Todo sumo sacerdote, escogido de entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados.
Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, porque también él está sujeto a debilidad.
A causa de ella, tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como por los del pueblo.
Nadie puede arrogarse este honor sino el que es llamado por Dios, como en el caso de Aarón.
Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote, sino que la recibió de aquel que le dijo: «Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy»; o, como dice en otro pasaje: «Tú eres sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec».
Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna, proclamado por Dios sumo sacerdote según el rito de Melquisedec.
Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies». R/.
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos. R/.
«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, desde el seno,
antes de la aurora». R/.
El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec». R/.
En aquel tiempo, como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vinieron unos y le preguntaron a Jesús:
«Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?».
Jesús les contesta:
«¿Es que pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Mientras el esposo está con ellos, no pueden ayunar.
Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán en aquel día.
Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto —lo nuevo de lo viejo— y deja un roto peor.
Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos».
El lenguaje cultual de la carta a los Hebreos sirve maravillosamente para mostrarnos la diferencia radical entre Jesús y todas las demás figuras religiosas que en el judaísmo se consideraban mediaciones o intermediarios “oficiales” entre Dios y los hombres. La figura del sumo sacerdote, presentado como un hombre frágil y pecador, que tiene que ofrecer sacrificios por sus pecados antes de ofrecerlos por los del pueblo, se contrapone a Jesús, proclamado sumo sacerdote por Dios.
La primera gran diferencia aparece clara: cualquier sumo sacerdote es pecador, como el resto del pueblo. Jesús no lo es, aunque ello no le impide hacerse cargo de nuestra situación porque comparte nuestra humanidad.
La segunda es decisiva: los sacerdotes ofrecen sacrificios rituales, repetidos indefinidamente en el tiempo. El “sacrificio” de Jesús, que no coincide probablemente con nuestro concepto de sacrificio, es la disponibilidad absoluta y el compromiso de la vida entera empeñada en “poner en el mundo” la noticia del Dios Abba, el Padre que nos ama de manera incondicional, abierto siempre a dejarse “encontrar”, que nos capacita -en medio de nuestra fragilidad- para empezar cada día, crecer siempre, aspirar a reconocer y vivir el deseo más profundo de nuestro corazón que coincide, aunque no nos lo parezca, con la “voluntad de Dios” (como expresa de manera muy sugerente Adrien Candiard en su obra “A Filemón”)
Es la entrega radical de Jesús la que le convierte en “autor de salvación eterna”. Y no hay más sacrificios, ni más mediadores, ni más sacerdotes. Él es, para los que queremos recibirlo, el único y eterno sacerdote, único mediador, único puente entre Dios y los hombres. Con sus propias palabras, Él es “el Camino”. No lo olvidemos, para evitar perdernos en búsquedas cuyo objetivo no es encontrarnos con Él.
Una entrega que, como expresa de manera estremecedora la lectura de hoy, supuso que “aún siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer”.
El evangelio viene hoy a reforzar esta presentación de Jesús como la novedad por excelencia.
A partir de una pregunta relacionada con la práctica religiosa del pueblo, Jesús se desmarca totalmente del modo en el que los diferentes grupos religiosos de su tiempo consideraban que era preciso rendir culto a Dios.
El ayuno, una práctica que Jesús recomienda en algunos lugares del evangelio, sirve en esta ocasión para mostrar que la propuesta de Jesús supone una ruptura total con algunos modos de vivir la experiencia de fe y de encuentro con Dios.
Es impensable que los amigos del novio ayunen cuando están con él. De manera similar, Jesús personifica la irrupción de la novedad permanente del Dios Amor, del Dios libre al que no se puede encerrar en un código de normas de conducta.
Seguir a Jesús no consistirá nunca en el cumplimiento de una batería de obligaciones.
