el mandato divino del amor y el cuidado de los últimos y más necesitados. Que los últimos sean los prioritarios, la urgencia de nuestros actos. Eso significa ser sembradores de paz a favor de la justicia y la solidaridad entre los hombres y los pueblos. Ser gente de bien implicados en la creación de un mundo mejor.
Marcos nos presenta en este evangelio a Jesús sanando a un “endemoniado”, un enfermo grave de epilepsia. Es su padre quien se presenta ante el Señor a interceder por su hijo con una fe insegura. El elegido de Dios, el transfigurado, el Hijo amado, se enfrenta a la realidad humana, al dolor y la enfermedad. Y toma posición contra las fuerzas de muerte que empujan al chico enfermo hacia el fuego y el agua, contra el demonio que quiere acabar con este muchacho. Dios es un Señor de vida, enviado a salvarnos y redimirnos del mal. Jesús nos trae la buena nueva, su evangelio de salvación. En contra están las fuerzas del maligno que se interponen y obstaculizan el acceso del Reino de Dios, que se oponen a esta buena nueva, a esta salvación que Jesús trae al mundo. La antítesis permanente entre bien y mal. Pero la fuerza del Señor viene a liberarnos de las ataduras del demonio y de la muerte, entregarnos una nueva vida, una forma de entender la realidad desde la presencia de Dios en medio de nuestro mundo, en relación personal con nuestras vidas. Y eso sólo se consigue con fe. Creo Señor, pero aumenta mi fe. No una fe libre de dudas, inseguridades y recelos, pero sí una fe sólida, una fe entregada y consecuente. Una fe que busca incansable y persigue la voluntad de Dios en cada uno de nuestros actos. Una fe reforzada con oración y ayuno, como nos pide el Señor en este relato. Lo importante es presentar una actitud confiada, como la del padre del endemoniado, que desde la oscuridad y la debilidad de su fe titubeante pide ayuda, que desde su debilidad anhela alcanzar lo que solicita.
¿Ponemos también nosotros nuestra fuerza en manos del Señor?