Cristo Jesús es imagen del Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque en él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles.
Tronos y Dominaciones, Principados y Potestades; todo fue creado por él y para él.
Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.
Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo.
Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
Y por él y para él quiso reconciliar todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con vítores. R/.
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño. R/.
Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre. R/.
El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades. R/.
En aquel tiempo, los fariseos y los escribas dijeron a Jesús:
«Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los de los fariseos también; en cambio, los tuyos, a comer y a beber».
Jesús les dijo:
«¿Acaso podéis hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, entonces ayunarán en aquellos días».
Les dijo también una parábola:
«Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque, si lo hace, el nuevo se rompe y al viejo no le cuadra la pieza del nuevo.
Nadie echa vino nuevo en odres viejos: porque, si lo hace, el vino nuevo reventará los odres y se derramará, y los odres se estropearán.
A vino nuevo, odres nuevos.
Nadie que cate vino añejo quiere del nuevo, pues dirá: “El añejo es mejor”».
Con este himno cristológico, san Pablo, nos orienta hacia la totalidad que es Cristo: Imagen de Dios invisible. Él nos muestra la vida de Dios, a través de su palabra de consuelo podemos experimentar la misericordia de Dios. Sí, todo se mantiene en Él. Cristo es la paz, la luz, la vida y la verdad de todo cuanto existe. Todo se mantiene en Él porque Dios puso el centro de la Historia en su persona. Todo se muestra ahora antes de Cristo y después de Cristo.
“Todo se mantiene en Él” requiere una revisión de nuestros pasos de fe. La fe en Dios pasa por el conocimiento de Cristo. No hay otra alternativa para el compromiso de la fe. En Cristo reside toda la plenitud, la felicidad se halla en él. Y por medio de Él también se reconcilia todos los seres. Cristo es el principio de reconciliación. A través de Él se reúnen las promesas y las esperanzas de la humanidad.
“Todo se mantiene en Él”: Cristo realiza la paz por medio de su sangre en la cruz. La paz tuvo un precio, la entrega total de su persona por una razón de amor. La entrega total y gratuita desde el amor supone que toda mi persona entra en el juego de la fe y del amor.
Por eso, como cristianos hemos de lograr que nuestra fe no sea un simple rezo mecánico tranquilizador de nuestras conciencias. Ese “todo se mantiene en Él” es hacer que mi vida se prepare para un compromiso real e íntegro de mi persona hacia lo que la fe y el amor me exigen.
Hay personas que se enfadan interiormente ante el comportamiento hipócrita de la gente, cuando ésta va a presentar sus respetos al difunto y en vida fueron incapaces de hacerle una visita. Y determinan que ellos prefieren que las flores se las regalen en vida, una vez muerto ¿para qué las quiere?
El Evangelio de hoy nos hace sentir algo similar respecto del ayuno. Gozar de la presencia del novio mientras esté vivo, una vez muerto ya ayunarán. Esa es la apuesta de Jesús frente a la antigua ley. En un mundo de exigencias, retos y compromisos, en ocasiones, exigimos a los otros lo que nosotros no sabemos dar. Es importante encontrar nuevos caminos para que la fe se renueve en nuestro interior: a odres nuevos le pertenecen vinos nuevos.
Un ejemplo de ello, es la eterna disputa que se ha generado por motivo de la pandemia y la comunión en la boca. Hay personas que en contra del sentido común exigen la comunión en la boca, sin caer en la cuenta de que puede contagiar al sacerdote, y a su vez, el sacerdote contagiar a más fieles. Hay una responsabilidad y el sentido común nos hace inclinarnos en dar la comunión en la mano. Algunas personas lo consideran un sacrilegio tocar al Señor, y expresan con mala educación, y falta de amor su desacuerdo con el sacerdote. En este caso, ¿qué es más importante para mi fe? El cumplir escrupulosamente con la comunión en la boca o actuar desde el sentido común, la responsabilidad y el equilibrio frente a la pandemia, y, así, procurar un comportamiento más ajustado con el amor al prójimo.
Un corazón nuevo para un mensaje nuevo de amor es lo que nos propone Jesús. Restaurar nuestros corazones. Volviendo al ramo de flores cuando uno muere, carece de sentido enviar a alguien por convencionalismo un ramo de flores cuando ya no puede disfrutar de su belleza, ni de su olor. No caigamos en convencionalismos para que nuestra fe resista a los embates del mundo. Seamos astutos y ágiles para comprender que la fe requiere de una autenticidad en el amor.
Pidamos a Dios para que encontremos motivos nuevos para renovar nuestro corazón y nuestro amor. Que seamos capaces de amar desde la responsabilidad de la fe siempre nueva.
