En aquellos días, Pedro y Juan subían al tempo, a la oración de la hora nona, cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada «Hermosa, para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se quedó mirándolo y le dijo:
«Míranos».
Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo:
«No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda».
Y agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio andando y alabando a Dios, y, al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa del templo, quedaron estupefactos y desconcertados ante lo que le había sucedido.
Dad gracias al Señor, invocad su nombre,
dad a conocer sus hazañas todos los pueblos.
Cantadle al son de instrumentos,
hablad de sus maravillas. R/.
Gloriaos de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro. R/.
¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. R/.
Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac. R/.
Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos setenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzado por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Poco después de Pentecostés, comienza a manifestarse la fuerza del Espíritu a través de la actividad de los apóstoles. Pedro y Juan se dirigen al templo a orar, y junto a una de sus puertas hay un lisiado pidiendo limosna, que les interpela como a tantos otros. Pedro le mira fijamente y, en vez de socorrerlo con una limosna, le intima a andar, remitiéndose a Jesús resucitado, en cuyo nombre el tullido se ve curado y fortalecido. Por parte de los apóstoles, es una proclamación implícita de la exaltación de Cristo, ya glorificado junto al Padre. Él sigue realizando curaciones, ahora por medio de sus enviados.
A la vista de lo sucedido, tanto el curado como los apóstoles entran en el templo para dar gracias alabando a Dios. Es un acto de fe, ya que sólo la fe puede descifrar el alcance del hecho y dar así gloria a Dios. El resto de los testigos sólo muestran estupefacción ante lo que acaba de ocurrir.
No siempre es posible socorrer materialmente a quien nos pide ayuda (Pedro reconoce que no tiene ni oro ni plata), pero sí es posible siempre dar de lo que tenemos, sea poco o mucho. En el caso de Pedro y Juan, transmitieron lo mejor que tenían: la capacidad de hacer un bien extraordinario, gracias a la fe en el Señor resucitado. La fe es algo que está también a nuestro alcance y que nos sugiere formas de ayudar a quien nos necesita: unas veces será una moneda, otras, un poco de compañía, una palabra o una simple sonrisa, otras, al menos una oración sincera a Aquel que puede confortar el corazón del necesitado.
El episodio de los discípulos de Emaús, que vuelven de Jerusalén desencantados después de la tragedia de la cruz, nos habla elocuentemente de la profunda decepción que siguió a la muerte del Maestro. Jesús mismo, de incógnito, se une a ellos por el camino y provoca una animada conversación sobre lo sucedido y su relación con la Escritura. Ellos conocían la tradición de esa Escritura sobre el Mesías; incluso habían abrigado la esperanza de que éste se hubiera hecho presente en Jesús de Nazaret, pues fueron testigos de lo sorprendente de su persona. Pero, a la vista del desenlace de su vida, se habían desvanecido enteramente esas expectativas.
Entonces Jesús les ayuda a interpretar esa Escritura de acuerdo con el designio de Dios: ya la ley y los profetas hablaban de un Mesías así, sin triunfalismo ni brillo aparente, cuya misión se realizaría a través del sufrimiento y de la marginación. Y en el corazón de aquellos hombres, como reconocerían después, algo comenzaba a arder ante esas luminosas explicaciones. El posterior encuentro en torno a la mesa a la que invitaron al misterioso acompañante les abriría los ojos sobre su verdadera identidad: ¡era él, el Maestro, que ahora vivía! Les faltó tiempo para volver sobre sus pasos y compartir con los demás discípulos la asombrosa novedad.
Así, pues, una inquietud desconcertada, un diálogo ardiente sobre el sentido de la Escritura, un gesto de fraternidad en torno a una mesa compartida son el itinerario que conduce al descubrimiento, en la fe, de Jesús resucitado. También para nosotros es así: una búsqueda de la verdad, muchas veces a tientas, un recurso sincero a la Palabra de Dios y una convivencia fraterna en torno a la Eucaristía nos llevan al encuentro con el Señor resucitado y a la alegría de la fe compartida. ¡Feliz Pascua, hermanos!
