Se instaló una primera tienda, llamada «el Santo», donde estaban el candelabro y la mesa de los panes presentados. Detrás de la segunda cortina estaba la tienda llamada «Santo de los Santos».
En cambio, Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su «tienda» es más grande y más perfecta: no hecha por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado.
No lleva sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna.
Si la sangre de machos cabríos y de toros, y la ceniza de una becerra, santifican con su aspersión a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, para que demos culto al Dios vivo!
Pueblos todos, batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor altísimo es terrible,
emperador de toda la tierra. R/.
Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas:
tocad para Dios, tocad;
tocad para nuestro rey, tocad. R/.
Porque el Señor es el rey del mundo:
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado. R/
En aquel tiempo, Jesús llegó a casa con sus discípulos y de nuevo se juntó tanta gente que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí.
Cristo es el auténtico y definitivo Sumo Sacerdote en el que se realizan las promesas y se da cumplimiento a los símbolos del Antiguo Testamento. Jesús es la víctima verdadera al entregar su propio cuerpo como alimento en la mesa de la Eucaristía y sacrificándose en el ara de la cruz, derramando su sangre como expiación por los pecados de la humanidad.
Se nos habla en este texto de dos tabernáculos, símbolo de los dos Testamentos. El primero, caduco, el segundo definitivo. El cuerpo de Cristo crucificado, traspasado por la lanza y los clavos, nos manifiesta el infinito y misericordioso amor de Dios Padre hacia todos los hombres hasta el extremo de regalarnos a su propio Hijo.
La Encarnación del Verbo pone de manifiesto que lo antiguo ha pasado. Jesús es la definitiva ofrenda, el altar y la víctima; con su muerte y resurrección nos mostró la eterna novedad que incruentamente se actualiza y vivifica en cada Eucaristía, en la que realmente se nos hace presente y se nos da como comida y bebida de salvación.
¿Somos conscientes del gran amor, del inmenso don que Dios nos hizo y nos sigue otorgando al dársenos de este modo? Con el salmista cantamos con alegría, lo bendecimos y damos gracias porque verdaderamente Él es sublime y admirable, el Dueño de toda la tierra.
Realmente Jesús no predicaba ni actuaba de acuerdo con los criterios humanos. ¿Cómo puede alguien proclamar dichosos a los pobres, los enfermos, los que sufren, los que tienen hambre y sed, cuando todos -antes y ahora-, deseamos la seguridad, el confort, la salud, el bienestar, todos estos bienes humanamente razonables?
Este breve texto no nos dice nada del modo de proceder de María la Madre de Jesús; sin duda continuaba silenciosa, meditando todo lo que veía y oía en su corazón, pero sí nos transmite el evangelista la reacción de otros parientes que fueron donde Él para llevárselo porque pensaban que estaba mal de la cabeza y con su modo de actuar como predicador ambulante, los dejaba en mal lugar, enfrentándose al modo de entender y practicar la religión… Ayer como hoy, no nos gusta salirnos de nuestros esquemas, de nuestra rutina, de nuestro modo de ver las cosas, de nuestra cotidianeidad.
¿Cómo podía un simple artesano de Nazaret hacer milagros en nombre de Dios, relacionándose con la gente baja del mundo, tocando a los impuros leprosos, manchando su reputación al tratar con mujeres de mala vida…? Realmente a Jesús no lo entendieron sus familiares ni la gente “bien”. Y nosotros, dos mil años después, ¿lo entendemos?, ¿acogemos su palabra y su modo de proceder tratando de vivir como vivió Él con la confianza puesta en la providencia del buen Dios que viste los lirios del campo y alimenta las aves del cielo?; ¿vivimos esta confianza y este abandono, o somos esclavos del raciocinio que todo lo quiere tener controlado, programado, ajustado, sin dar cabida a las sorpresas que la amorosa libertad de Dios quiera presentarnos? Si María hubiera actuado con “cordura”, con “prudencia”, nunca habría dicho sí al plan que Dios le presentó, pero no, se jugó la vida al ponerla en manos del que es poderoso y no quedó defraudada.