San Gregorio Magno

Trabajó en el fortalecimiento del pontificado romano en Occidente, en el establecimiento de relaciones entre la Iglesia y los reinos bárbaros, en la extensión del esfuerzo misionero y en la formación de la liturgia romana. El canto eclesiástico se llama gregoriano por él.
La fecha de su nacimiento suele fijarse hacia el año 540. Sus padres Gordiano y Silvia, también fueron venerados como santos. Los dos pertenecían al patriciado romano y se distinguían por su amor al cristianismo y a la Sede Apostólica, a la que prestaron numerosos servicios. El lugar de la casa paterna se coloca en el llamado Clivus Scauri, donde San Gregorio pasó la adolescencia y la juventud, donde adquirió una óptima formación. Entró en la carrera de funcionario del gobierno bizantino de Roma, y alcanzó, en los años 572-573, la suprema magistratura civil, es decir, la prefectura de la ciudad. Todo esto hacía ver a no pocos el gran porvenir que se presentaba a San Gregorio en el mundo de la política y de la alta sociedad romana.
Pero esas prebendas no le dominaron el alma. Él mismo anotó más adelante que la vida mundana no le atraía. Su alma deseaba la soledad monástica. Posiblemente durante su mandato como prefecto de la ciudad de Roma había muerto su padre y esto le allanó el camino para realizar sus deseos de mayor perfección cristiana como monje.
Esto lo hizo en los años 574-575. Se retiró a sus posesiones del Clivus Scauri, conocido hoy como el monte Celio, y transformó su casa solariega en monasterio con el nombre de San Andrés, que todavía existe y lo rigen los monjes camaldulenses. Siguió los pasos de sus dos tías, Tarsila y Emiliana, que hicieron vida ascética en el mismo lugar.
El paso realizado por San Gregorio, sin duda generoso y heroico, no era en aquella época algo nuevo y raro. La vida monástica tuvo en el siglo VI un desarrollo muy considerable en Roma y cercanías, no sólo entre las personas populares, sino entre las más nobles de las familias romanas. El mismo San Gregorio lo narrará más tarde en sus famosos “Diálogos”.
Además del monasterio de San Andrés, San Gregorio fundó en Sicilia otros seis, dotándolos generosamente con sus grandes posesiones. Para mayor humildad, San Gregorio no quiso ser el superior del monasterio por él fundado, sino que puso como abad al monje Valenzión, que había sido superior en la provincia Valeria, de donde hubo de huir por la invasión de los longobardos.
Se ha discutido mucho sobre la regla que en el Monte Celio profesó San Gregorio. En la tradición benedictina se ha mantenido siempre que fue la regla de San Benito. No cabe duda de que su ideal y su práctica monástica encuadran perfectamente en la regla de San Benito que él conocía a la perfección, como lo muestra en el libro II de sus “Diálogos”, todo él dedicado a San Benito, que es el único caso de los otros tres libros en los que trata de monjes insignes, pero no con el amor y cariño que muestra tener para con San Benito en el libro U.
No se explica tampoco la importancia de la regla benedictina en Inglaterra con San Agustín de Canterbury y los monjes del monasterio de San Andrés del Monte Celio mandados por el mismo San Gregorio a misionar aquellas islas, ni tampoco la relación de las fuentes que emplea, esto es, cuatro discípulos de San Benito, que el mismo San Gregorio indica: «Constantino, varón venerabilísimo, que le sucedió en el gobierno del monasterio de Letrán; Simplicio, el tercero que después de él rigió su comunidad, y Honorato, que todavía gobierna el cenobio donde había él vivido primeramente», es decir, Subiaco.
San Gregorio llevó una vida austera en el monasterio, tanto que llegó a enfermar y, según parece, su propia madre, Santa Silvia, le hacía llegar unas viandas mejor cocinadas. A los ejercicios ascéticos y piadosos, unía la «Lectio divina», tan característica en los monasterios benedictinos, esto es, la lectura de las Sagradas Escrituras y los comentarios de los mejores expositores. No conocía el hebreo ni el griego. Sus autores preferidos fueron San Jerónimo y San Agustín.
El papa Pelagio II lo promovió al diaconado. La finalidad de Pelagio II (579-590) no fue confiarle alguna región romana, sino mandarlo como aprocrisario a Constantinopla, hoy diríamos nuncio apostólico, o legado. A Constantinopla fue el año 579 y allí permaneció hasta fines del año 585 o comienzos del año 586, pero se llevó consigo un grupo de monjes del monasterio de San Andrés, incluido su propio abad, el sacerdote Maximiano, con el fin de poder continuar con su vida monástica. En Constantinopla conoció a San Leandro y luego le dedicó sus comentarios al libro de Job (Moralia in Job).
