Hermanos:
Temamos, no sea que, estando aún en vigor la promesa de entrar en su descanso, alguno de vosotros crea haber perdido la oportunidad.
También nosotros hemos recibido la buena noticia, igual que ellos; pero el mensaje que oyeron no les sirvió de nada a quienes no se adhirieron por La fe a los que lo habían escuchado.
Así pues, los creyentes entremos en el descanso, de acuerdo con lo dicho:
«He jurado en mi cólera que no entrarán en mi descanso», y eso que sus obras estaban terminadas desde la creación del mundo.
Acerca del día séptimo se dijo:
«Y descansó Dios el día séptimo de todo el trabajo que había hecho».
En nuestro pasaje añade:
«No entrarán en mi descanso».
Empeñémonos, por tanto, en entrar en aquel descanso, para que nadie caiga, imitando aquella desobediencia.
Lo que oímos y aprendimos,
lo que nuestros padres nos contaron,
lo contaremos a la futura generación:
las alabanzas del Señor, su poder. R/.
Que surjan y lo cuenten a sus hijos,
para que pongan en Dios su confianza
y no olviden las acciones de Dios,
sino que guarden sus mandamiento. R/.
Para que no imiten a sus padres,
generación rebelde y pertinaz;
generación de corazón inconstante,
de espíritu infiel a Dios. R/.
Cuando a los pocos días entró Jesús en Cafarnaún, se supo que estaba en casa.
Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Y les proponía la palabra.
Y vinieron trayéndole un paralítico llevado entre cuatro y, como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dice al paralítico:
«Hijo, tus pecados te son perdonados».
Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros:
«¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo uno, Dios?».
Jesús se dio cuenta enseguida de lo que pensaban y les dijo:
«¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son perdonados” o decir: “Levántate, coge la camilla y echa a andar”?
Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados -dice al paralítico-:
“Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”».
Se levantó, cogió inmediatamente la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo:
«Nunca hemos visto una cosa igual».
Permitidme que hoy hagamos una lectura continuada de la Lectura de los Hebreos y del Evangelio de Mateo. Permitidme también un lenguaje más íntimo que de constumbre.
Cuando uno descubre la fe en Dios, descubre también la dimensión de su promesa: la de entrar en su descanso. Lo cual nos lleva a comprender que el descanso de Dios en la creación no fue el término de la misma, sino el momento de contemplar todo lo creado por amor. El descanso es contemplar lo creado, disfrutar de la presencia y la gracia de Dios.
Lo que finalizó fue el hecho de la llamada de Dios para que todos los seres se advinieran a la vida. Sin embargo, su Palabra, tras lo que “Dijo Dios” y proclamar la bondad de su existencia, resuena eternamente. Aún resuena la palabra creadora por los siglos, como promesa y realización, para que todos puedan entrar en su descanso. La obra creadora no ha terminado, porque es una obra a realizar por toda la eternidad; Dios aún sigue proclamando la bondad de la creación; su eco no es ensordecedor, al contrario, hace oír a los que se muestran sordos por su rebeldía.
Y, ¿qué tal si contemplamos la muerte como una llamada al descanso con Dios? La muerte la contemplamos con miedo, por cuanto nos es desconocida, por cuanto supone abandonarnos confiadamente en las manos de Dios, por cuanto supone la reducción total de todo el control y protagonismo de lo que somos y cuanto somos. Es la hora de Dios, del diálogo definitivo con la verdad y el amor que Dios nos propone.
Es cierto, me da miedo morir, abandonar este mundo; pero, en Él confío, y sé que cuando llegue la hora definitiva de mi encuentro con el Padre, sabré responder a su diálogo de amor con un simple asentimiento a su voluntad. No queda otra que abandonarse al amor definitivo, a su inmensidad. La muerte es una propuesta definitiva de amor: “Venid benditos de mi Padre…”. Sólo espero haber respondido en esta vida con la verdad de ese amor ofrecido. Hambrientos, desnudos, presos, pobres y enfermos seréis mis profetas de esperanza o de denuncia. Sólo espero haber atinado con mi actitud cuando con sinceridad he cuidado de algún hermano vuestro…
No sé si he tenido el suficiente valor de buscar a Dios en la multitud, ni tampoco sé si el coraje para vivir la fe ha sido el necesario. Sólo le pido a Dios que me libere de las cadenas del miedo que me atrapa, y de la cobardía que paralizó mis manos, mi mente y mi corazón, para enarbolar con valentía la palabra única que siempre he pronunciado: “Cristo habita en mí, como la vida misma, como el relato divino que Dios ha querido pronunciar con mis pasos en esta humanidad”.
El Evangelio de hoy nos muestra a unos individuos haciendo un hueco por el techo de una casa para acceder a Jesús, y permitir que un paralítico se encontrara con Él. La gente impedía su paso. Hay muchas cosas y mucha gente que nos impiden acceder al perdón, a la palabra de sanación (Como los escribas del Evangelio) ¡Cuánta liberación hay con la palabra perdón! A veces se llevan cargas innecesarias en la vida, que no nos permiten ponernos en pie y caminar.
Permitidme que traiga a colación un poema de Eladia Blázquez, y que canta Mercedes Sosa, titulado: ¡Honrar la Vida!
