Queridos hermanos, ya que siempre habéis obedecido, no solo cuando yo estaba presente, sino mucho más ahora en mi ausencia, trabajad por vuestra salvación con temor y temblor, porque es Dios quien activa en vosotros el querer y el obrar para realizar su designio de amor.
Cualquier cosa que hagáis sea sin protestas ni discusiones, así seréis irreprochables y sencillos, hijos de Dios sin tacha, en medio de una generación perversa y depravada, entre la cual brilláis como lumbreras del mundo, manteniendo firme la palabra de la vida. Así, en el Día de Cristo, esa será mi gloria, porque mis trabajos no fueron inútiles ni mis fatigas tampoco. Y si mi sangre se ha de derramar, rociando el sacrificio litúrgico que es vuestra fe, yo estoy alegre y me asocio a vuestra alegría; por vuestra parte estad alegres y alegraos conmigo.
El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? R/.
Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo. R/.
Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor. R/.
En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo:
«Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.
Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío.
Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no pudo acabar”.
¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil?
Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.
Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío».
Pablo en la carta a los cristianos de Filipo, recoge el sentido de la obediencia que ha de tener la comunidad no sólo cuando el apóstol está presente, sino también en su ausencia.
Obedecer es asumir el sentir y la orientación que se recibe tanto de la comunidad como la del pastor, siempre en un diálogo mutuo y confiado. En el obedecer damos continuidad a la salvación recibida por Cristo, y según el apóstol, es Dios quien activa el querer y la actividad para realizar su designio de amor.
Es el amor de Dios lo que se ha de mostrar al mundo, el vivir unánimes y acordes con la vida de Cristo, sin rivalidades y ostentaciones, dejándose llevar por la humildad, sin encerrarse a intereses personales.
De esta manera, se podrá brillar como lumbreras del mundo, mostrando una razón para vivir. La fe y el amor son la muestra segura de que estamos siendo un testimonio claro de nuestra esperanza.
No podemos vivir anclados en el pasado de las costumbres, ni podemos navegar a la deriva de nuestros sentires egoístas. El mostrar la razón para vivir nos compromete a considerar y asumir la fe desde un estar presente y activo en el mundo mediante los gestos de amor que nos proporcionamos mutuamente. Gestos de amor que son la rememoración actualizada del amor de Dios a los hombres.
El apóstol Pablo habla de que no se ha fatigado en vano, y ante su posible entrega y sacrificio por la fe se declara alegre y se asocia a la alegría de la comunidad. Mi alegría es vuestra alegría.
De alguna manera, Pablo vive la satisfacción y la alegría de haber entregado su vida a causa del Evangelio, y quiere ver a su comunidad alegre en la esperanza la cual se manifiesta en el día de Cristo, honra de su ser. Es la alegría compartida la que manifestará la presencia de Dios en nuestras vidas.
A veces la vida se presenta como una renuncia, un dejar ir, dejar las cosas en manos de Dios. Hay muchas cosas que no podemos controlar, ni siquiera retener. Nos vemos atrapados en caminos que muestran la despedida.
Hemos de despedirnos de nuestros hijos cuando crecen y asumen su autonomía. Cuando ya no somos los que influyen en su carácter y en sus pensamientos. Cuando asumen su propia libertad y se emancipan. No aceptamos fácilmente que eso pueda suceder, pero es ley de vida.
El Evangelio de hoy nos sitúa en esas coordenadas. El discipulado tiene sus propias exigencias, y adquiere una connotación de alta madurez: Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.
Esperamos desde la fe que Dios nos resuelva la vida de forma inmediata. Sin embargo, Dios te hace protagonista de tu existencia, de tu camino, de tus sufrimientos, de tus enfermedades… Te ofrecerá su luz, y sus fuerzas para que tú seas capaz de construir un camino de amor. Te proporciona las herramientas para que seas el constructor capaz de acabar su obra.
Si ampliamos nuestra mirada hacia el sufrimiento de nuestros hermanos, comprenderemos lo mucho que la gente es capaz de soportar con valentía, y podemos comprender con nuestra mirada cómo muchos son capaces de sobrellevar sus penalidades con la alegría y la esperanza que requiere cada situación. Los cristianos no estamos exentos de la cruz. Incorporamos nuestros sufrimientos a los sufrimientos de Cristo. Por eso, la fe se entiende como renuncia.
La renuncia de todos los bienes, no sólo se aplica a los bienes materiales, también se aplica a las costumbres, a las personas, a las tradiciones, a las comodidades. El seguimiento de Cristo nos incomodará y nos complicará la vida.