Entre fines del año 585 y comienzos del año 586, el papa llamó a San Gregorio para que le ayudase en el régimen de la Iglesia como su propio secretario y lo hizo con gran pericia, sobre todo en la cuestión de los Tres Capítulos.
El papa Pelagio II murió el 5 de febrero del año 590 y muy pronto fue elegido como sucesor el diácono San Gregorio con gran pesar suyo, pues añoraba la vida monástica, Fue consagrado el 3 de septiembre del año 590 y comenzó con gran éxito y fruto espiritual el ministerio de la predicación. Predicaba en la alisa y, con preferencia, el evangelio del día. Nos queda sólo una pequeña parte cíe sus sermones, sobre todo en los dos primeros años de su pontificado como son las cuarenta homilías sobre los Evangelios y las veintidós sobre el profeta Ezequiel. Aún se leen estas homilías con gran provecho espiritual.
Procuró con toda su alma la renovación especial del pueblo a él encomendado, sobre todo el clero. Intervino en la renovación de muchos monasterios a los que llevó a un grado de gran perfección espiritual, como se conoce por su epistolario.
Pero no se contentó únicamente con la ciudad de Roma. Intervino en muchos acontecimientos de la Italia de su tiempo, amenazada constantemente con la invasión de los longobardos. Lo mismo hay que decir de la Iglesia en África y en otros reinos de Occidente, como en la España visigótica y en su conversión al catolicismo, en la que tuvo una parte importante su amigo San Leandro, que le informaba constantemente de todos esos acontecimientos.
También en las Galias y ya hemos aludido a la misión en Inglaterra por el monje San Agustín y sus compañeros, que tuvo un grandísimo éxito apostólico y estableció la jerarquía eclesiástica. Éstas son sus palabras: “Gloria a Dios en el cielo; por su muerte vivimos, su debilidad nos conforta, su pasión nos libera de la nuestra, su amor nos hace buscar en las islas Británicas hermanos a quienes no conocemos y su don nos hace encontrar a quienes buscábamos sin conocerlos.
¿Quién será capaz de relatar la alegría nacida en el corazón de todos los fieles al tener noticias de que los ingleses, por obra de la gracia de Dios todopoderoso, por tu amor, ha realizado grandes milagros entre esa gente que ha querido hacerse suya…” (Libro 9, 36, MGH, Epist. 2, 305-306).
En una de sus homilías sobre el profeta Ezequiel manifiesta así su gran humildad: “Me siento culpable, reconozco mi tibieza y mi negligencia. Quizá esta confesión de mi culpabilidad me alcance el perdón del juez piadoso. Porque, cuando estaba en el monasterio, podía guardar mi lengua de conversaciones ociosas y estar dedicado casi continuamente a la oración. Pero desde que he cargado sobre mis hombros la responsabilidad pastoral, me es imposible guardar el recogimiento que yo querría, solicitado como estoy por tantos asuntos” (Libro I, 4-6, CCL 142, 170-172). Pero confía en el Señor que tendrá misericordia de él, “ya que por su amor, cuando hablo de él, ni a mí mismo me perdono”.
Tuvo también grandes relaciones con las Iglesias orientales, que él conocía bien desde que fue aprocrisario o legado en Constantinopla. Y las Iglesias orientales lo estiman en gran valor. Lo llaman Gregorio el de los Diálogos, por la influencia que esos cuatro libros ejercieron y ejercen allí.
Murió lleno de grandes méritos, ya con gran fama de santidad, el 12 de marzo del año 604. Ejerció una acción considerable en el fortalecimiento del pontificado romano en Occidente, en el establecimiento de relaciones entre la Iglesia y los reinos bárbaros, en la extensión del esfuerzo misionero y en la formación de la liturgia romana.
El canto eclesiástico se llama gregoriano por él y un Sacramentario lleva también su nombre. Su obra teológica es reflejo de la tradición patrística y fue muy utilizada en la Edad Media. Ofrece gran interés sobre todo en teología espiritual y pastoral. Una de sus obras fue precisamente Liber regulae pastoralis.
Su sepulcro se conserva en la basílica de San Pedro del Vaticano, junto a la sacristía. Muy pronto su nombre se insertó en el Martirologio. Algunos sinaxarios y menologios bizantinos lo recuerdan el 12 de marzo. En el calendario romano actual, su fiesta ha pasado al 3 de septiembre, fecha de su consagración episcopal.
Manuel Garrido Bonaño, O.S.B.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.