Esto dice el Señor:
«Han constituido reyes en Israel, sin contar conmigo, autoridades, y yo no sabía nada
Con su plata y con su oro se hicieron ídolos para establecer pactos.
¡Tu becerro te ha rechazado, Samaria!
Mi ira se inflamó contra ellos.
¿Hasta cuándo serán culpables de la suerte de Israel?
¡Un artesano lo ha hecho, pero no es un Dios!
Sí, terminará hecho pedazos, el becerro de Samaría.
Puesto que siembran viento, cosecharán tempestades; “espiga sin brote no produce harina”.
Tal vez la produzca, pero la devorarán extranjeros.
Efraín multiplicó los altares de pecado, y fueron para él altares de pecado.
Para él escribo todos mis preceptos, son considerados cosa de otros.
¡Sacrificios de carne asada!
Sacrificaron la carne y se la comieron.
El Señor no los acepta.
Tiene presente su perversión y castiga sus pecados: Deberán retornar a Egipto».
Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y oro,
hechura de manos humanas. R/.
Tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen. R/.
Tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan.
Que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos. R/.
Israel confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
La casa de Aarón confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo. R/.
En aquel tiempo, le llevaron a Jesús un endemoniado mudo. Y después de echar al demonio, el mudo habló. La gente decía admirada:
«Nunca se ha visto en Israel cosa igual».
En cambio, los fariseos decían:
«Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios».
Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia.
Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor».
Entonces dice a sus discípulos:
«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».
El bueno y paciente Oseas observa el caminar del pueblo bajo el mandato de Jeroboán y contempla con desaliento -¿o con rabia?- que el camino que trazan al pueblo no es lo que Dios espera de sus fieles. Abunda la idolatría. Este fenómeno lo limitamos a adorar falsos dioses; no nos damos cuenta de que lo grave de todo ello está en las consecuencias que se proyectan en la conducta de esos seguidores. Hace relación a comportamientos que se alejan de la rectitud y traen consigo injusticias, asesinatos, corrupción; todo eso que prohíbe la ley de Dios. Por eso su predicación es una llamada a la conversión.
La conversión que él predica es una propuesta para abandonar la hipocresía. El profeta señala que en ellos la vida va por un lado y el culto por otro. Por eso Dios rechaza sus ofrendas. ¿Qué sentido tienen esos altares si los que allí se acercan no tienen a Dios en su corazón?
Ofrecer sacrificios a Dios olvidando lo que Él quiere, es lo que Oseas condena. Todo ese comportamiento, toda esa incoherencia tendrá consecuencias en el pueblo. El exilio en Babilonia será el resultado de un estilo de vida que Dios no acepta.
La llamada de Oseas llega hasta nosotros. Hemos valorado mucho el culto, el cumplimiento de leyes, pero olvidando muchas veces lo más importante: nuestro compromiso para aportar, con nuestros actos, algo al cambio de esta sociedad. El mundo camina alejado de la justicia, la solidaridad, el amor. Valoramos poco el gesto oportuno, el detalle discreto, el trato humano y la preocupación y solidaridad por los que menos tienen. Todos estos aspectos cultuales, que no hay que infravalorar, no pueden dejarnos tranquilos. Son insuficientes. Hay algo más importante: comprometernos, de verdad, para hacer el bien. Solo así nuestro culto ser verdadero y mantendremos lejos la hipocresía.
El evangelista nos transmite dos milagros realizados por Jesús. Dar la vista a dos ciegos –evangelio de ayer- y devolver el habla a un mudo, el de hoy. Todo ello provoca la admiración en sus oyentes. La frase es significativa, no es lo que están acostumbrados a ver y surge el asombro y la admiración. El pueblo sencillo ve las cosas sin malicia y su interpretación de los hechos se atiene a la realidad de lo que contemplan. La admiración conduce a los interrogantes y, desde ahí, el esfuerzo por encontrar su respuesta. Curiosamente, cerca están los fariseos que, habiendo visto lo mismo, rechazan la realidad y lo interpretan torticeramente para negar lo que hay detrás de la acción de Jesús: la mano de Dios.
