En aquellos días, Tobit llamó a Tobías y le advirtió:
«Hijo, ocúpate de pagar al hombre que te ha acompañado. Añade algo a la paga convenida».
Así pues, Tobías lo llamó y le dijo:
«Recibe como paga la mitad de todo lo que has traído y vete en paz».
Entonces Rafael llamó aparte a los dos y les dijo:
«Alabad a Dios y dadle gracias ante todos los vivientes por los beneficios que os ha concedido ; así todos cantarán y alabarán su nombre. Proclamad a todo el mundo las gloriosas acciones de Dios y no descuidéis darle gracias. Es bueno guardar el secreto del rey, pero las gloriosas acciones de Dios hay que manifestarlas en público. Practicad el bien, y no os atrapará el mal. Más vale la oración sincera y la limosna hecha con rectitud que la riqueza lograda con injusticia. Más vale dar limosna que amontonar oro. La limosna libra de la muerte y purifica del pecado. Los que dan limosna vivirán largos años, mientras que los pecadores y malhechores atentan contra su propia vida.
Os voy a decir toda la verdad, sin ocultaros nada. Os he dicho que es bueno guardar el secreto del rey y manifestar en público las gloriosas acciones de Dios. Pues bien, cuando tú y Sara orabais, era yo quien presentaba el memorial de vuestras oraciones ante la gloria del Señor, y lo mismo cuando enterrabas a los muertos. El día en que te levantaste enseguida de la mesa, sin comer, para dar sepultura a un cadáver, Dios me había enviado para someterte a prueba. También ahora me ha enviado Dios para curaros a ti y a tu nuera Sara. Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que están al servicio del Señor y tienen acceso a la gloria de su presencia.
Ahora pues, alabad al Señor en la tierra, dadle gracias. Yo subo al que me ha enviado. Poned por escrito todo lo que os ha sucedido».
El ángel se elevó.
Él azota y se compadece,
hunde hasta el abismo y saca de él,
y no hay quien escape de su mano. R/.
Veréis lo que hará con vosotros,
le daréis gracias a boca llena,
bendeciréis al Señor de la justicia
y ensalzaréis al rey de los siglos. R/.
Yo le doy gracias en mi cautiverio,
anuncio su grandeza y su poder a un pueblo pecador. R/.
Convertíos, pecadores,
obrad rectamente en su presencia:
quizá os mostrará benevolencia
y tendrá compasión. R/.
En aquel tiempo, Jesús, instruyendo al gentío, les decía: "¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, y aparentan hacer largas oraciones. Éstos recibirán una condenación más rigurosa".
Estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante.
Llamando a sus discípulos, les dijo:
"En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir".
El relato de Tobías finaliza hoy con una importante exhortación: «Bendecid a Dios y proclamad ante todos los vivientes los beneficios que os ha hecho».
Nuestras vidas, con sus acontecimientos más dolorosos y también los más gozosos, están llamadas a ser bendición. En ellas –y no en la teoría, ni en lo abstracto, sino en lo concreto de cada biografía–, se manifiesta la presencia amorosa de Dios. Nuestras historias hablan, gritan, proclaman al mundo que Dios no abandona, que es el que está, el que siempre permanece. Y en el libro de Tobías, en concreto, se revela que la fidelidad, la entrega y el servicio tienen una razón de ser más valiosa que la gratificación y el reconocimiento inmediatos.
El ángel les añade un detalle muy importante: «cuando Sara y tú estabais rezando, yo presentaba al Señor de la gloria el memorial de tu oración». Les descubre que, en esos momentos de fidelidad en la soledad, de entrega absurda, a veces humillante, y aparentemente sin sentido, Dios, por medio de su ángel, estaba presente, estaba viéndoles, estaba con ellos. Les asegura que eso que han hecho creyendo que no eran vistos, aquello que entregaron sin esperar recompensa, y la fe que conservaron en la oración más desgarradora, el Señor lo ha escuchado, lo ha acogido, le ha dado vida, ha hecho fructificar sus obras buenas y ha respondido a sus súplicas. En definitiva, que nada se ha perdido.
De esa conciencia de la presencia providente de Dios es de donde brota la bendición con nuestras vidas. Porque también a nosotros hoy nos dice, por medio de la Palabra: cuando seguías entregándote entre las lágrimas y, a pesar del cansancio que nadie veía, te mantenías fiel en medio de la ingratitud; cuando orabas al Señor, sin lograr verle, pero convencido de su poder; tu oración, tu vida, tus obras, subían hasta mí. Nada se ha perdido. Yo las veía. Yo te veía. Y Yo lo haré fructificar.