Tantos ríos de tinta como se han utilizado para tratar de “explicar” el significado de lo viejo y lo nuevo (el paño, el vino, los odres) y tal vez no sea sino otro modo de decir que no podemos hacer componendas, arreglos… para tratar de hacer compatible a Jesús con nuestras convicciones, costumbres, certezas, estilos…
Él es el Único, el criterio definitivo, la novedad absoluta. Difícilmente le encontraremos tratando de meterlo con calzador en nuestro “universo”. Se trata, más bien, de abrir la mente, el corazón, las entrañas, todo nuestro ser… cada mañana, para acoger con asombro y alegría su novedad, su gracia que nos acoge tal como somos y estamos, y nos alienta para recomenzar, dar pequeños pasos, avanzar…
Semana de oración por la unidad de los cristianos

La Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, recuerdan los obispos de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales en su mensaje, “es ocasión propicia para que conozcamos mejor el diálogo de la Iglesia católica con las Iglesias y Comunidades eclesiales sobre la doctrina de la fe, llevado adelante con gran esfuerzo y dedicación”
Desde aquellas palabras de Jesús, recogidas en el Evangelio de San Juan e integradas en la llamada «oración sacerdotal», nunca en la Iglesia se ha dejado de orar por la unidad. El texto evangélico dice: «Padre, te ruego por ellos, para que sean uno, como tú y yo somos uno, para que el mundo crea» (Jn 17, 21). Todas las liturgias antiguas, tanto orientales como occidentales, poseen bellas oraciones que repiten, a su manera, aquella oración del Señor Jesús poco antes de padecer.
Pero cuando las polémicas y enfrentamientos se consuma-ron y dividieron el cristianismo en Iglesias enfrentadas, la urgencia por la vuelta a la unidad visible se hizo un grito —desgraciadamente no un clamor— y aquella oración de Getsemaní se convirtió en una necesidad sentida por los mejores espíritus de cada una de las comunidades separadas. Existe una larga tradición en las Iglesias cristianas de orar por la unidad. Los textos litúrgicos de las comunidades católicas, ortodoxas, anglicanas y protestantes poseen hermosas plegarias para pedir al Espíritu preservar o devolver —según los casos— la unidad de la Iglesia. Pero además de las expresiones litúrgicas oficiales por la unidad, apareció muy pronto entre los cristianos divididos una orientación marcadamente ecuménica que ponía todo el énfasis en la plegaria por la unidad de las Iglesias divididas —en plural— que, sin menoscabo de la tarea doctrinal, se dio cuenta de que el camino real hacia la plenitud de la unidad pasaba por la convergencia y concordia de corazones en la plegaria común compartida por todos.
Si las Iglesias han tenido bien definidas siempre sus fronteras por ortodoxias y por reglamentaciones jurídicas, los pioneros del ecumenismo encontraron muy pronto legítimos caminos para trascender barreras que parecían infranqueables. La plegaria común aparece así como el pasaporte válido para sentir la unidad al menos en una tensión dialéctica: la oración compartida permite sentirse ya unidos en el Señor de todos, aunque todavía no sea posible la proclamación de pertenencia plena a una comunidad eclesial unida.
El Vaticano II, en el Decreto de Ecumenismo, afirmará solemnemente: «La conversión de corazón y santidad de vida, juntamente con las oraciones privadas y públicas por la unidad de los cristianos, han de considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico, y con razón puede llamarse ecumenismo espiritual (UR 8). […]
Recordamos el esplendor que acompañaba las celebraciones ecuménicas, durante el mes de enero, de aquellas Semanas de Oración por la Unidad y que congregaban a fieles de todas las denominaciones cristianas. Templos abarrotados, cambio de predicadores: el pastor protestante predicando en la parroquia católica, el párroco católico actuando en el templo evangélico. Gentes entusiasmadas. Eran los años inmediatos al Concilio. Cuando «lo ecuménico», al menos para muchos católicos, era una feliz novedad y un descubrimiento sorprendente.
Habían pasado aquellos primeros tiempos, tiempos audaces, en que el «Centro Unidad Cristiana» de Lyón había comenzado a preparar el tema para la Semana en colaboración con la Comisión «Fe y Constitución», del Consejo Ecuménico de las Iglesias (Ginebra). Colaboración estrecha que se re-monta a 1958. Después, el Vaticano II corroboraría totalmente tales iniciativas llamando a la oración «alma del movimiento ecuménico» (UR 8) y el Secretariado para la Unidad —hoy Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos— comenzaba a trabajar conjuntamente con «Fe y Constitución» (1968) a la hora de preparar no ya sólo los temas, sino los textos de la Semana de cada año.
La Semana ha contado con predicadores insignes. Incluso cuando todavía no había adquirido la tradición que más tarde tomaría, hombres como el dominico Yves Congar desarrollaron en los años treinta una intensa actividad en el terreno del ecumenismo espiritual —predicando en numerosas ciudades francesas durante la Semana—, aunando la espiritualidad y la doctrina teológica del ecumenismo. ¿Qué ha pasado hoy cuando la Semana de Oración parece que ha perdido el interés que despertara en decenios anteriores?
