Esto dice el Señor:
«Aquel día, levantaré la cabaña caída de David, repararé sus brechas, restauraré sus ruinas y la reconstruiré como antaño, para que posean el resto de Edón y todas las naciones sobre las cuales fue invocado mi nombre – oráculo del Señor que hace todo esto -.
Vienen días – oráculo del Señor – cuando se encontrarán el que ara con el que siega, y el que pisa la uva con quien esparce la semilla; las montañas destilarán mosto y las colinas se derretirán.
Repatriaré a los desterrados de mi pueblo de Israel; ellos reconstruirán ciudades derruidas y las habitarán, plantarán viñas y beberán su vino, cultivarán huertos y comerán sus frutos. Yo los plantaré en su tierra, que yo les había dado, y ya no serán arrancados de ella – dice el Señor, tu Dios -».
Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos
y a los que se convierten de corazón». R/.
La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. R/.
El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
y sus pasos señalarán el camino. R/.
En aquel tiempo, los discípulos de Juan se acercan a Jesús, preguntándole:
«¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?».
Jesús les dijo:
«¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos?
Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán.
Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor.
Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque revientan los odres: se derrama el vino y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan».
Días difíciles para el pueblo de Israel. Tanto el reino del norte como en del sur se han alejado de Dios y Dios suscita un profeta que descubra y saque de la sombra los pecados del pueblo y de sus reyes.
El profeta elegido, Amós, profetiza en nombre de Dios. No está contento con la misión que ha recibido y llegará a oponerse a ser conocido como profeta del Altísimo. “No soy profeta, ni hijo de profeta; solo soy un pastor, cultivador de higos”. Así se define a sí mismo.
Pero tiene que llevar a cabo la misión recibida de Dios y profetizar destrucción y muerte, hasta el final del último capítulo. Dios no perdona que se abuse de los pobres, que los ricos se apoderen hasta del vestido del pobre; que mientras unos se pierden en banquetes y comilonas otra parte del pueblo pasa hambre. Dios, nos dice Amós, no puede soportarlo y destruirá al pueblo idólatra y traidor que maltrata al pobre, pero salvará a una pequeña parte y llegará un día en que levantará la tienda derribada de David, restaurará las ruinas y, después de rescatar a los dispersos por las naciones, volverá a producir frutos la tierra y nunca más serán arrancados del campo que regala. Siempre la misericordia de Dios aparece guardando al hombre a la sombra, al abrigo, de sus alas.
Es la eterna paradoja del ser humano. Este suceso podría darse sin ningún problema entre nosotros, aquí y ahora. Nos sentimos perfectos, porque seguimos los preceptos legales al pie de la letra y con eso nos creemos autorizados a juzgar las actuaciones de nuestros vecinos, nuestros paisanos o, yendo más lejos, de cualquiera que por un medio o por otro llega a nuestro conocimiento.
El que nos consideremos buenos, o al menos mejores que los demás, nos está colocando a las puertas de la intolerancia. En alguna ocasión, asistiendo a la misa dominical, he oído que alguna persona criticaba que otra fuera a comulgar porque “todos sabemos como vive”. Nos erigimos en jueces, jurados y verdugos ejecutores, tal vez sin darnos cuenta de que el primer paso para poder recibir al Señor no es estar recién confesado, sino saber, sentir, que somos indignos de recibir al Señor, que se entrega como comida para nosotros precisamente para curar nuestra indignidad.
Es el amor al vecino lo que importa para poder acercarte a recibir el sacramento. Es saberse necesitado de misericordia, querer recibirla y ser, al mismo tiempo, capaz de darla. Dios está con nosotros, con cada uno y con todos.
Todos somos odres viejos que debemos reciclarnos constantemente y hacernos nuevos para poder recibir y conservar el vino nuevo. Tenemos que ser igualmente, paño remojado que pueda tapar el roto del manto y evite hacerlo más grande.
Dios está con nosotros, está a nuestro lado y, mientras permanezca con nosotros, no podemos entristecernos con ayunos y penitencias. Día llegará en el que sintamos que nos hemos apartado de Dios y entonces necesitaremos ayunar y hacer penitencia hasta sentirnos nuevamente acogidos por Él. Siempre teniendo en cuenta que el amor de Dios está con nosotros, aunque nos queramos apartar de Él.
Vivamos el amor de Dios y de Dios recibiremos la lluvia que nos hará dar buenos y abundantes frutos, como hemos cantando en el Salmo 84, y no demos tanta importancia a sacrificios, a ritos, a cultos, porque Dios quiere misericordia, no sacrificios ni holocaustos.
San Valentín de Berrio-Otxoa

San Valentín creció como carpintero y se dejó conducir por su fe, que lo llevó hasta las tierras del Extremo Oriente. Destaca por su sencillez, por la hondura de sus convicciones, por el arraigo de su fe, por la nobleza y rectitud de su carácter.Su vida llegó a ser semilla de nuevas comunidades cristianas.
El 14 de febrero de 1827 nace Valentín en la villa vizcaína de Elorrio, hijo de Juan Isidro de Berrio-Otoxa y de Mónica de Arizti y Belar. Nada extraordinario queda registrado con respecto a su nacimiento o a sus primeros años de vida.
En 1851 es ordenado sacerdote. Tras unos ejercicios espirituales y después de mucho pensar, Valentín de Berrio-Otxoa marcha en 1853 al noviciado de Ocaña. Como fraile dominico marcha a Oriente a evangelizar. En 1858 llega a Tonkín, Vietnam, y al poco tiempo es elegido obispo.
Tres años duró su ministerio. Años de huídas, hambre, disfraces, noticias de muertes y apresamientos, redacción de cartas e informes dando cuenta de tanto dolor, de tanta miseria, también de tanta esperanza recia y probada. Valentín de Berrio-Otxoa es un relator fiel de lo que sucede. Sus cartas son un testimonio de primera mano y rico en detalles sobre la violencia padecida por las comunidades y los frailes que las atienden. Él también es denunciado y apresado con Hermosilla, un catequista y otro dominico de origen catalán. El ritual es conocido: interrogatorio, tortura, invitación a la delación, renuncia a la fe. También el resultado: condena a muerte por decapitación. La sentencia se cumple el 1 de noviembre de 1861. Valentín de Berrio-Otxoa tenía 34 años.
Más información sobre en la sección de Grandes Figuras