Ser testigo del Dios Providente o, lo que es lo mismo, bendecir a Dios por sus obras, no es tanto una cuestión de futuro: un lanzarse al vacío al grito de ¡Dios proveerá!; sino, más bien, una certeza del presente que se sostiene en la fe “memoriosa”, que dice el Papa Francisco. Dios está, hoy, aunque no lo vea, porque ha estado siempre a lo largo del camino, cuando tampoco lo veía. Y por eso Tobías puede entontar su cántico: « ¡Bendito sea Dios, que vive eternamente!»; María, su Magníficat: «El Poderoso ha hecho obras grandes en mí», y cada uno de nosotros el propio.
Jesús hoy mira el corazón de esta pobre viuda y ve que ha echado más que nadie, porque «La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero Yahveh mira el corazón» (1 Sa 16, 7). No es el qué ni el cuánto lo que a Dios le interesa. Más que la cantidad lo que importa aquí es el gesto mismo y lo que pone de manifiesto sobre esta mujer:
Su generosidad revela, en primer lugar, que no se siente dueña ni siquiera de lo más básico, de aquello que tiene para subsistir; y por eso puede soltarlo. « ¿Qué tienes que no hayas recibido? » pregunta san Pablo a los Corintios, y es que la ofrenda solo es posible si somos conscientes de que todo es don y nada nos pertenece.
Además, deja entrever dónde tiene puesta su confianza. Es capaz de entregar todo lo que tiene para vivir en la certeza de que «poderoso es Dios para colmaros de toda gracia a fin de que, teniendo, siempre y en todo, lo necesario, tengáis aún sobrante para toda obra buena (…). Y siempre seréis ricos para toda largueza» (2 Co 9, 8.11).
Por eso Jesús elogia a esta pobre viuda: porque con su entrega deja que su existencia quede desprotegida, a la intemperie, vacía, dispuesta toda ella al Señor. Él observa, con ojos que saben ver el corazón, y ve que la ofrenda de esta pobre mujer no busca el aparentar, sino que es un abandono confiado en Dios, de quien cree que ha recibido todo. Ve que, en esos dos reales, en realidad, ofrece su vida, sus seguridades humanas, sus precauciones, para apoyarse solamente en el Señor.
Un insignificante detalle puede revelar mucho de la persona humana y es la disposición interior la que revaloriza cada gesto: ¿Qué es lo que nos empuja en nuestra limosna, sacrificios, ofrendas, conducta y buenas obras? ¿Que nos vean, nos honren y nos reconozcan, como pretendían los escribas? ¿Dejar nuestra conciencia tranquila mientras seguimos acomodados en nuestros territorios existenciales? ¿Por qué nos resistimos a dar hasta lo que creemos más necesario? Eso que rehusamos poner en manos de Dios, nuestras riquezas, afectos, proyectos, ¿de verdad son tan vitales? ¿O es que nos hemos adueñado de ellos? ¿Creemos o no creemos que Dios tiene poder para darnos en cada momento aquello que necesitemos?
San Bonifacio

Monje inglés a quien el Papa le encomendó la evangelización de Alemania, tarea que realizó durante varios años fundando los obispados de Salzburgo, Ratisbona, Freising y Nassau hasta que fue asesinado en Flandes
Nació San Bonifacio en Devon, Inglaterra, el año 672 o 673. En el bautismo recibió el nombre de Wilfrido, nombre que más tarde, como veremos, el papa cambiaría por el latino Bonifacio. Cuando sólo contaba siete años fue llevado por sus padres al cercano monasterio de Exeler para ser en él educado. En él recibirá una formación humana e intelectual muy buena, que, abrazada más tarde la vida monástica en el monasterio de Nursling y recibida la ordenación sacerdotal, permitirá a su abad Wulfhardo encargarle de la formación de los jóvenes en la escuela del monasterio. Durante los años de formador compuso entre otras obras una gramática y un tratado de métrica latina inspirado en San Isidoro. A través de toda su vida Bonifacio dará pruebas de una muy buena formación y de un amor apasionado a las letras tanto profanas como sagradas, a éstas sobre todo. Esto, unido a sus cualidades humanas y a su gran bondad, hizo que se viese pronto rodeado de admiración y cariño.
Pero poco a poco se fue afianzando en él, anglosajón, la inquietud de predicar el Evangelio a sus hermanos de raza los sajones del continente. Y cuando contaba poco más de 40 años, acompañado de algunos de sus hermanos monjes, se embarcó, arribando a Frisia en la primavera del año 716. Su intención era trabajar a la sombra del obispo Wilibrordo, monje también. Pero éste se había visto obligado a abandonar Frisia a causa de la guerra que en ésta se había desencadenado. Desanimado retornó a su monasterio.
