Hermanos:
Por medio de Jesús, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que confiesan su nombre.
No os olvidéis de hacer el bien y de ayudaros mutuamente; esos son los sacrificios que agradan a Dios.
Obedeced y someteos a vuestros guías, pues ellos se desvelan por vuestro bien, sabiéndose responsables; así lo harán con alegría y sin lamentarse, cosa que no os aprovecharía.
Que el Dios de la paz, que hizo retornar de entre los muertos al gran pastor de las ovejas, Jesús Señor nuestro, en virtud de la sangre de la alianza eterna, os confirme en todo bien para que cumpláis su voluntad, realizando en nosotros lo que es de su agrado por medio de Jesucristo.
A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.
Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.
Preparas una mesa ante mi,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R/.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R/.
En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.
Él les dijo:
«Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco».
Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.
Se fueron en barca a solas a un lugar desierto.
Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.
El último capítulo de la carta a los Hebreos en su segunda parte, nos da unos consejos muy útiles para nuestra vida espiritual y para la convivencia fraterna, pues nos dice: “No os olvidéis de hacer el bien y de ayudaros mutuamente; esos son los sacrificios que agradan a Dios.”
La obediencia a nuestros superiores es muy necesaria para que haya paz, porque tenemos que ver la obediencia a los superiores de la comunidad como los veía Jesús, que como Hijo supo obedecer.
Debemos ofrecer continuamente el sacrificio de alabanza a Dios por medio de la oración, porque es donde tomamos fuerza para la convivencia fraterna y la obediencia.
Él realizará en nosotros lo que es de su agrado por medio de Jesucristo.
¿Cómo vamos de obediencia? ¿Nos cuesta mucho? Sigamos el ejemplo de Jesús, “aprendió sufriendo a obedecer”
Mientras vivimos en este mundo, vamos caminando por sendas oscuras, pero no debemos temer porque el Señor es nuestro pastor, no debemos temer, nos guía y está con nosotros, es nuestra luz y consuelo. Su bondad y misericordia nos acompañan siempre para poder habitar en la casa del señor por años sin término.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, por eso habitaré en la casa del Señor por años sin termino
El evangelio nos invita a dejar nuestras preocupaciones para centrarnos en Jesús de Nazaret, descansar a solas con El, para escuchar en nuestro interior sus palabras y consejos. A veces tenemos demasiados ruidos que nos impiden escuchar a Dios. Nos invita a una intimidad con El, siempre dispuesto a escucharnos. Los Apóstoles tenían grandes deseos de contarle a Jesús todo lo que habían hecho y enseñado, por eso el Señor les dijo: “Venid vosotros solos a descansar un poco a un sitio tranquilo”. Porque como eran tantos los que les seguían no tenían tiempo ni para comer.
Ellos se marcharon, pero como la figura de Jesús atraía a la muchedumbre, cuando se dieron cuenta de que se marchaba, fueron corriendo y se les adelantaron.
Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima, porque como dice Marcos, eran como ovejas sin pastor. Entonces Jesús dejando el descanso con sus íntimos, los discípulos, que tanto deseaba, los dejó, y se puso a enseñarles con calma
¿Deseamos nosotros estar a solas con Jesús? Pruébalo y veras que bien se está.
San Pablo Miki y cc.mm

El 5 de febrero de 1597 en Nagasaki fueron martirizados 26 cristianos franciscanos, jesuitas y laicos. Fueron detenidos y crucificados. Los testigos afirmaron que desde la cruz alababan a Dios con alegría
San Pablo Miki: 1564 / 5-febrero-1597
Los 26 mártires: 14-septiembre-1627
A final del siglo XVI surgieron en Japón grandes turbulencias políticas. Hideyoshi, jefe supremo del Gobierno, logró consolidar un fuerte poder militar, derrotando a todos los señores feudales que mantenían dividido al país. En 1587 publicó el primer edicto de prohibición del cristianismo, por el que quedaban expulsados de Japón todos los misioneros extranjeros. Así pretendía alejar el peligro de una posible invasión de Japón por los gobiernos extranjeros. Aunque no hizo cumplir aquella orden de un modo muy estricto, la libertad religiosa se había acabado. Un signo dramático de la nueva era fue la crucifixión de 26 cristianos el 5 de febrero de 1597 en Nagasaki: este grupo incluía a extranjeros y japoneses, que eran franciscanos, jesuitas y laicos.