San Juan Bautista la Salle

Fue la figura más significativa del siglo XVII francés en referencia a la educación cristiana. Fue, por su carisma de fundador, por su intuición de pedagogo, por su cultura de teólogo y escritor fecundo, por su influencia posterior, una hermosa bendición de Dios a la Iglesia.
Presbítero, fundador de los Hermanos
de las Escuelas Cristianas,
patrono de los maestros cristianos
Reims (Francia), 30-abril-1651 – San Yon (Francia), 7-abril-1719
La figura más significativa del siglo XVII francés en referencia a la educación cristiana se llamó Juan Bautista y tuvo por apellido el de la distinguida familia de La Salle, asentada en la noble ciudad de Reims. Fue, por su carisma de fundador, por su intuición de pedagogo, por su cultura de teólogo y escritor fecundo, por su influencia posterior, una hermosa bendición de Dios a la Iglesia.
El 30 de abril de 1651 nació en Reims, en el pequeño y discreto palacete llamado «De la campana». Sus padres, Luis de la Salle y Nicolasa Móet, fueron esposos modelos de fe y de amor al hogar. Ambos pertenecían a familias distinguidas de la localidad, ricas en bienes materiales, pero más ricas por sus valores espirituales. […]
La felicidad fue la tónica de la familia en los primeros años. En la casa convivían la abuela materna y otros tíos y primos. Diversos domésticos bien elegidos contribuían al orden y a la educación de los hijos que fueron llegando como bendición divina. Siguieron al primogénito, Juan Bautista, otros nueve más.
Juan Bautista conoció, pues, un hogar numeroso, en donde el cariño fraterno y el orden dieron tono a su estilo de vida infantil. Y fue un hogar bien relacionado: las tertulias, las visitas y, en ocasiones, las fiestas al estilo de la época, impregnaron sus recuerdos.
En octubre de 1660 su padre decidió que entrara en el colegio de Bons Enfants, cercano al hogar y dependiente de la Universidad. En ese colegio, selecto y bien organizado, estuvo hasta 1669. Luego continuó su vida escolar en la Universidad, donde inició los llamados estudios de Artes y donde forjó su personalidad y su cultura elevada.
Su vocación hacia el sacerdocio se gestó imperceptiblemente durante estos años escolares. Sus piadosos padres acogieron con agrado sus deseos de orientarse al sacerdocio. Por eso, en 1662, el 11 de marzo, recibió la tonsura eclesiástica, invitación a seguir por el camino elegido.
En 1667, el 7 de enero, fue designado canónigo del Ilustre Cabildo de Reims. Admirado de sus cualidades de seriedad, piedad y juicio, el anciano canónigo Pedro Docet, familiar suyo, le cedió su lugar en el coro catedralicio. Tenía ya 16 años y fue el comienzo de una metódica vida de plegaria, de estudio y de responsabilidades sociales.
En el año siguiente, el 17 de marzo, recibió las órdenes menores y siguió su trabajo como «seminarista externo». Sus estudios en la Universidad culminaron con el título de Maestro en Artes, obtenido el 10 de julio de 1669. Y el deseo de continuar con los estudios de Teología le movió a frecuentar las clases de Teología en la misma Universidad. Pronto se pensó que resultaría mejor el ambiente abierto de París, pues no se hallaba entonces exento de naturales ambiciones.
En el comienzo del curso de 1670, la Sorbona le contó entre sus alumnos en la capital del reino. Su residencia fue el Seminario de San Sulpicio, célebre por su disciplina y por la calidad humana de sus rectores. Su vida allí se inició el 18 de octubre.
Su estancia, que prometía ser larga y fecunda, se vería pronto truncada por la muerte de sus padres. Pero los meses que transcurrieron en aquel ambiente sulpiciano de trabajo y plegaria le marcarían para toda la vida, asimilando la espiritualidad de Olier y asimilando la proyección apostólica que los seminaristas iniciaban en las catequesis dominicales de las parroquias parisinas. […]
Por esos años se fue imperceptiblemente vinculando con la obra de caridad que había iniciado su director espiritual, el hoy Beato Nicolás Roland. Este joven sacerdote había acogido a varias hermanas enviadas por el Beato Nicolás Barré, que en París había iniciado un Instituto de «Hermanas del Niño Jesús» para la educación de niñas pobres.
