Después de que Jesús fue levantado al cielo, los apóstoles volvieron a Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado. Cuando llegaron, subieron a la sala superior, donde se alojaban: Pedro y Juan y Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo y Simón el Zelotes y Judas el de Santiago.
Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.
El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? R/.
Si un ejército acampa contra mí,
mi corazón no tiembla;
si me declaran la guerra,
me siento tranquilo. R/.
Una cosa pido al Señor, eso buscaré:
habitar en la casa del Señor por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo. R/.
El me protegerá en su tienda
el día del peligro;
me esconderá en lo escondido de su morada,
me alzará sobre la roca. R/.
En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo:
«Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron».
Pero él dijo:
«Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
Los Apóstoles junto con otros discípulos y algunas mujeres regresan a Jerusalén después de haber asistido a la Ascensión del Señor. Y en la estancia superior perseveraban en la oración. De forma muy discreta se menciona a María la madre de Jesús.
En su síntesis, Lucas nos descubre toda la misión de María. Y también nos descubre cómo tenemos que comportarnos nosotros: permanecer siempre perseverantes en la oración, junto a María; orar en común junto a los que comparten con nosotros la fe y hacerlo bajo la mirada maternal de María es lo que hace crecer la comunión y la esperanza. Ella sostuvo la fe de la Iglesia naciente cuando el Señor volvió después de su Resurrección. La pregunta “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?”, encuentra su respuesta en la actitud de María.
El salmista nos revela que siente su vida iluminada por el Señor en los momentos difíciles y de grave peligro y experimenta su salvación. A quién temeré, se pregunta, si el Señor es la defensa de mi vida. Aunque me declaren la guerra, me siento tranquilo.
Su oración es una contemplación de la protección del Señor hacia él.
Nuestra Señora: ¿no pudo constatar cómo la sombra protectora de Dios la cubría, la protegía en su tienda, la alzaba sobre la roca de su poder omnipotente porque su designio salvador la conducía? Ella dio gloria a Dios.
El Evangelio de hoy es muy breve, leer esos dos versículos solos sorprende, sientes deseos de comprender su significado. Necesitas leer el capítulo 11 de Lucas para conocer de dónde proceden y cuál es su contenido, su sentido exacto y por qué están ahí. Estos dos versículos constituyen el centro de una composición que comienza con una enseñanza a los discípulos: enséñanos a orar. Para ver a Jesús de inmediato ocupado en un exorcismo: Ante el poder liberador de Jesús nos alegramos, y ante las ideas e imágenes que el galileo opone a las calumnias y tentaciones de sus adversarios, ellos le acusan de estar al servicio del mal.
Entra en escena la mujer, y termina el capítulo con un ataque a los fariseos que también piden un signo. Jesús se niega a ofrecerles el signo del cielo que le exigen, en realidad le exigen que elimine la fe y la ambigüedad a toda actividad humana. Jesús les echa en cara a sus oyentes su falta de lucidez espiritual, su falta de fe en las escrituras que hablan de Él. Nos alerta el Evangelio para que no caigamos en la misma ceguera en que cayó la generación de Jesús. Él es más que Salomón y que Jonás.
Pero centrémonos en la mujer. «Estaba él diciendo estas cosas cuando alzó la voz una mujer de entre la gente y dijo: « ¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!»
Es como una brisa llena de gozo que cruza todas las escenas y que expresan toda la belleza que ella ha captado de toda la persona de Jesús. ¿No podemos imaginar su rostro risueño, radiante de luz por la cautivadora belleza del Nazareno? ¿No podemos percibir a la vez la mirada de Jesús mirando con rostro alegre e iluminado mientras le responde a la mujer con una doble bienaventuranza: «Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan.»?
Nos vamos dando cuenta que la doble bienaventuranza proclamada por Jesús nos pone en el centro más nuclear de ser o no creyentes. De aceptar ser discípulos o ser de los que piden signos como fruto de su duda o falta de fe. Me buscáis les dirá Jesús, no porque habéis visto signos, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado.
Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan: Escuchar la palabra de Dios es como el tema principal, sinfonía grandiosa que abarca toda la historia de la humanidad.
No nombró a la mujer que lo llevó en su seno y lo crió a sus pechos, no. Sin embargo, todo hace pensar que quizás sí se refería a ella, a esa mujer que lo acogió en su corazón y en su fe inquebrantable en el Dios de Abrahán, de Isaac y Jacob, al que ella le abrió su vida y su ser para que obrara en ella según el poder de su palabra…. ¿Qué tiene su palabra? Nada puede resistir a su voz. Hace todo cuanto dice. Ella así lo había aprendido escuchando en la sinagoga la palabra de Dios. Ella lo sabía y lo creía, y se lo comunicó a Gabriel emisario de Dios: Hágase en mí según tu palabra. Según la palabra del que te ha enviado.