Hideyoshi había firmado la sentencia en el castillo de Osaka. En Nagasaki se encargó de ejecutarla Terazawa Hazaburo, hermano del gobernador de Nagasaki. Los mártires habían caminado desde Kyoto a Nagasaki en medio de los rigores del invierno. A las 10 de la mañana del 5 de febrero estaban ya preparadas las cruces donde iban a ser ejecutados. Terazawa, encargado de llevar a cabo la orden de Hideyoshi, era amigo de Pablo Miki, un jesuita que se encontraba en el grupo de los mártires. Esto hizo que Terazawa permitiera a dos jesuitas, los padres Pasio y Rodríguez, atender a todos antes de la ejecución. Poco después comenzaron a llegar al lugar del martirio los soldados de la escolta y los mártires, divididos en tres grupos, cada uno encabezado por dos franciscanos. Todos rezaban el rosario. Tenían las manos atadas, y sus pies descalzos iban dejando manchas de sangre por el camino. El «vía crucis» había durado un mes. Llevaban cortada la oreja izquierda, señal de su condena a muerte.
Apenas llegaron todos, los soldados empezaron a fijar los cuerpos en los maderos con unas anillas de hierro en las manos, pies y cuello de las víctimas; una cuerda a la cintura bien atada los dejaba fijos a los maderos. Cuando estaban todos listos, los soldados levantaron las cruces y las dejaron caer en los hoyos que ya estaban preparados. La colina parecía sembrada cíe cruces.
Delante de todos los mártires aparecía la tabla en que estaba escrita la sentencia: «Por cuanto estos hombres vinieron de Filipinas con título de embajadores y se quedaron en Miyako (Kyoto) predicando la ley de los cristianos que yo prohibí rigurosamente los años pasados, mando que sean ajusticiados junto con los japoneses que se hicieron cle su ley…» Los extranjeros que estaban entre los mártires habían llegado en el galeón San Felipe, que había encallado cerca de las costas japonesas, en su viaje de Filipinas a Nueva España. Estos religiosos españoles habían sido declarados enemigos de Japón, por considerar que querían conquistar aquellas islas para la Corona de España. Ésta fue la chispa que desató el fuego de una persecución que ya estaba en ebullición hacía tiempo.
Los mártires cantaban salmos, alababan a Dios con sus oraciones y amonestaban a la muchedumbre que se había ido reuniendo para que fuesen fieles a la fe por la que ellos morían. Entre ellos había tres niños que habían querido unirse al grupo de los mártires. Con una alegría contagiosa, cantaban los salmos que habían aprendido en la catequesis: «Alabad, niños, al Señor, alabad su santo nombre. Desde donde sale el sol hasta el ocaso, sea alabado el nombre del Señor. Los padres Pasio y Rodríguez iban de una cruz a otra para atender a los mártires y confortarlos con sus palabras. Juan de Gota, uno de los tres jesuitas que había en el grupo, había hecho los votos religiosos en la Compañía poco antes de salir para el martirio. Los otros dos eran Pablo Miki y Diego Kisai.
La cruz de fray Felipe de Jesús, franciscano mexicano, no quedaba ajustada a su cuerpo; el sedile quedaba muy bajo, y todo el cuerpo colgaba de la anilla del cuello; esto le hacía ahogarse por momentos. Lo vio Terazawa y mandó que los verdugos alancearan el cuerpo, con dos lanzas cruzadas a la manera japonesa. Éste fue el comienzo de las inmolaciones. Eran cuatro los verdugos que empezaron a clavar sus lanzas en el pecho de los 26 mártires, empezando por los dos extremos de la fila de las cruces. A medida que los verdugos avanzaban hacia el centro, disminuían las voces de los mártires y aumentaba el clamor de la muchedumbre. Monseñor Martínez, el primer obispo jesuita de Japón, escribía: «Oí un gran grito de la gente cuando los alancearon». El último en morir fue fray Pedro Bautista; al ver a los verdugos que están ya delante de su cruz para clavarle las lanzas, exclama: «Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu».
La Iglesia beatificó muy pronto a estos 26 mártires en 1627, sólo 30 años después del martirio. Más tarde, en 1862, fueron canonizados estos 26 testigos de la fe y el amor de Cristo por el beato Pio IX.
Fernando García Gutiérrez, S.J.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.