Los gestos y las limosnas del joven canónigo hacia la obra de su director espiritual, compañero de cabildo y amigo, se multiplicaron. Pero, de momento, no eran más que gestos compasivos. Su corazón y su tiempo estaban en otra parte. Sus ideales iban por el sacerdocio.
El 21 de marzo de 1676 recibió el diaconado y culminó su proceso académico con la licenciatura en Teología. La fecha más significativa de su vida fue la del 9 de abril de 1678. Ese día selló su entrega a Dios con el Orden sacerdotal. Y se comprometió más aún con la plegaria en el coro catedralicio y con el cuidado de sus hermanos.
Una carga especial y «providencial» le llegó cuando el 27 de abril de 1678 falleció el piadoso Roland y le dejó el encargo de sacar adelante las escuelas de las hermanas que había organizado. Entendió el gesto como guiño de la Providencia. Sin darse todavía cuenta de lo que ello representaba, ayudó a obtener el reconocimiento le
al de la obra y logró algunas colaboraciones económicas. Las escuelas se mantuvieron en pie. En febrero de 1679 obtuvo para ellas las letras patentes, o reconocimiento civil que aseguraba su existencia legal.
Fue el preámbulo para otro paso más comprometido al que Dios le empujaba sin él darse cuenta. En marzo de 1679 se encontró con el audaz maestro Adriano Nyel, que llegaba a Reims para iniciar unas ,Escuelas de Caridad para niños». El encuentro aconteció en una de sus visitas de apoyo a las hermanas. Le enviaba el padre Barré y le recomendaba en diversas cartas a personas influyentes de la villa. Ante la conveniencia de comenzar la tarea con discreción, el joven canónigo La Salle le alojó en su misma casa junto al ayudante.
Lo que parecía una obra de caridad pasajera se transformó en una atadura definitiva, La influencia y el empeño de tan oportuno protector, abrió a Nyel todas las puertas. En unión con otros maestros que se le unieron, las primeras escuelas de caridad para niños pobres se iniciaron en tres parroquias de Reims: San Mauricio, Santiago y San Sinforiano. Era la gran necesidad social del momento.
En abril de 1680, Juan Bautista obtenía el doctorado en Sagrada Teología. Su alegría estaba acompañada por la buena marcha de la familia. Profesaba su hermano Santiago José, que había ingresado en los agustinos. Su hermana María se había casado el año anterior.
Su interés por los estudios y su afán por cultivarse intelectualmente no le impedían seguir de cerca la obra de las hermanas y de las escuelas. Apoyaba a Nyel que se había establecido en una casa con los maestros reclutados. Pero comenzaron los desafíos y las urgencias. Las frecuentes ausencias de Nyel impedían el orden en las escuelas. En medio de sus afanes de canónigo, de lector infatigable, de animador y director de almas que le fueron eligiendo como guía, no faltaron los reclamos interiores para tornar en serio la obra de las escuelas. Ni siquiera las zozobras o las tristezas que le llegaron, como la que sufrió cuando el 21 de marzo falleció su hermana Rosa en el convento en el que había ingresado, le impidieron caminar con rumbo bien meditado.
El 24 de junio de 1681 se arriesgó a un primer paso fundacional, que todavía no era entendido por él como atadura definitiva, pero que iba a ser decisivo. Llevó a los maestros a su casa familiar y comenzó a dirigirlos de forma más cercana y personal y a fortalecerlos en su misión educadora con sus charlas, alientos y recomendaciones. Aquel intento, aunque no era en su mente más que una medida provisional, originó reacciones adversas en el círculo familiar más cercano.
La situación se fue haciendo insostenible, por la incompatibilidad entre la rudeza de los pobres maestros de escuela y la elegancia de vida del hogar que los acogía. Juan Bautista de la Salle se decidió a dar un paso más: un año después exactamente, el 24 de junio de 1682, se trasladó con ellos a vivir en una casa alquilada por él.
