Hermanos:
Digo la verdad en Cristo, no miento —mi conciencia me atestigua que es así, en el Espíritu Santo—: siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón; pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne: ellos son israelitas y a ellos pertenecen el don de la filiación adoptiva, la gloria, las alianzas, el don de la ley, el culto y las promesas; suyos son los patriarcas y de ellos procede el Cristo, según la carne; el cual está por encima de todo, Dios bendito por los siglos. Amén.
Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión.
Que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. R/.
Ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz. R/.
Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos. R/.
En sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando.
Había allí, delante de él, un hombre enfermo de hidropesía, y tomando la palabra, dijo a los maestros de la ley y a los fariseos:
«¿Es lícito curar los sábados, o no?».
Ellos se quedaron callados.
Jesús, tocando al enfermo, lo curó y lo despidió.
Y a ellos les dijo:
«¿A quién de vosotros se le cae al pozo el asno o el buey y no lo saca enseguida en día de sábado?».
Y no pudieron replicar a esto.
Pablo abre su corazón y se explaya con sinceridad, sin doblez alguna. Es curiosa la expresión: mi conciencia, guiada por el Espíritu Santo, me asegura que esto es verdad. Se siente triste y con dolor por la reacción del pueblo de Israel ante Jesús, el Cristo. Siente tristeza por los de su raza que han sido favorecidos a través de la historia por Dios y, ahora al llegar a su plenitud la historia salvífica, desprecian al Señor Jesús.
Quizás esta no aceptación de Jesús también estaba en los planes de Dios para traer a este mundo al Hijo de la promesa y así poner a prueba los corazones de los israelitas: aceptar o no al Cristo salvador.
Esa actitud sigue en pie, no ha decaído. En nosotros también está en juego la aceptación de Jesús o no. No solo aceptación teórica o histórica, sino vivencial. Ser de los suyos o no. Jesús no deja indiferente a nadie. Su persona y mensaje pone de manifiesto si vamos a ser capaces o no de vivir según las exigencias y el horizonte del Reino por Él predicado. Por eso es importante la actitud, la sinceridad, la verdad. No valen componendas ni tiras ni aflojas.
Nuestra vida pasa por determinados momentos; no siempre se vive en la clarividencia del discipulado y de la fidelidad. Lo que importa es, a pesar del tira y afloja del vivir cotidiano, sabernos anclados en Jeús. “Aquel que padece una enfermedad llamada Jesús, ya no curará jamás” (Ibn Arabí). Que Jesús sea una enfermedad incurable es una suerte de salud para la que no hay más que un remedio: confiar en Él, aceptarle como el buen compañero de camino que quiere ser.
Nuevo salmo de alabanza, porque Él sana a los que tienen el corazón roto y les venda las heridas. Decir: Jerusalén, alaba o glorifica al Señor, es lo mismo que decir el ser entero reconoce sus grandezas y acciones en nuestra vida: Él trae la paz, su palabra recorre la tierra, empapa y riega sin medida todo nuestro ser, nuestra tierra tantas veces reseca y resquebrajada.
Una vez más Jesús se muestra inteligente, sagaz; sabe poner en apuro a los fariseos que buscan atraparlo en un descuido. Pero no. Él sabe preguntar y los otros saben callar. La dialéctica hombre-sábado queda manifiesta. Hay que elegir, como tantas veces en la vida: el hombre o las leyes. Lo cómodo son las leyes, como si pareciera que al cumplirlas a rajatabla no te llevase a equivocación alguna. Al elegir al hombre trastoca el sentido de las leyes, máxime si ese hombre es un enfermo y además de hidropesía, de excesivo líquido corporal que produce hinchazón. Jesús, que le había dicho a Nicodemo que era necesario nacer del agua y del espíritu, ahora cura a un enfermo de exceso de agua. Porque Él sabe que los excesos son malos siempre. Sí, sé que estoy jugando con dos términos fundamentales: enfermedad y salud interior.
No sé si Jesús conocía lo escrito en el frontis del templo de Delfos, posiblemente no. Decía: “Conócete a ti mismo”, como la gran máxima griega; lo que no se ha indicado tanto, o más bien casi nuca, es lo que seguía: “Nada en exceso”. Pero ambas frases de conocimiento sí que las sabía en carne propia y de una u otra forma, las predicaba, las enseñaba en su pedagogía cauta y asequible para todos.
Ante aquella disyuntiva, Jesús elige sanar, curar el cuerpo de aquel hombre y dejar sin argumentos a los fariseos leguleyos que no pudieron contestarle nada. La opción es clara: ayudar, liberar, levantar al postrado, desenmascarar la hipocresía farisaica. Es fácil extraer la lección. Seguro que después Jesús entró a comer, dejando desconcertados a los que le esperaban fuera para ver si lo agarraban en algún renuncio.
Pero la cosa no quedó ahí, al entrar y viendo dónde y cómo se sentaba cada uno en la mesa, no perdió la oportunidad de poner de manifiesto el atrevimiento de algunsos al ocupar los primeros puestos y aleccionar sobre la actitud que cada uno debemos tomar en nuestro sitio y en nuestra implantación del Reino de Dios: nunca desde arriba, nunca desde los primeros puestos de figureo y alarde, sino desde los últimos puestos de servicio y comprensión para que nadie te mande descender, humillarte y bajarte de tu ego demoleedor.
Jesús fue todo un ejemplo de “kénosis”, de abajamiento, de sencillez, convirtiéndose en uno de tantos…
Es la mejor forma de servir, de servicio fraterno, de servir para algo, para Alguien. El resto… montaje estructural.