Los muchos que acudían para ver, oír y ser sanados por Jesús, “no los dejaban ni comer…”. Y nosotros, ¿qué hacemos con nuestro tiempo?, ¿lo dedicamos a ayudar, acompañar, consolar al triste, a hablar con Dios o de Dios al que vive en la soledad y en la incertidumbre de los tiempos actuales o pensamos sólo en nosotros mismos?
¿Te atreves a ser un loco por Cristo y por su Reino?
San Ildefonso de Toledo

Fue arzobispo de Toledo del año 657 al 667 y es uno de los padres de la Iglesia.Piadoso y discreto a la vez, muy laborioso y de feliz ingenio, su producción literaria resultó abundante
De familia visigoda muy elevada, Ildefonso, nombre al parecer germano, nace a principios del siglo VII, durante el reinado de Witerico. El hecho de su vida monástica en el monasterio agaliense induce a suponer su nacimiento en la ciudad de Toledo.
En efecto, muy joven aún ingresó, contra la voluntad de los suyos, en Agali, el monasterio de San Cosme y San Damián, en las cercanías de Toledo, célebre centro monástico en la historia eclesiástica de España, aunque no hay certeza de si ya entonces hizo profesión de los votos monásticos. De todos modos, ordenado hacia el 630 diácono de la Iglesia toledana, no fue impedimento para volver al monasterio, donde no sólo se hizo monje, sino que llegó a ser elegido abad. […] Muerto el arzobispo Eugenio II en noviembre del año 657, Recesvinto decide nombrar metropolitano de Toledo, la Urbs regia, a Ildefonso, cuya consagración episcopal se celebra muy a finales del mismo 657.
[…] De nuestro personaje, destaca como primer rasgo de singular brillantez el fulgor de la elocuencia. El fervor de las páginas consagradas por San Ildefonso a defender la virginidad de María hacen, es verdad, muy verdadero el Elogio. Temeroso de Dios, lleno de piedad y religión, grave en su modo de andar, venerable por la honestidad de su vida, de paciencia singular, fiel guardando el secreto, sumo en sabiduría, de ingenio penetrante en sus razonamientos, son, entre otras, algunas de las características definitorias más salientes de su personalidad. Piadoso y discreto a la vez, muy laborioso y de feliz ingenio, su producción literaria resultó abundante.
Duró su pontificado al frente de la sede metropolitana de Toledo, según San Julián, nueve largos años, que sirvieron para acrisolar su virtud y poner de manifiesto sus cualidades pastorales. El hecho de que durante esos años no se celebrase ningún concilio tampoco significa que fuera hombre falto de talento, como algún especialista ha llegado a escribir. Su obra literaria, en cambio, nos descubre al hombre preocupado por los problemas pastorales de su tiempo y al incansable y formidable buscador de soluciones. Flórez data su muerte en enero del año 667. Otros tiran por el 665. Sepultado en la iglesia de Santa Leocadia, de la capital de la España visigótica, su cuerpo fue trasladado en los primeros tiempos de la invasión musulmana a Zamora.
El período más importante de la vida de San Ildefonso es, a todas luces, el de su arzobispado, pues como consejero de Recesvinto influyó notablemente en los principales sucesos de su tiempo. Velando por la integridad del dogma, escribió Libellus de virginitate, obra de controversia teológica –sostiene la tradición que por entonces cruzaba los cielos y almas de España algún error mariano que Ildefonso habría querido atajar–, llena de doctrina católica y muy elegante, a la que luego volveremos. Refiere de igual modo la tradición que, cuando acabó de escribir esta obra el autor recibió en premio una casulla de manos de la Virgen. El arzobispo don Rodrigo y Lucas de Tuy son los primeros en narrarnos este hecho prodigioso inmortalizado en su día por el pincel de Murillo. Actualmente puede verse en la catedral metropolitana de Toledo el altar levantado en el mismo lugar de la aparición de la Virgen.
Pedro Langa, O.S.A.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.