Ella acogió la palabra haciéndola carne y vida de su vida. La escuchó, la contempló creciendo, la guardó rumiándola toda su vida, hasta en las horas más negras y dolorosas, creyó con el poder del que la guardaba a su sombra. No puso condiciones, sino que abrió su ser para que en ella mostrara su omnipotente poder, el designio salvador de su corazón.
Nuestra Señora del Pilar

La Virgen del Pilar es una advocación mariana cuya imagen original se encuentra en la Basílica del Pilar de Zaragoza. La tradición la une al apóstol Santiago a quien la Virgen se aparecería en Zaragoza. En esta tradición se advierte la afirmación implícita de los orígenes apostólicos de la fe cristiana y de la veneración a la Virgen María
Durante muchos siglos el santuario dedicado a la Virgen del Pilar, ha sido centro de vida espiritual no sólo de la diócesis de Zaragoza, de todo Aragón y de España, sino también de las naciones hermanas de Hispanoamérica y de muchos millones de fieles devotos de la Virgen del Pilar en todo el mundo.
Según una piadosa tradición la Virgen Santísima se apareció cuando ella aún vivía, en carne mortal, al apóstol Santiago el Mayor que se hallaba predicando la fe cristiana a orillas del río Ebro en Zaragoza.
Se carece de testimonios claros que comprueben la verdad histórica de esta tradición secular.
La primera consignación escrita que se conoce de la tradición de la aparición de la Virgen a Santiago es un texto latino de finales del siglo XIII. Se encuentra en los folios finales de un códice en pergamino de los Moralia de Job, de San Gregorio Magno, conservado siempre celosamente en el archivo de la iglesia de Santa María, por la vinculación de esta obra al recuerdo del obispo Tajón de Zaragoza, en el siglo VII. Éste, siendo aún presbítero, viajó a Roma en tiempos del rey Chindasvinto con la finalidad exclusiva de traer a España códices de las obras del papa San Gregorio Magno.
El códice mencionado es coetáneo de la Bula Mirabilis Deus del papa Bonifacio VIII, de 12 de junio de 1296, que concede indulgencias a los que visiten la iglesia de Santa María en unas fiestas determinadas, y de la Salvaguardia de los jurados de Zaragoza, de 27 de mayo de 1299, eximiendo de pagar prendas a los peregrinos a “Santa María del Pilar”.
[…] El primer documento conocido en que se menciona el nombre de Santa María del Pilar data solamente del 27 de marzo de 1299, expedido en Zaragoza a favor de los peregrinos que acudían a postrarse ante la Virgen. El documento base, que narra la aparición de la Virgen a Santiago, es un códice del archivo del Pilar que algunos lo hacen contemporáneo de `rajón, obispo de Zaragoza (651), si bien el padre Risco lo sitúa entre finales del siglo XIII y principios del XIV (ES 30, 81). Este documento es la fuente en la que han bebido los posteriores, incluso los documentos pontificios, sin exceptuar el diploma de Calixto III donde narra la tradición histórica del Pilar (23-IX-1456). Cuantos lo han estudiado reconocen su carácter legendario.
La devoción de la Virgen del Pilar es y ha sido extraordinaria y esto constituye su mayor valor en la historia de la Iglesia.
Veamos algunos ejemplos; el 26 de octubre de 1459, Juan II de Aragón y Navarra concede nuevos privilegios al templo y toma a la Virgen como protectora y salvaguardia de sus personas y bienes. En 1492, año de la conquista de Granada y del descubrimiento de América, Fernando el Católico se honra de ser cofrade de la Virgen del Pilar y dedica en Granada una capilla a esta advocación.
Los sumos pontífices aprobaron esta devoción, entre ellos Clemente VII (1529), Pablo IV (1558) y Sixto V (1588) que admitieron en sus bulas la piadosa tradición.
En 1573 se formaron los estatutos de la Cofradía de Santa María del Pilar, que existía ya muchos años antes, incluso en Sevilla y Manresa, donde se fundó en 1504. El 12 de mayo de 1619 la ciudad de Zaragoza hizo el voto de la Inmaculada a los pies de la Virgen del Pilar. En la noche del 29 de mayo de 1640 se obró, por intercesión de la Virgen del Pilar, el gran milagro de restituir la pierna derecha, que le había sido amputada en el Hospital de Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza a fines de octubre de 1637, al joven Miguel Juan Pellicer, mientras dormía en su casa de Calanda. Este milagro, constatado por los cirujanos que amputaron la pierna y atestiguado en acta notarial, tuvo una gran repercusión en toda Europa, y es uno de los milagros más grandes de la hagiografía moderna.
