Disfruta mientras eres muchacho y pásalo bien en la juventud; déjate llevar del corazón y de lo que te recrea la vista; pero sábete que Dios te llevará a juicio para dar cuenta de todo.
Rechaza las penas del corazón y rehúye los dolores del cuerpo: adolescencia y juventud son efímeras.
Acuérdate de tu Creador en tus años mozos, antes de que lleguen los días aciagos y te alcancen los años en que digas: «No les saco gusto»; antes de que se oscurezcan el sol, la luz, la luna y las estrellas, y tras la lluvia vuelva el nublado.
Ese día temblarán los guardianes de la casa, y los valientes se encorvarán; las que muelen serán pocas y se pararán; los que miran por las ventanas se ofuscarán; las puertas de la calle se cerrarán y el ruido del molino será solo un eco; se debilitará el canto de los pájaros, las canciones se irán apagando; darán miedo las alturas y en las calles rondarán los terrores; cuando florezca el almendro y se arrastre la langosta y sea ineficaz la alcaparra; porque el hombre va a la morada de su eternidad y el cortejo fúnebre recorre las calles.
Antes de que se rompa el hilo de plata y se destroce la copa de oro, y se quiebre el cántaro en la fuente y se raje la polea del pozo, y el polvo vuelva a la tierra que fue, y el espíritu vuelva al Dios que lo dio.
Vanidad de vanidades, dice Qohélet, vanidad de vanidades, todo es vanidad.
Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornad, hijos de Adán».
Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó;
una vela nocturna. R/.
Si tú los retiras
son como un sueño,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca. R/.
Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos. R/.
Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.
Sí, haga prósperas las obras de nuestras manos. R/.
En aquel tiempo, entre la admiración general por lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos:
«Meteos bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres».
Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido.
Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto.
Difícil, hoy, Señor, esta lectura que la Iglesia hoy proclama.
Nos habla de la niñez y la juventud, de todo lo que podemos y debemos hacer en ese período de nuestra vida, y de la madurez, cuando ya no nos queden fuerzas, cuando nuestro cuerpo esté pronto a ser polvo.
Importante el mensaje que nos da para los jóvenes… es el momento de vivir, de disfrutar, de llenarnos; es un momento muy importante en toda la vida: es el momento del discernimiento, de pedirle a Dios que robustezca nuestra alma, de llenarnos del Espíritu Santo y crear las raíces de nuestra vida futura. Hay que aprovechar ese tiempo, ponernos en manos de Dios y formarnos para nuestro futuro.
Pero también los adultos tenemos nuestra juventud: cada día nos debemos renovar. Por la mañana debemos llenarnos de Dios, de su Espíritu, para poder vaciarnos durante el día, poder darnos a los demás. Nuestra juventud está en el deseo de aprender, de escuchar, y nuestra madurez está en la entrega. Así, cuando llegue la noche y venga el descanso, podremos decir que hemos tenido un día pleno y podremos ofrecerle a Dios nuestra vida llena.
Un pasaje muy breve el que este sábado nos proclama la Iglesia. Jesús anuncia a sus amigos lo que le va a ocurrir… “el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres”, y ellos tenían miedo a preguntarle.
¿Y nosotros? ¿Tenemos miedo a preguntarle y preguntarnos cuando lo entregamos?
Hoy la Iglesia nos invita a reflexionar sobre los miedos que nos impiden avanzar. Nos invita a pararnos a pensar cuántas veces, cómo y cuándo entregamos a Jesús, traicionamos a Jesús.
El miedo forma parte de la condición humana, y nos hace actuar como no querríamos. El miedo nos paraliza, nos hace dejar de ser nosotros mismos, pues, uno puede tener convicciones fuertes y profundas, pero llega un momento en el que se encuentra acorralado, acusado, coaccionado… y el miedo puede llegar a traicionar esas convicciones fuertes y profundas.
También, cuando tenemos que dar testimonio de nuestra fe, podemos sentirnos amenazados por el miedo al ridículo, por la vergüenza, por el miedo al qué dirán, por el miedo a ser señalado con el dedo… y en esos momentos, si bien no negamos, el miedo puede hacer que callemos, que no profesemos públicamente nuestras convicciones, nuestra fe.
En estas circunstancias Jesús nos dice: sed valientes, no tengáis miedo, porque yo os ayudo; mi gracia, mi fuerza, mi amistad está a vuestro lado siempre.
Si no superamos nuestros miedos no podremos vivir plenamente, y una forma de poder vivir plenamente nuestra vida es parándonos a ver qué actitudes y situaciones nos bloquean y nos paralizan.
Mirar a Dios cara a cara, ponernos en sus manos, pedirle que nos ilumine, que nos haga ver nuestra discapacidad, y pedirle valor para cambiar lo que haya que cambiar, eso es lo que en estos momentos podemos y debemos hacer para superar nuestros miedos.
Señor, en este día, cuando ya hemos retornado a la rutina después de las vacaciones, haz que todo en mí sea nuevo: nuevas esperanzas, nuevas ganas de vivir, nuevas ilusiones, nuevos deseos… y que esto me acerque un poco más a ti. Abre mis ojos, mis labios y mi corazón para poder acoger tu Palabra, y que ésta sea alimento para mi alma y para mi vida.