Oremos para que seamos capaces de ofrecer la vida a Cristo, aunque ello suponga la renuncia de nuestras comodidades. Que sepamos cargar con nuestros sufrimientos, y así poder ser leales a la salvación ofrecida por Dios.
San Carlos Borromeo

Encarnó el ideal del verdadero pastor de almas, instruido en teología, hombre de vida interior, dedicado a las personas, con ideas claras, con capacidad de idear y realizar programas pastorales, todo al servicio de los fieles. Renunció a numerosos beneficios que acumulaba, llevando un modesto modo de vida, y dedicando lo demás a obras de caridad.
San Carlos Borromeo es una de las grandes glorias del clero católico de todos los tiempos y una de las máximas figuras de un siglo tan lleno de grandes figuras como es el siglo XVI. Tuvo oportunidad para haber sido uno de los muchos eclesiásticos izados a las dignidades eclesiásticas con pompa y atavío de príncipe, pero, de forma consciente y decidida, no quiso ser otra cosa que un pastor de la Iglesia, un hombre entregado por completo al bien espiritual de sus diocesanos. Este amor a la Iglesia lo manifestó ya anteriormente a su episcopado en Milán, cuando disfrutó del puesto de cardenal-sobrino del papa Pío IV, y primó en él el creyente y el eclesiástico por encima del político o el diplomático.
Carlos nació en Arona el 2 de octubre del año 1538, y era hijo del conde Gilberto Borromeo y de su esposa, Margarita de Médicis, cuyo hermano Juan Ángel llegaría a papa con el nombre de Pío IV.
Carlos se dedicó desde joven al estudio, prefiriendo el derecho, materia en la que se doctoraba el año 1559. Para poder disfrutar de varios beneficios que se habían alcanzado para él se había tonsurado, pero no parece que tuviera decidido ser sacerdote. Su aspiración parecía ser la docencia. Pero aquel mismo año de 1559. en que Carlos se doctoraba, era elegido papa su tío, el día mismo de Navidad. Inmediatamente Pío IV llamó a Roma a su joven sobrino de 21 años y el día 31 del mes de diciembre lo creaba cardenal.
Carlos apoyó decididamente a su tío en el empeño de llevar adelante y concluir el Concilio de Trento. Lo volvió a convocar Pío IV el 18 de enero de 1562, y tío y sobrino tuvieron la satisfacción de que se reunieran en Trento más de cien cardenales y obispos, y que las sesiones se celebrasen con normalidad y paz, obviando no obstante numerosas dificultades.
Carlos fue uno de los prelados más empeñados ‘en que, dejando de lado cuestiones bizantinas, quedara en claro la obligación de los obispos de residir en su diócesis, al menos que gravísimas obligaciones –como era su cargo- se lo impidieran. Él llevaba un magnífico trabajo al lado del papa, trabajo que era visto por todos.
Concluido el concilio, el papa Pío IV lo confirmó con la bula Benedictus Deus (1564), y a su lado Carlos no dejaba de urgir al papa para que las disposiciones de reforma se comenzaran a cumplir en seguida. Él dio ejemplo. Redujo a mucho rigor su propia vida, redujo su servidumbre y aparato de la casa, y en la propia Roma, en cuanto pudo, empezó a exigir el cumplimiento de los decretos del concilio, y para que en toda la Iglesia se impusiera la reforma tridentina, Carlos colaboró estrechamente con la Congregación del Concilio. Su íntima amistad con San Felipe Neri sirvió no poco a la obra, tan querida por él, de la reforma del clero, infundiéndole espíritu religioso y apostólico.
En 1565 le dio licencia su tío para que tomase posesión personal de la diócesis milanesa, pero antes de marchar le dio la condición de legado papal ad latere en toda Italia con facultad para impulsar los decretos de Trento. Y en esta doble cualidad de arzobispo y legado papal, se presentó en Milán y, en cuanto tomó posesión, convocó un concilio provincial, al que asistieron once obispos, y en el que se recibieron y acataron los decretos tridentinos al tiempo que se tomaban medidas para facilitar en toda la provincia eclesiástica su cumplimiento.
Su tío Pío IV murió el 9 de diciembre de aquel año 1565, en que Carlos había podido ir a Milán. En cuanto supo la muerte de su tío, volvió a Roma y participó activamente en el cónclave que eligió papa al cardenal dominico Ghislieri, Pío V. Se ha dicho que fue el cardenal Borromeo el que logró imponer la candidatura del dominico. Carlos obtuvo de él la licencia para volver a Milán y, desligado de perentorias obligaciones curiales, poder dedicarse por entero a su diócesis. Era el deseo de su corazón y lo que en conciencia creía que debía hacer para estar de corazón en la línea de Trento.