No! Permanecer y transcurrir No siempre quiere sugerir Honrar la vida!
Hay tanta pequeña vanidad En nuestra tonta humanidad Enceguecida
Merecer la vida es erguirse vertical Más allá del mal, de las caídas Es igual que darle a la verdad Y a nuestra propia libertad La bienvenida!
Eso de durar y transcurrir No nos da derecho a presumir Porque no es lo mismo que vivir Honrar la vida!
¡Merecer la vida es erguirse en vertical! Siempre he pensado en esta frase, como un ponerme de pie al lado de Dios, más allá del mal que soporte, y las caídas que sufra. No tengo derecho a presumir porque no sé si he podido honrar la vida junto a Dios. Pero sí sé, que he creído profundamente en Él para conseguir la calma y la serenidad necesarias para enfrentar el dolor de mi gente, de mis amigos, con la escucha y el consuelo. Unas veces con una palabra de ternura, otras veces con una palabra de sincera verdad.
El Evangelio añade: Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralitico: “Hijo tus pecados quedan perdonados”.
San Francisco Fernández de Capillas

Llevó el nombre de Cristo a los pueblos de Filipinas y del sur de China. Fue religioso de gran mansedumbre, modestia y fervor apostólico. Murió decapitado en la persecución de los tártaros, después de larga prisión con azotes y crueles tormentos, en Fogan, el 15 de enero de 1648, siendo el protomártir de China
Presbítero (1607-1648), nació en Baquerín de Campos (Palencia, España), y era hijo del convento de San Pablo de Valladolid. Llevó el nombre de Cristo a los pueblos de Filipinas y del sur de China. Fue religioso de gran mansedumbre, modestia y fervor apostólico. Murió decapitado en la persecución de los tártaros, después de larga prisión con azotes y crueles tormentos, en Fogan, el 15 de enero de 1648, siendo el protomártir de China. La reliquia de su cabeza se venera en la iglesia de San Pablo de Valladolid. Fue beatificado el 2 de mayo de 1909. Canonizado el 1 de octubre del 2000 por el Papa Juan Pablo II.
Más información: Grandes figuras
S. Pedro Sans y Jorda, obispo (1680-1747), nació en Aseó (Tarragona) y era hijo del convento de Lérida. Llegó a China en 1715 y fue nombrado obispo en 1729. Tuvo gran humildad, audacia y fervor misionero. Tras larga y dura prisión murió decapitado el 26 de mayo de 1747.
S. Francisco Serrano Frías, obispo designado (1695-1748), nació en Huériya (Granada) y era hijo del convento de Santa Cruz la Real de Granada. Llegó a China en 1738 y fue apresado en 1746, y en prisión recibe el nombramiento de obispo, aunque no pudo ser consagrado. Tuvo gran austeridad, devoción al rosario y fervor misionero. Murió por asfixia y luego su cuerpo fue quemado el 25 de octubre de 1748.
S. Juan Alcober Figuera, presbítero (1694-1748), nació en Granada y era hijo del convento de Santa Cruz la Real de Granada. En 1741 era vicario de la misión de China. Trabajó con gran eficacia apostólica. Apresado en 1746, murió ahorcado el 28 de octubre de 1748.
S. Joaquín Royo Pérez, presbítero (1691-1748), nació en Hinojosa (Teruel) y era hijo del convento del Pilar y más tarde del de Predicadores de Valencia. Entró en China en 1715. Tuvo gran piedad y actividad misionera. Apresado en 1746, mu rió asfixiado el 28 de octubre de 1748.
S. Francisco Díaz del Rincón, presbítero (1713-1748), nació en Sevilla y era hijo del convento de Écija. Llegó a China en 1738. Era religioso de gran piedad y extraordinaria penitencia. Apresado en 1746, murió ahorcado el 28 de octubre de 1748.
Todos ellos murieron mártires en Fochow (China) unidos en la misma fe, en los mismos sufrimientos y en la misma Familia: la dominicana. Sus restos se veneraban en Manila en la iglesia de Santo Domingo, destruida en la guerra en 1941. Fueron beatificados el 14 de mayo de 1893. Canonizados el 1 de octubre del 2000 por el Papa Juan Pablo II.
Más información: Grandes figuras. Mártires de China
Oh Dios lleno de misericordia,
que diste al beato Francisco
y compañeros mártires
una vida llena de amor a tu nombre
y una gran fortaleza
en la predicación de la fe;
haz que, por su intercesión,
tu nombre se extienda
en las tierras que evangelizaron,
y vivamos constantes en la fe
que ellos sellaron con su sangre.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.
Al recordar el martirio
del beato Francisco y compañeros
concédenos, Señor,
anunciar dignamente la muerte de tu Hijo,
que no sólo exhortó de palabra
a los que iban a ser sus testigos,
sino que los precedió con el ejemplo.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Señor, hemos celebrado
con el banquete divino
la victoria de tus mártires,
el beato Francisco y compañeros;
te rogamos ahora que,
a quienes hemos comido el pan de vida,
nos ayudes a vencer en la lucha,
y, como a vencedores,
nos permitas comer
del árbol de la vida en el paraíso.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Liturgia de las horas. Propio de la Orden de Predicadores.