Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago.
Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor.
No juzgará por apariencias ni sentenciará de oídas; juzgará a los pobres con justicia, sentenciará con rectitud a los sencillos de la tierra; pero golpeará al violento con la vara de su boca, y con el soplo de sus labios hará morir al malvado.
La justicia será ceñidor de su cintura, y la lealtad, cinturón de sus caderas.
Habitará el lobo con el cordero, el leopardo se tumbará con el cabrito, el ternero y el león pacerán juntos: un muchacho será su pastor.
La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león como el buey, comerá paja.
El niño de pecho retozará junto al escondrijo de la serpiente, y el recién destetado extiende la mano hacia la madriguera del áspid.
Nadie causará daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país del conocimiento del Señor, como las aguas colman el mar.
Aquel día, la raíz de Jesé será elevada como enseña de los pueblos: se volverán hacia ella las naciones y será gloriosa su morada.
Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud. R/.
En sus días florezca la justicia
y la paz hasta que falte la luna;
domine de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra. R/.
Él librará al pobre que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente,
y salvará la vida de los pobres. R/.
Que su nombre sea eterno,
y su fama dure como el sol;
él sea la bendición de todos los pueblos,
y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra. R/.
En aquella hora Jesús se llenó de la alegría en el Espíritu Santo y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte:
«¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron».
Isaías, por tercera vez, anuncia la llegada del Mesías, el nuevo David que salvará a su pueblo del pecado y su corrupción, e iniciará una nueva era, “la paz mesiánica”. Proclamada en el tiempo de Adviento y en las tristes circunstancias en la que el mundo se encuentra, la Palabra de Dios nos invita a la esperanza.
No se trata solo de una espera ilusionada o de un simple anhelo de tiempos mejores, sino que el propio Dios, por boca de Isaías, está anunciando una nueva realidad donde lo imposible se hace evidencia tangible.
El renuevo de quien nos habla Isaías no es otro que Jesús, el Hijo de Dios, que, lleno del Espíritu, hace “nuevas” todas las cosas, recrea un nuevo concepto de justicia, plantea un horizonte revolucionario de Salvación, un ámbito de amor en el que Dios pueda reinar.
Los 72 discípulos que Jesús había enviado a predicar llegaban llenos de alegría por el éxito de su predicación. Lucas nos refiere que fue un momento de muy especial presencia del Espíritu Santo en la naciente comunidad y Jesús, lleno de esa alegría inefable, agradece al Padre esta revelación.
Solo el Espíritu Santo hace nacer y, sobre todo, mantener la esperanza aun en tiempos difíciles. Nos hace descubrir lo que la simple mirada o el docto entendimiento no logran. Como decía Saint-Exupery en “El principito”, lo esencial es invisible a los ojos. Jesús ha venido precisamente a llenar con la luz de la fe a un mundo oscurecido por un mal endémico arraigado en el corazón de los hombres. No pocas veces reprochó esta ceguera a escribas y fariseos, echándoles en cara su responsabilidad para con el pueblo al que “guiaban”.
A este nuevo modo de “ver” nos invita el Señor en el Adviento. No se trata de esperar sin más, sino de una esperanza activa, vigilante, comprometedora. Sin esta actitud, la Estrella no nos guiará a Belén, ni veremos con los ojos iluminados por el Espíritu la Epifanía del Señor, del Enmanuel. Solo “los limpios de corazón” pueden “ver” a Dios.
Buen ejemplo de esta actitud es el beato fray Juan de Vercelli, cuya memoria celebra hoy la Orden de Predicadores. Vivió en el siglo XIII y fue ejemplo de santidad de vida y predicación, siendo uno de los grandes impulsores de la devoción al Dulce Nombre de Jesús.
“La Navidad debería ser un tiempo de amnistía para toda mentira, de restañamiento de heridas, de nueva siembra de las viejas esperanzas. Es un tiempo en que todos deberíamos volvernos más jóvenes, estirar la sonrisa, serenar el corazón, descubrir cuan amados somos sin apenas enterarnos, amados por Dios, amados por tantos conocidos y desconocidos amigos”
(José Luis Martín Descalzo “Razones para el amor”)
Beato Juan de Vercelli O.P.

Visitó y reformó incansablemente los conventos de la Orden de Predicadores en toda Europa, sin dispensarse jamás durante sus viajes de los ayunos eclesiásticos y de los de su orden. Fue uno de los primeros propagadores de la devoción al nombre de Jesús, que el Concilio de Lyon recomendó como acto de reparación.
Juan Garbella nació a principios del siglo XIII en Mosso Santa María, cerca de Vercelli (Piamonte, Italia). Profesor de derecho en París y Vercelli, fue atraído por la predicación del beato Jordán, entrando en la Orden en 1220. Fue fundador del convento de Vercelli y provincial de Lombardía.
Elegido sexto Maestro de la Orden en 1264, permaneció en el cargo por voluntad de los capítulos generales durante casi veinte años, siendo dechado de los frailes. Asistió al concilio de Lyon (1274); fue legado del Papa Clemente IV en Italia, Francia y Castilla y renunció al Patriarcado de Jerusalén (1278).
Consultó frecuentemente a santo Tomás. Fue predicador ferviente de la devoción al santo nombre de Jesús. Murió en Montpellier (Francia) el 30 de noviembre de 1283 y, sepultado en la iglesia de la Orden, sus restos fueron destruidos en las luchas religiosas del siglo XVI. Su culto fue confirmado en 1903.
Del Común de pastores o de religiosos.
ORACIÓN COLECTA
Oh Dios, que hiciste
que el beato Juan se distinguiese
por el extraordinario celo
y su admirable prudencia y fortaleza
en promover la Orden de Predicadores;
concédenos, por su intercesión,
que tus hijos sean gobernados
siempre y en todas partes con dirección eficaz.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.
Liturgia de las Horas. Propio de la Orden de Predicadores, Roma 1988