San Joaquín Royo

Fraile dominico que se embarcó a Filipinas como misionero y después fue enviado a China donde permaneción durante treinta años, con una vida errante y clandestina, acompañando a los cristianos chinos hasta que fue descubierto por las autoridades y martirizado
El día 3 de octubre de 1691, los esposos Joaquín Royo y Mariana Pérez llevaban a bautizar a su hijo recién nacido, al que le impusieron el nombre del padre. La iglesia parroquial de Hinojosa de Jarque (Teruel) fue escenario de la entrada de Joaquín Royo Pérez en la Iglesia de Jesucristo, a quien dedicó toda su vida y por quien daría hasta su última gota de sangre.
A los dieciocho años dio una respuesta clara a lo que desde niño sentía como una llamada de Dios: ser religioso, sacerdote, misionero. En 1709 se dirigió al convento de los dominicos de Nuestra Señora del Pilar en Valencia, en el que pocos meses después tomaría el hábito de la Orden de Predicadores. En el corto tiempo que estuvo en su convento, noviciado y primeros estudios eclesiásticos, dio muestras de una vida llena de Dios, que se manifestaba en la oración, en la vida común y en sus crecientes deseos de ser enviado a tierras de misión en el Extremo Oriente.
El día 17 de septiembre de 1712 zarpaba rumbo a Filipinas, en compañía de San Pedro Mártir Sans, que sería obispo y compartiría la palma del martirio, y otros profesos dominicos que continuaron su formación eclesiástica durante la larga travesía marítima y la terminaron en Manila.
Después de su ordenación sacerdotal, fray Joaquín Royo fue destinado a las misiones de China, hacia donde partió en junio de 1715. Tras una breve estancia en Macao, llegaba a su misión: Fogan. No lejos de Amoi, la populosa ciudad de Chuen-Cheu, fue el primer destino del joven misionero. Allí pudo comprobar lo abundante que era la mies, y lo escaso de sus fuerzas. Y buscó en la oración la fuerza sobrenatural sin la cual nada podía. El ejemplo de su virtud, la entrega incondicional a hacer el bien a todos y su celo apostólico hicieron lo demás: conversiones de miles de paganos que daban la espalda a los ídolos y comenzaban una nueva vida de cara al único Dios y a su enviado, Jesucristo.
Las provincias de Kiang-Si y Che-Kiang estaban desatendidas desde la expulsión de los misioneros. Y allí fue enviado fray Joaquín Royo en 1717. Los viejos cristianos, que tanto deseaban la asistencia espiritual del misionero, celebraron con entusiasmo la llegada del padre Royo, y le animaron a conquistar para Cristo a muchos de sus paisanos. Allí permaneció hasta 1722, año en que fue nombrado vicario provincial de Fukien, cuando la persecución de todo lo que llevara el nombre de cristiano estaba llegando a entremos preocupantes.
Desde su llegada a la misión de Ki-Tung, fray Joaquín Royo tuvo que llevar una vida errante, en continuo peligro, escondiéndose como un malhechor. Siguiendo el consejo de los cristianos de Ki-Tung, el vicario provincial se escondía en desvanes, en alacenas, incluso en sepulcros vacíos del cementerio, de donde salía por la noche para ejercer el ministerio clandestinamente. Para las fiestas de Navidad de 1745, disfrazado de campesino chino, volvió a la misión y se alojó en casa de dos terciarias dominicas, Rosa y Juliana. Desde allí, con toda precaución, podía administrar lo sacramentos, catequizar, animar a los cristianos abatidos, informarse del estado de los misioneros, de los que era responsable, como vicario provincial. En una pesquisa que los soldados llevaron a cabo en la casa de Rosa y Juliana estuvo a punto de ser descubierto, pero logró escapar y esconderse entre dos tabiques. Allí fue descubierto por los soldados que derribaron toda la casa.
Atado con una soga al cuello, lo condujeron al capitán, a quien, respondiendo a sus preguntas, le dijo con toda serenidad que tenía cincuenta y cuatro años, de los que treinta y uno había estado en China, a donde había ido a predicar la ley de Dios.
Fue llevado a la cárcel. La oración, que había sido durante toda su vida la fuerza de su existencia, lo fue con mayor razón en la dura prisión, en la que sufrió en propia carne los famosos martirios chinos, hasta su muerte.
El día 28 de octubre de 1748, terminó su peregrinación por este mundo de la manera más cruel. Estando echado en el suelo, le taparon la cara con una pasta compuesta de papel, huevos y aguardiente, que le taponaba completamente la boca y la nariz. Un testigo relata el final: “Tiramos sobre su cara un saco de cal, nos pusimos de pie sobre su cuerpo, y sólo pudo dar seis palpitaciones. Así expiró”. Su cuerpo fue quemado el día 29 de octubre, y los restos, arrojados al osario de los malhechores. Cuando fue posible, cristianos valerosos se hicieron con las venerables reliquias del mártir aragonés.
La beatificación solemne de Joaquín Royo y otros mártires dominicos la presidió León XIII el 14 de mayo de 1893. Y Juan Pablo II, en una de las más emotivas celebraciones -no exenta de polémica- del Jubileo del Año 2000, el 1 de octubre canonizaba a ciento veinte mártires de China, entre quienes estaba San Joaquín Royo, el protomártir de China, San Francisco Fernández de Capillas y otros misioneros y cristianos chinos.
Fr. José A. Mártinez Puche O.P.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.