Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial.
Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna.
A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí. R/.
Sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame. R/.
Sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo.
A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás. R/.
Pero yo confío en ti, Señor,
te digo: «Tú eres mi Dios».
En tu mano están mis azares:
líbrame de los enemigos que me persiguen. R/.
Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para los que te temen,
y concedes a los que a ti se acogen a la vista de todos. R/.
En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena.
Jesús, al ver a su madre, y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre:
– "Mujer, ahí tienes a tu hijo".
Luego dijo al discípulo:
– "Ahí tienes a tu madre".
Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.
Al día siguiente de la fiesta de la Invención de la Cruz, la Iglesia ha situado la festividad de Nª Sª de los Dolores, íntimamente emparentada con aquélla. Y ha elegido unas lecturas de acuerdo con estas referencias a la Cruz de Jesús.
La carta a los Hebreos compara el sacerdocio de Cristo con el antiguo sacerdocio de Aarón, caracterizado por dos rasgos: la pertenencia a la humanidad, a la que representa delante de Dios, y la comunión con Dios, ante quien el sacerdote intercede por la humanidad.
Cristo pertenece a la humanidad, es humano él mismo. Eso significa que participa de la fragilidad de la condición humana, y en consecuencia que es capaz de asumirla y de comprender a quienes están afectados por ella en la debilidad y en el pecado. Como sacerdote, su ministerio hace referencia muy directa a la ofrenda de dones y sacrificios. Su oración y su sufrimiento son la expresión de esa ofrenda. Por medio de ella, en obediencia al Padre, lleva a cabo el restablecimiento de las relaciones entre los hombres y Dios, eliminando lo que los distancia, el pecado.
Así pues, esta festividad de María nos acerca al misterio del sacerdocio de su Hijo, a su obra de reconciliación de la humanidad con Dios. El dolor de María es mucho más que un sufrimiento individual. Es el testimonio de la entrega de Jesús por nosotros en el altar de la cruz, con su madre participando en esa entrega, como nos describe el evangelio de hoy.
Contemplamos en esta escena a una madre que ve morir a su hijo clavado en una cruz. ¿Hay dolor semejante a ese dolor? Esa madre es, en este evangelio, María de Nazaret, la Madre de Jesús, el Cristo. Una mujer no sólo presente, sino asociada al suplicio que su Hijo sufre por la humanidad. El sufrimiento de ambos se funde en una aceptación y una entrega a la voluntad de los hombres, que matan por odio e ignorancia, y a la voluntad de Dios, que consiente esa ignominia, pero que libera de la muerte y perdona ese pecado.
María es también, en esa escena, símbolo de la Iglesia. El discípulo amado, que está también al pie de la cruz y acoge a María por encargo de Jesús, representa a los creyentes, que acogen como algo suyo a la Iglesia, que se sienten unidos a ella porque son parte de ella.
Como madre de Jesús, que es Dios, María suscita respeto y veneración en la comunidad. De ahí deriva toda la devoción que los cristianos, especialmente los católicos, han tenido desde muy antiguo a la que llamamos Santísima Virgen. Es una actitud que ha arraigado profundamente en el corazón de los fieles, que la han visto siempre como Madre espiritual recibida del mismo Cristo.
Como símbolo de la Iglesia, los cristianos se ven reflejados en ella, porque es el mejor ejemplo de seguimiento de Cristo sobre la tierra, y es a la vez signo de consuelo y de esperanza cierta para el pueblo que peregrina hacia el cielo. Nos invita a seguir sus pasos sin rechazar el sufrimiento, aceptándolo como una forma de estar nosotros también al pie de la cruz, prolongando como Iglesia la obra de reconciliación humano-divina que él vino a realizar y que continúa realizando a través de sus discípulos.
¿Entendemos también nosotros así nuestro sacerdocio bautismal? Nuestra devoción a María ¿responde a esa invitación a seguir sus pasos?
Nuestra Sra. la Virgen de los Dolores

La fiesta, o «memoria» de Nuestra Señora de los Dolores se celebra el día siguiente a la celebración de la «Exaltación de la Santa Cruz» recordando la especial relación que la Virgen María tiene con la cruz, en que murió su Hijo, clavado en sus brazos, y el contenido teológico, espiritual y simbólico que tiene la escena del Calvario
La fiesta, o «memoria» de Nuestra Señora de los Dolores se celebra en la Iglesia católica el día 15 de septiembre, el día siguiente a la celebración de la «Exaltación de la Santa Cruz». La razón de esta celebración y su ubicación en el calendario litúrgico obedece a un mismo postulado: la relación especialísima que la Virgen María tiene con la cruz, en que murió su Hijo, clavado en sus brazos, y el contenido teológico, espiritual y simbólico que tiene la escena del Calvario. Establecida así su celebración, esta fiesta mantiene y continúa esa relación mística, formando casi una unidad también simbólica con la exaltación de la santa Cruz.