La diócesis de Milán era inmensa. Tenía nada menos que ochocientas parroquias, un clero que constaba de cinco mil sacerdotes entre seculares y religiosos, y había en todo el territorio diocesano unas cuatro mil religiosas. Sus diócesis sufragáneas eran quince.
Carlos emprendió, con gran celo, la obra de hacer que todo se ajustase al espíritu y la disciplina de Trento, en todos los aspectos.
Comprendió Carlos que tenía que empezar por dar ejemplo de vida arreglada y por ello organizó su casa no como un palacio, sino como el hogar y la curia de un pastor. Los muebles lujosos que halló en el palacio los vendió y los sustituyó por muebles austeros. Impuso un ritmo de vida que a algunos les pareció propio de un convento, como si la austeridad, la piedad y la laboriosidad fueran valores monacales y no también muy propios de quienes son pastores.
Sus colaboradores debían compartir con él la vida de oración, trabajo y austeridad que él llevaba, una vida dirigida a la gloria de Dios y al bien de las almas. Carlos renunció a numerosos beneficios que acumulaba, contentándose con tomar de las rentas del arzobispado lo necesario para el sustento de su modesto modo de vida, dedicando lo demás, como las rentas de su propio peculio personal, a obras de caridad y religión.
La formación de los sacerdotes fue su gran sueño. Fundó el seminario mayor y varios seminarios menores, en orden a garantizar que en unos años iba a tener un clero distinto, y reunificó el clero diocesano suprimiendo el llamado clero decumano. Fundó los que luego se llamaron Oblatos de San Ambrosio, congregación de sacerdotes seculares, para que se hicieran cargo de la dirección de los seminarios. Para el clero suizo fundó el Colegio Helvético.
La reforma pastoral y espiritual la urgió con su famosa visita pastoral a la diócesis, en la que puso tanto empeño y en la que gastó tantas energías. La empezó en 1566. Iba por todas las parroquias fomentando la vida religiosa, la instrucción en la fe, las asociaciones de seglares y no pocas instituciones culturales y sociales. En 1569 hubo un atentado contra su persona, obra de un religioso que se oponía a su labor reformadora.
Carlos encarnó el ideal del verdadero pastor de almas, instruido en teología, hombre de vida interior, dedicado a las almas, con ideas claras, con capacidad de forjar y realizar programas pastorales, todo al servicio de los fieles. No podía soportar que obispos o sacerdotes viviesen para sí, acaparasen prebendas con afán de dinero y quisieran llevar a expensas de su ministerio una buena vida.
Convencido de estos criterios, cuando llegó la peste de 1576-1577 no quiso alejarse un momento de su diócesis, exponiéndose a ser contagiado y a morir, pero estaba muy clara en su mente la advertencia del Señor de que el buen pastor debe dar la vida por sus ovejas. Toda la comunidad cristiana quedó muy edificada de su heroica conducta en tan difíciles circunstancias.
La muerte le llegó a Carlos cuando aún era un hombre joven que podía haber dado de sí mucho más, pero que en los planes de Dios ya había cumplido, y con qué perfección, su providencial tarea. Como todos los años, al comenzar el otoño de 1584, fue al Sacro Monte, de Varalo, para hacer ejercicios espirituales. Después de unos días de entera dedicación a la oración y la contemplación de las cosas divinas, Carlos hacía una confesión general.
El santuario, dedicado a Cristo Doloroso, le era un lugar querido, porque en él lograba remansar su espíritu de tanta actividad, aunque de ordinario él dedicaba diariamente varias horas a la Oración, la misa y el oficio divino. En la segunda quincena de octubre le dieron unas calenturas, y pensó que era mejor volverse a Milán. Llegó a Milán el día 3 de noviembre. Llevado a su cuarto mandó preparar en él un altar, y en cuanto amaneció el día 4 pidió el viático y la extremaunción. Mandó que le rociaran con ceniza y le cubriesen con un cilicio, pues quería estar en una actitud penitente, encomendándose a la misericordia divina.
Corrió por Milán la noticia de la enfermedad del santo obispo y de su gravedad, y la gente acudió a las iglesias a pedir por su salud. Una multitud se agolpaba a las puertas del palacio cuando a las 3 de la tarde Carlos, acompañado de la oración de la Iglesia, entregaba su alma al Señor. Era el 4 de noviembre de 1584.
Enterrado en la catedral, los fieles comienzan a ir a su sepulcro a encomendarse a su protección. Los Oblatos de San Ambrosio promovieron en 1601 su causa de beatificación. Poco después de su beatificación se pasó a su canonización, decretada el 1 de noviembre de 1610 por el papa Pablo V.
José L. Repetto Betes
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.