Si algo define claramente el paso de Jesús por este mundo fue que “pasó haciendo el bien” y, hacer el bien, significó dejarse afectar por la pobreza y necesidad de la gente. Ve aquellas multitudes como “ovejas sin pastor”, desorientadas, necesitadas de luz para saber por dónde caminar. Y surge en Él la compasión. Y actúa: les lleva un mensaje donde queda patente la bondad de un Dios que ama a todos y solamente quiere el bien de sus hijos.
En el corazón de Cristo solo hay amor. La compasión no es otra cosa que la proyección de ese amor que bulle en su corazón. Es la compasión que va más allá del simple sentimiento de tristeza ante el mal de los demás. Conlleva hacer algo por que ese mal desaparezca.
La labor de Jesús en la predicación del Reino es inabarcable. Se extiende por todas partes donde hay dolor, tristeza, necesidad material y espiritual. También nosotros en nuestro deseo de hacer el bien podemos sentirnos desbordados. Muchas veces nuestra actuación es muy limitada. Ante esa realidad no cabe la lamentación vacía mientras contemplamos el mal. La realidad debe instarnos a obrar y cuando observemos la tarea que nos queda por realizar, y a la que no llegamos, no hemos de dejar lugar al desaliento. Hemos de levantar nuestro corazón a Dios para presentarle esa mies y pedirle que envíe obreros. Que nuestra acción imperfecta termine siempre en sus manos a través de una oración sencilla y confiada.
Vivimos en un mundo donde Dios está siendo aparcado de forma displicente. Algunos lo ven innecesario. Los que creemos y esperamos en Él, podemos sentir nuestra impotencia ante la fuerza de los que lo niegan, lo atacan y rechazan. Un mundo huérfano de ese buen Padre tiene el riesgo de caminar por sendas oscuras, deshumanizadoras. Y ahí percibimos la abundancia de esa mies: tantas personas anhelantes de Dios, sin saberlo, y resistiéndose a dar salida a ese anhelo. Nuestra impotencia encuentra en la bondad de Dios un puerto de salvación y esperanza. Tras nuestro esfuerzo, solo nos queda rogar al Padre de la mies que siga actuando y envíe esos obreros que el mundo está necesitando.
Feliz día, bajo la protección de S. Fermín.
Beato Benedicto XI

Nicolás Boccasini fue fraile dominico, Maestro de la Orden y elegido Pontífice con el nombre de Benedicto XI en 1303, cargo que ocupó hasta su muerte, nueve meses después. Es autor de un tratado de sermones y comentarios al Evangelio de San Mateo, salmos, Libro de Job y Apocalípsis
(1240-1304) Nicolás Boccasini nació en Treviso (Venecia, Italia}, de familia humilde, pues su madre era lavandera, y entró en la Orden a los quince años. Gran amante e impulsor de la vida comunitaria, fue dos veces provincial de Lombardía. A los dos años de ser Maestro de la Orden fue nombrado cardenal por el papa Bonifacio VIII. Sucedió a Bonifacio VIII en el pontificado con el nombre de Benedicto XI el 22 de octubre de 1303, muriendo a los nueve meses de su elección. Fue grande en la humildad y la justicia y muy amante de la paz. Durante su breve pontificado ayudó decididamente a sus hermanos los frailes mendicantes, buscó la paz en Inglaterra y Alemania y la reconciliación de Francia con la Sede Apostólica. Murió en Perusa (Umbría) el 7 de julio de 1304 y su cuerpo se venera allí en la iglesia de Santo Domingo. Su culto fue confirmado en 1736.
Del Común de pastores: para un papa.
Oración colecta
Oh Dios, que esclareciste
al papa beato Benedicto
con un gran amor por la fraternidad
y con el supremo servicio a tu grey;
concédenos, por su intercesión,
ser siempre solícitos con los hermanos
y constantes en el servicio a la Iglesia.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.
Oración sobre las Ofrendas
Recibe, Señor,
las ofrendas que te presentamos
en la memoria del papa beato Benedicto;
que ellas nos merezcan,
como lo esperamos,
el auxilio de tu misericordia.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Oración después de la comunión
Fortalecidos con el pan de vida,
te rogamos, Señor, que,
a ejemplo del papa beato Benedicto,
nos concedas servirte
con entrega generosa
y amar a nuestros hermanos
con dedicación incansable.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Liturgia de las Horas. Propio O.P.