Los criterios que orientaron la reforma de la liturgia de la Iglesia en la época postconciliar —la era del papa Pablo VI— tuvieron en cuenta esa relación de María con el Cristo doliente. En el fondo, esta relación en sentido universal, es una enseñanza del Concilio Vaticano II, y de la mariología del post-concilio. Pablo VI se hizo eco de esto en la exhortación apostólica Marialis cultus (2, 2, 1974). La liturgia renovada debía poner de relieve la celebración de la historia, o de la obra de la Salvación, conmemorando los tiempos especialmente significativos, como Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua…, las solemnidades del Señor y de la Virgen María, y también las celebraciones que conmemoran acontecimientos salvíficos, entre los cuales, después de las fiestas del ciclo de Navidad y la fiesta de la Visitación, Pablo VI recuerda la memoria de la Virgen Dolorosa: «ocasión propicia para revivir un momento decisivo de la historia de la salvación, y para venerar, junto con el Hijo exaltado en la Cruz, a la madre que comparte su dolor» (Marialis cultos, MC, 7).
En estas palabras del papa se insinúa una de las razones determinantes de la celebración de este misterio en la liturgia actual, y de su inclusión en el calendario litúrgico, aparte de su valor histórico. La celebración de Nuestra Señora de los Dolores es un complemento de la celebración de la «Exaltación de la Santa Cruz». Sin ella quedaría incompleta para el pueblo cristiano la contemplación amorosa y devota de la Cruz de Cristo y la visión de su muerte en la Cruz, y de su misma exaltación victoriosa. Porque la Virgen María estuvo íntimamente asociada a su hijo en la obra de la salvación desde su predestinación eterna antes de la creación del mundo, en el mismo decreto de la Encarnación.
Desde su predestinación María formó una unidad de salvación en los designios salvíficos de Dios, juntamente con su Hijo. En la realización en el tiempo de la redención del género humano, ella colaboró con su Hijo y bajo él, en frase del Vaticano II (LG, 56), en la redención de los hombres, en una unión indisoluble con él. Por esto es nuestra Madre en el orden de la gracia.
Uno de los momentos más importantes de la asociación de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación fue aquel en que la Madre padeció el dolor y los sufrimientos de su amado Hijo, en primer lugar en la circuncisión y en su presentación en el templo, y sobre todo en los días de la pasión y de su muerte en la Cruz.
El sensus fidelium, o el sensus Ecclesiae –que es lo mismo–, ha reconocido siempre esta asociación de la Madre con el Hijo en la historia de la salvación, y en particular en los momentos de dolor y en los misterios de carácter y de valor propiamente sacrificial. Por eso, la Iglesia, desde la época de los Santos Padres, ha recordado con devota veneración los dolores de Nuestra Señora, interpretando la profecía de Simeón, y contemplando teológicamente el misterio de la Cruz. Orígenes y los escritores orientales principalmente vieron en la «espada de dolor» el símbolo de los dolores de la Madre del Mesías.
A partir del siglo VIII, los escritores eclesiásticos hablan de la «compasión» de la Virgen, es decir: de su participación en los dolores del crucificado, o de su «compadecimiento». Desde el siglo XII se dio culto a los cinco dolores de María, que más tarde pasaron a ser siete, La multiplicación de himnos de carácter religioso, composiciones poéticas en forma de «lamentaciones» o llanto de María», que dan lugar a un género de literatura muy peculiar, de carácter cultual: los planctus Mariae, que en parte pasan a las liturgias locales en la Edad Media, son un testimonio la devoción que el pueblo fiel profesaba a la Virgen Dolorosa.
La fiesta litúrgica propiamente dicha de la Virgen de los Dolores comenzó a celebrarse en Occidente en la Edad Media. Primero se celebraba como una conmemoración que se hacía después de la celebración de la Pascua, ya que no había habido lugar en otros días, por su asociación con Cristo en la pasión. No se sabe cuándo ni dónde se introdujo esta conmemoración de la «Commendatio Beatae Mariae Virginis, que era un recuerdo de la Virgen en el Calvario, y de la encomienda que Jesús había hecho de ella a su discípulo Amado desde la Cruz.
En el siglo XIII los servitas, o siervos de María, celebraban ya la «commendation, o recuerdo de María bajo la Cruz, con oficio especial y misa. En el siglo XIV consta que se celebraba una fiesta litúrgica en Alemania el viernes después del tercer domingo de Pascua. Más adelante a esta celebración se le dio el título de Transfixio, seu de Martyrio Cordis Beatae Mariae o De Lamentatione Beatae Mariae Vírginis o De Planctu Beatae Mariae Virginis o, finalmente, De Doloribus Beatae Mariae Virginis.
En algunas iglesias se conmemoraban solamente los cinco dolores de la Virgen. En el siglo XV, y más a partir del siglo XVII, se celebraba la fiesta de la Dolorosa, principalmente entre los servitas, en forma parecida a la actual. En ese siglo celebraban dos fiestas conmemorativas de los siete dolores de María. Una en el viernes después del domingo de Pasión, conocido como el «Viernes de Dolores»: y otra en el tercer domingo de septiembre, con rito doble de II clase. El papa Benedicto XIII extendió a toda la Iglesia la fiesta del «Viernes de Dolores» en 1472; y lo mismo hizo el papa Pío VII en 1814 con la segunda fiesta, fijando su celebración en el día 15 de septiembre.
Enrique Llamas, O.C.D.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.