La pregunta debería hacer pensar sobre lo que es y no es esa Semana en la que tantas esperanzas se han puesto. No es, ciertamente, una devoción más: No trata de temas accidentales sobre los que discrepar o pasar de ellos. Es, por el contrario, un tiempo fuerte —no un tiempo litúrgico— en el que aspectos fundamentales de la Iglesia se ponen delante del Señor para que se realice visiblemente lo que él pidió al Padre con tanta insistencia en la oración sacerdotal. La Semana de Oración es el momento en el que la obediencia que las Iglesias deben a Cristo respecto a ser uno «para que el mundo crea» se hace plegaria humilde y esperanzada. La espiritualidad de la Semana hace que la tarea (lo que los cristianos y sus Iglesias deben trabajar en orden a la restauración de la unidad) se ponga bajo la perspectiva del don (sabiendo que la unidad finalmente es más don divino que realización humana).
Se sabe que la cuestión ecuménica, suscitada por la división de los cristianos en cuanto desobediencia a la voluntad de Cristo, puede ser considerada además como problema y como misterio. El problema exige siempre la investigación, el análisis arduo, el método correcto, el planteamiento acertado. En esa tarea radica lo que se ha dado en llamar el ecumenismo doctrinal. Los grupos mixtos de diálogo teológico de las diferentes Iglesias llevan ya un largo trecho recorrido, muy arduo, pero lleno de esperanzas y con resultados tangibles como es, por ejemplo, la Declaración Conjunta Luterano-Católica sobre la Doctrina de la Justificación por la Fe (octubre 1999). Los responsables directos del problema ecuménico, considerado como lo hemos planteado, son, en general, los jerarcas y los teólogos de las Iglesias. En cambio, el misterio de la desunión cristiana invita sobre todo a la comunión, a la entrada en él por medio de la actitud de apertura confiada para dejarse impregnar por quien nos trasciende a todos. Y en este terreno, en el del misterio, los responsables son todos los cristianos, todo el pueblo de Dios, que intuye que por medios humanos la unidad parece inalcanzable. Por eso se abre a la plegaria y se deja llevar por el Espíritu que sopla donde quiere y dirige a todos hacia donde quiere. […]
En realidad la Semana de Oración ofrece muchas posibilidades de celebración. La rigidez estaría reñida con el espíritu que se desea vivir en esos ocho días. Los textos bíblicos, los esquemas celebrativos, los cantos, las liturgias, etc., preparados con antelación por un equipo mixto, nombrado por el Consejo Ecuménico de las Iglesias y por el Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, alcanzan su razón de ser cuando llegan a celebrarse a niveles locales, ya sean parroquiales, en comunidades religiosas, o en reuniones menos formales, pero donde varios cristianos han decidido celebrarla. Su celebración, normalmente en hora vespertina y siempre que sea posible de manera interconfesional, adquiere especial relieve y significatividad cuando existe intercambio de predicadores. Pero de cualquier manera pueden y deben celebrarse durante los ocho días también en lugares donde, por diferentes razones, no hay contexto interconfesional, como son las comunidades contemplativas, las parroquias en cuya demarcación no hay centros de otras confesiones, ciertos colegios privados… Los esquemas preparados por los equipos mixtos suelen tener un sentido bíblico no solamente en sus textos, sino también en las plegarias, en los cantos y en las oraciones. La predicación suele unir la intención propia del tema global con las lecturas bíblicas proclamadas, y con frecuencia las colectas recogidas se destinan a proyectos ecuménicos locales, o bien a paliar necesidades básicas de los más pobres.
En la Iglesia católica, los días de la Semana son muy propicios para que se celebre, cuando la reglamentación litúrgica lo permite, la misa votiva por la unidad. Y a veces se recomienda que se tengan, en el arco de los días que van del 18 al 25 de enero, además de los servicios de oración que constituyen el núcleo de la Semana, algunos actos de tipo académico -conferencias, exposiciones bíblicas o ecuménicas, etc.-que fomenten el deseo de unidad visible de todos los cristianos.
Es bien sabido que cada año, desde 1968, las Semanas de la Unidad tienen un «teman -siempre un versículo bíblico- y unos esquemas elaborados en colaboración entre la Comisión «Fe y Constitución», del «Consejo Ecuménico de las Iglesias» y el «Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos», cuyas reuniones preparatorias tienen lugar en distintas ciudades del mundo.
Fr. Juan Bosch O.P.
«Nos mostraron una humanidad poco común» (Cf. Hch 28, 2), es el lema de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que se celebra del 18 al 25 de enero de 2020
Puede encontrar los materiales en la página de la Conferencia Episcopal Española
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.