El 13 de octubre de 1640 Zaragoza hace voto de guardar el día 12 de octubre en memoria de la aparición, y el 27 de mayo de 1642 nombran a la Virgen del Pilar patrona de la ciudad. Las Cortes del Reino de Aragón de 1680 resolvieron pedir a Roma oficio propio de la Virgen con la historia de la aparición. Este oficio fue concedido el 7 de agosto de 1723.
Dada la gran devoción de Carlos II y su hermano Juan de Austria, virrey y capitán general de Aragón, decidieron renovar el antiguo templo y capilla. Al templo románico, recibido bajo la protección del papa Eugenio III en 1146 y destruido en un incendio en 1434, siguió el gótico, levantado en 1515, «templo suntuoso –según Blasco de Lanuza– que hoy gozamos en nuestra ciudad…» arrimado por un lado a la santa capilla o al claustro que está delante de ella, y por el otro a la grande y vistosa plaza que decimos de Nuestra Señora del Pilar, siguió el suntuoso templo barroco, comenzado en 25 de julio de 1681. Fue encargada la obra al arquitecto Herrera. Después introdujo varias mejoras al proyecto el arquitecto Ventura Rodríguez. La obra de pintura de las bóvedas fue dirigida por Montañés. Pintores como Antonio González Velázquez y Francisco de Goya y Lucientes dejaron huellas imperecederas de su genio artístico en este nuevo templo que fue consagrado por el cardenal García Cuesta, arzobispo de Santiago de Compostela, el 10 de octubre de 1872. La imagen de la Virgen del Pilar que, según recientes investigaciones, es de madera frondosa y por el estilo es de finales del siglo XIV, reposa sobre una columna de mármol cubierta de plata y bronce, está situada en la Santa Capilla de la Basílica. […]
Se puede decir -recapitulando lo que hemos expuesto-que los fieles, guiados por el sentido de la fe -el sensus fidei– saben distinguir, quizás sin formularlo explícitamente, entre el valor que hay que dar a una tradición piadosa secular corno la que se refiere a la aparición de la Virgen a Santiago Apóstol en Zaragoza y la Tradición viva de la Iglesia, la gran Tradición de la Iglesia, que juntamente con la Sagrada Escritura nos transmite la revelación pública de Dios. El amor a la Virgen Santísima tiene su fundamento en lo que Dios nos ha comunicado en la Sagrada Escritura y en la gran Tradición, interpretadas de modo auténtico por el Magisterio de la Iglesia. Pero esto no quiere decir que carezcan de valor las tradiciones piadosas que, aunque muchas veces no pueden ser confirmadas con documentos históricos seguros, pueden ser vehículo de verdadera devoción a la Virgen Santísima y de amor sincero a Jesucristo nuestro Señor.
La tradición pilarista no pertenece al contenido dogmático de la fe cristiana ni tiene la confirmación histórica deseable, sin embargo nada impide que los devotos de la Virgen del Pilar puedan aceptarla como una tradición piadosa y venerable. No es difícil advertir en esta tradición la afirmación implícita de los orígenes apostólicos de la fe cristiana y de la veneración a la Virgen María. Hablar de la «Venida» de la Virgen a Zaragoza es aludir a la verdad teológica de la presencia de la Virgen en la Iglesia, en cada Iglesia particular.
Según nos decía el papa Pablo VI en su exhortación apostólica Marialis cultus (2 de febrero de 1974): «La acción de la Iglesia en el mundo es como una prolongación de la solicitud de María: en efecto, el amor operante de María, la Virgen, en casa de Isabel, en Caná, sobre el Gólgota —momentos todos ellos salvíficos de gran alcance eclesial— encuentra su continuidad en el ansia materna de la Iglesia porque todos los hombres lleguen a la verdad (Cf. 1Tm 2, 2), en su solicitud para con los humildes, los pobres, los débiles, en su empeño constante por la paz y la concordia social, en su prodigarse para que todos los hombres participen de la salvación merecida para ellos por la muerte de Cristo. «De este modo el amor a la Iglesia se traducirá en amor a María y viceversa» (n. 228).
Elías Yanes Álvarez
Arzobispo de Zaragoza
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.