Mas siguió firme en su vocación misionera y pasados dos años, en 718, provisto de una carta de presentación del obispo de Winchester, se encaminó a Roma. Gregorio la lee sonriente, asiente, cambia su nombre sajón Wilfrido por el latino Bonifacio y le envía a misionar. Trabaja durante un tiempo en Turingia, mas al enterarse de que, habiendo muerto el perseguidor Radbodo, el obispo Wilibrordo estaba de nuevo en Frisia, se encamina ilusionado a esta región, campo de su primer fracasado intento misionero. A la sombra de Wilibrordo, aprendiendo de la larga experiencia de éste, se entrega a la conversión de los frisones. Pasados varios años, rechazando la petición que se le hacía de suceder a Wilibrordo en la sede de Utrecht, sólo ya él, buscando nuevo campo donde misionar se dirige a Hesse, en las márgenes del Omh, donde, protegido por los francos, conviene a varios miles y funda su primer monasterio.
Consciente de que actúa como enviado del papa, escribe a éste dándole cuenta de sus trabajos. Gregorio II contesta a su carta y le pide que viaje a Roma lo que hace inmediatamente el santo misionero. En 722 está ya en Roma. Gregorio II, aprobada la profesión de fe de Bonifacio, le ordena obispo el 30 de noviembre y con cartas de recomendación para obispos y señores le envía a seguir predicando el Evangelio. En 732 acude por tercera vez a Roma para dar a conocer al papa sus trabajos apostólicos y recibir instrucciones. El papa ahora Gregorio lII, le nombra arzobispo con plenos poderes para que como Legatus Germanicus siga desplegando su actividad misionera creando nuevas diócesis y nombrando obispos para ellas.
En cumplimiento del mandato recibido del papa y con los poderes que le ha dado recorre incansablemente estos inmensos y variadísimos territorios, cuyos habitantes unos, aun cuando han recibido ya el Evangelio, viven como paganos, otros son aun totalmente paganos. Nombra obispos, crea nuevas diócesis, funda monasterios, convoca y celebra el Concilium Germanicum y vatios sínodos. Obra ingente que habla muy alto de la talla humana y espiritual de Bonifacio, quien, sin dejar de vivir como monje, cumple sin reservas con su misión de obispo.
La colaboración de la Iglesia de Inglaterra, que nunca le dejó solo, se acrecentó, como he dicho, cuando Carlos Manel se le enfrentó y, como consecuencia, los obispos, los sacerdotes y los monjes francos comenzaron a mostrarse reacios a aceptar las reformas que Bonifacio, cumpliendo lo que el papa le había encomendado, intentaba poner en práctica. Es entonces cuando Bonifacio pide ayuda a la Iglesia de Inglaterra y ésta responde generosamente: monjes, monjas y clérigos cruzan el mar y se ponen a su disposición. Es un fenómeno que pocas veces se ha dado en la historia de la Iglesia. Para todos fue encontrando Bonifacio lugar y misión.
Siguiendo el ejemplo de los monjes enviados por San Gregorio Magno a Inglaterra, fue preocupación constante de Bonifacio fundar monasterios. Monasterios de monjes que irradiasen en su entorno vida cristiana y cultura y de los que saliesen los misioneros que irían abriendo nuevos campos en los que la Iglesia se iría asentando, monasterios que acogiesen y formasen a los futuros sacerdotes y a los que más tarde desempeñarían cargos de responsabilidad en la sociedad. Y con los monasterios de monjes, los monasterios de monjas. Como hombre de Dios que era, tenía fe en la fuerza de la oración de las almas consagradas y por ello valoraba la presencia de los monasterios de monjas. Hay en su epistolario páginas antológicas en este sentido.
Cumplidos los ochenta años aún tiene arrestos para seguir trabajando en los pueblos que Dios le ha encomendado. Acompañado de medio centenar de colaboradores se encaminó hacia Frisia, región en la que hacía ya tantos años había realizado su primer fracasado intento evangelizador y en la que repetidas veces después había sembrado y cultivado la semilla evangélica. Quería fortalecer en la fe a los que habían ya recibido el Evangelio y evangelizar a los que seguían aún sumidos en el paganismo. Cuando se disponía a confirmar a los bautizados, fueron asaltados él y los que con él estaban por unos bandidos en Dokkum y martirizados el 5 de junio del 754. Su cuerpo fue sepultado en Maguncia, de donde más tarde, cumpliendo el deseo del santo, sería trasladado al monasterio de Fulda, que se convertirá en el centro espiritual de Alemania, que siempre ha venerado a San Bonifacio como padre en la fe y celestial patrono.
Augusto Pascual O.S.B.
Abad emérito de Leyre
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.