Ante una llamada al decidido Nyel para abrir otras escuelas en Chateau-Porcien y en Guisa, el buen canónigo se sintió más comprometido con los maestros. Su seguimiento de las tareas docentes se intensificó hasta no tener ya marcha atrás. Se dio cuenta de que era una llamada divina muy personal y se decidió a entregarse a aquella labor que en ese momento beneficiaba ya a un millar de niños.
El 16 de agosto de 1683 dio un nuevo paso, símbolo de su compromiso definitivo: renunció a la canonjía en favor de un sacerdote pobre y no de su hermano Juan Luis, que ya se hallaba en el camino del sacerdocio siguiendo sus pasos en San Sulpicio.
El disgusto de sus familiares se incrementó cuando, detrás de este gesto evangélico de renuncia, llegó otro más impresionante. Con motivo del hambre que se extendió por la ciudad en el invierno de 1683 a 1684 comenzó a distribuir sus bienes personales a los pobres. A nadie dijo que lo hacía de una forma muy meditada ni que sólo se desprendía de lo suyo personal, dejando todas las propiedades a sus hermanos.
Tampoco comunicó a nadie el consejo de sus directores espirituales que estaba detrás de tal medida. Había sido el buen padre Barré, a quien seguía consultando en sus asuntos más decisivos, quien le había dado la consigna definitiva: «Dios sólo… entonces todo quedará bien fundamentado». Cuando en septiembre de 1684 reunió en asamblea a los maestros que le seguían, ya tenía tres escuelas bien organizadas. Entonces pudo hablarles un lenguaje de cercanía: no era ya el sacerdote rico, miembro de una familia distinguida; era un pobre como ellos y el motor de una empresa hermosa de educación. Entonces trazaron los primeros reglamentos de las Escuelas Cristianas. Eligieron su vestido singular y uniforme. Comenzaron a llamarse hermanos. Iniciaron un hermoso instituto religioso para atender la urgente necesidad de la «educación de los pobres y de los artesanos”.
En mayo de 1686, el grupo había madurado como comunidad. A invitación suya, formularon una primera consagración en forma de un voto de obediencia. La Salle pensó que había llegado el momento de elegir un superior que no fuera sacerdote y lo logró provisionalmente en uno de ellos, el hermano Enrique Lheureux. Cuando se enteró el arzobispo, anuló tal elección y ordenó que siguiera al frente de la comunidad y de las escuelas de Guisa, Laon, Rethel, además de las de Reims. La muerte de Barré, el 31 de mayo del 1686, y la de Adriano Nyel, un año después, le dejó corno único inspirador de la obra emprendida.
Las dificultades e incomprensiones que hallaba en Reims le animaron a aceptar la invitación del párroco de San Sulpido de París para trasladarse a la capital del reino y dirigir la escuela que malvivía en la parroquia. Su llegada a la capital fue el 24 de febrero de 1688, a la escuela de la calle Princesa. Se iniciaba otra etapa en su vida de fundador.
Nuevas vocaciones, pero también nuevas dificultades, se fueron presentando a medida que las escuelas fueron aumentando. Surgieron en Reims, donde quedó de superior de los hermanos Enrique Lheureux. Y se incrementaron en París, donde los maestros calígrafos encontraron en la gratuidad de sus escuelas estorbo para sus intereses pecuniarios.
Y es que, a la escuela de San Sulpicio en la calle Princesa, siguió la apertura de otra en la calle Du Bac. Juan Bautista quiso consolidar la obra, también en el plano espiritual: el 21 de noviembre de 1691 hizo con los dos hermanos más comprometidos, Gabriel Drolin y Nicolás Vuyart, un <,voto heroico, de mantener la obra a pesar de todas las dificultades, «aunque tuvieran que vivir de limosna y comer sólo pan». Fueron los cimientos del grupo, aunque uno de los tres pronto fallaría.
Con intención de fortalecer el grupo pensó en el hermano Enrique Lheureux para superior. Le llevó a París y le orientó a estudiar Teología para que se ordenara sacerdote, a fin de que fuera su reemplazante en el gobierno de la obra sin oposición episcopal. Dios tenía otros designios y el hermano Enrique enfermó y falleció. Repuesto el fundador de su dolor, entendió en esto un signo de la Providencia y la consigna de que sus hermanos «fueran laicos siempre», se convirtió para él en evidencia y para el instituto en principio básico de identidad.
En 1692, el 1 de noviembre, organizó el noviciado en París para formar nuevos maestros. Alquiló una casa en el barrio de Vaugirard, en las cercanías de sus escuelas. Algunos jóvenes más comprometidos se fueron adhiriendo a la obra y el número de hermanos llegó a los 30.
El grupo, ya repartido entre Reims y París, se consolidó hasta tal punto que, en la asamblea del 6 de junio de 1694, doce hermanos ya emitieron sus primeros «votos perpetuos de asociación, estabilidad y obediencia». La demanda de nuevas escuelas estimulaba cierto entusiasmo, pero al mismo tiempo originaba inquietud en el fundador.
Cuando el nuevo siglo inició su andadura, los frutos conseguidos resultaban ya consoladores: sus escuelas se extendían por veinte lugares diferentes. Y los alumnos eran casi los tres millares. […]
Cuando se acercaba el año de 1717 pensó que había que organizar definitivamente la sociedad religiosa surgida. El 16 de mayo de ese año convocó una asamblea de todos los hermanos. Y fue entonces cuando consiguió dejar el cargo de superior. Fue elegido el hermano Bartolomé, director en París y que había sorteado las intromisiones externas.
Juan Bautista de la Salle se retiró a San Yon, cerca de Ruán. Allí redactó la Regla definitiva de los hermanos y retocó diversos libros de los que tenía preparados. Atendió espiritualmente sobre todo a los novicios y a los jóvenes albergados en la casa. Sus últimas obras escritas, como las Meditaciones para los domingos y fiestas y la Explicación del método de oración, juntamente con las 126 cartas que nos quedan de las miles que salieron de su pluma, completaron las 3.394 páginas que conservamos de sus 20 libros y de sus otros memoriales y escritos.
La enfermedad reumática y urémica se apoderó de él en los comienzos de 1719. El 19 de marzo celebró su última misa y el 3 de abril dictó su testamento, El Viernes Santo, 7 de abril de 1719, falleció, sin casi haberse enterado de la última persecución que se cernía sobre él: se le habían retirado las licencias eclesiásticas ante nuevas calumnias de que era objeto en la curia diocesana. Expiró después de haber dicho: «Adoro en todo la voluntad de Dios para conmigo».
Dejaba 42 escuelas y comunidades, de las 58 que había abierto en vida. Había 125 hermanos y entre 5.000 y 5.500 alumnos frecuentaban sus escuelas. Enterrado en la iglesia de San Severo, sus restos fueron traslados a San Yon en 1734. Ya en el siglo XX, descansaron en la casa de Lebecq-lez-Hall por motivo de la exclaustración de los religiosos de 1904 en Francia. El 26 de enero de 1937 fueron llevados sus restos a la casa general de Roma, donde hoy se veneran.
Su memoria se conservó siempre no sólo entre los suyos, sino en diversidad de institutos posteriores que se inspiraron en su carisma.
Fue beatificado por León XIII el 19 (le febrero de 1888 y canonizado por el mismo papa el 24 de mayo ele 1900. Pío XII le proclamó «Patrono de los maestros católicos», con el breve pontificio Quot ait, el 15 de mayo de 1950.
Con motivo del 350° aniversario del nacimiento de San Juan B. de La Salle, Juan Pablo II me escribía una carta, en la que decía: «El secreto de Juan Bautista de La Salle es la relación íntima y viva que mantuvo con el Señor en la oración diaria, fuente de la que sacó la audacia creativa que lo caracterizaba» (26 de abril de 2001).
Álvaro Rodríguez Echeverría
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.